Nunca te esperé tanto

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Sergio Larrain

“Lo que fuimos y lo que somos nadan juntos. Es la manera que tienen los ríos de limpiar sus aguas.”

Victoria Herrera

Que enero no se pasa nunca. Es una afirmación universal. Que las post fiestas, que reyes, que el calor nos hace caminar más lento y por ende el mes no se termina más.

El asunto es que finalizó, y febrero viene como zumba. Eso me dijeron hoy a la mañana en la biblioteca. El año empieza a escurrirse entre los dedos.

Somos arena, somos agua, somos material del que están hechas las nubes. Somos sueños. Somos vos y yo. Vos allá y yo aquí, lo que somos y lo que fuimos, hoy 8 de febrero.

Me dejás un cuento en la madrugada vía celular y lo leo al amanecer. Como en los viejos tiempos. Me levanto con vos y es el mejor del mejor de los días. Te escucho decirme bella mientras imagino que desayunás conmigo.

Me contás que a las 20 en radio Mitre un conductor arranca el programa con un cuento. Quiero saber dónde escuchás la radio. Si en el auto mientras esquivás el tránsito de la gran ciudad y el aire acondicionado emite un leve susurro, o mientras llevás a tu mujer a hacer las compras, o de vuelta al hogar. O tal vez ya sentado en el sillón con la vista fija en algún lugar que queda fuera de la estancia, mientras en la cocina se prepara la cena.

Quiero escucharlo con vos. Quiero leerlo con vos y pasar la página juntos, como dijimos que haríamos.

Te veo escuchando el cuento y pensar en la protagonista y también en mí; como un fragmento de ser que se cuela en la vida de los demás, como un detalle, como una mariposa blanca posada en el marco de la ventana, espiando. Sé que estoy en tu vida, te quiero en la mía.

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Que la culpa sea del otro

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Foto: © Franz Christian Gundlach

Que es uno el que no enamora, que lo ha dicho Benedetti y punto.

En realidad el escritor habla de culpas. Culpa por no enamorar, como si no hubiera ya demasiados trapos sucios por los que sentir culpa.

Culpa por no escribir y abandonarse a las circunstancias de la rutina y el capitalismo, culpa por no accionar, por haber estado a cien metros del océano y no remojar ni una mísera uña en éste, por haber puesto expectativas en un cobarde y haberle dedicado más tiempo que el que le brindan a un condenado a muerte.

Y así podría seguir, rezando esta extraña pero familiar cadena de culpas, tan extensa e ilimitada que hiciera bajar al mismísimo dios para decir “Basta ya! Que me duele la cabeza.”

Y yo diría, como en un acto de defensa anti aérea: “Pues diosito, que de las cartas del cobarde no queda ni una letra, que a mis respuestas se las ha llevado el viento sur de la Patagonia, -aunque para ser más certeros y menos románticos la realidad es que terminaron en el basurín de la avenida principal de mi pueblo-, que no existe radar en el mundo que ubique una conexión donde no ha existido nada.”

Y luego, volvés a ser algo parecido a vos mismo. Creés que te estás rearmando como IronMan luego de caer en el desierto y te tirás en la pileta del escepticismo crónico, un territorio llano donde nada te asombra ni conmueve.

Si de un lado están los que no enamoran, del otro están los que no apostarían un solo peso por latir. Si algunos tienen el corazón muy ancho, otros muy estrecho, como Gibraltar, con la diferencia de que en vez de ser el epicentro de dos masas de agua, ahí no hay nada, ni siquiera arena de desierto.

Las noches son solitarias para quienes esperan algo o a alguien, y luego de mil y una noches, cuando ya sabés que las esquinas por donde dar la vuelta desaparecieron del planeta, la soledad es apenas una ocasional y fría ventisca polar de esas que se quitan con un buen chocolate caliente o con un sorbo de ron, así nomás, besando la botella por el pico.

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