Star Café

Jack Vettriano Star café

Martes trece. No tenía idea de la numeración del día hasta que prendí la tele y la desinformación del noticiero alertaba sobre el día, el número y sus improbables consecuencias. La misma cantaleta de siempre.

“No se case”, era la primera súper trillada recomendación. Pensé: qué más da? Si el azúcar y las mieles del amor duran lo que duran y mueren cualquier día de estos sin previo aviso.

El teléfono me saca súbitamente de mis cálculos morbosos sobre la duración del amor: telefónica de argentina y una operadora aprendiz de mandarina que quiere encajarme todo el paquete completo. Un trió de qué? Está loca! Cuelgo a todo vapor, no sin antes despedirme casi educadamente y eludiendo la encuesta post venta frustrada sobre la satisfacción del cliente: o sea yo.

Estoy satisfecha? Mis rollitos dicen que sí.

Sobre la mesa dibujo mi lista de compras para la noche: mi comida de batalla que siempre me sale bien: pollito, verdeo, limones, un malbec y pétalos de chocolate.

Cena y revolución: o sea, cena, película y cama.

Salgo a la calle dispuesta a comerme el dia y a beber de la lluvia que cae.

Ya en la acera me mojo más con el agua que chorrea de los paraguas de los transeúntes que con la lluvia misma.

Ni hablar de las baldosas flojas en las veredas comerciales que terminan por empaparme los pantalones. Sonríe!!! La lluvia es una bendición!!!

Me distraigo al ver más adelante la acera seca.  Voy hacia ella como hipnotizada y me dejo abrazar por el aroma del café y el ruido del cotilleo de media mañana.

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Un día perfecto

Carl Larsson “Sunday Rest”

Madrugada. Mis pies descalzos yacen sobre el piso de la cocina. El alba se ciñe sobre los álamos dispuestos en hilera al borde del canal. Mis pies que despiertan con el frío de los mosaicos y de allí en más, todos mis sentidos se van alertando. Sentí su olor, antes siquiera de verla: la reina de la cocina. Mi estomago crujió de satisfacción pensando en el mediodía y en un plato humeando el verde aroma de la albahaca.

Los utensillos forman un coro de ruidos: la pava, la cucharita contra la taza, los leños de la cocina, tapas y tapitas, tarros, sillas corriéndose, risas y manos buscando el azúcar: arena blanca y dulce, brillante y fiel compañera del mate, ensaimadas y quemaditos, alegre transporte de hormigas trabajadoras.

Llega la hora del recorrido por la quinta, frutos maduros, aguas, surcos, semillas de futuros manjares, me acompañan un sequito de mascotas mientras yo la busco con su piel rugosa pero suave, y la encuentro radiante a punto de caer de su rama. Dócil la mandarina abre y muestra sus gajos, siento su elixir deslizarse por mi boca y muero de amor.

Walter I. Cox “Wine for Two”

Ya de vuelta, la sombra del alero me atrapa y me acuno en la hamaca, mientras mi vista juega con los colores del piso, mosaicos con cuadros y triángulos caprichosamente alistados. Me paro, me ubico y voy caminando por una hilera saltando de dos en dos como cuando era chica y acortaba el camino hacia la escuela.

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Desapareciste

Robert Cook, New Horizon

Salgo por la mañana. Mientras cierro el portón del mi garaje una mujer en bicicleta, apretada por el tiempo, cruza la avenida como puede, y un conductor –como puede- la esquiva. No alcanzo a escuchar nada, solo veo el gesto de ella con el dedo mayor hacia arriba, sin siquiera gesticular alguna otra cosa. Me río de la situación. Sabían que FUCK viene de las siglas “Fornication Under Consent of the King”?

En realidad me río de esa situación y de muchas otras que se me van presentando en el camino.

Incluso cuando voy a buscar mi correspondencia a la que también es mi casa, aún deshabitada, un sobre que había pasado la inquilina de mi local por debajo de la puerta anunciaba: “Por favor cambiar el domicilio”. A donde?  No era suficiente la lista de lugares de donde me había ido?

En el interín, un ex cliente que sale de la farmacia me dice con voz acusadora: “desapareciste”.

Bueno a esta altura ya saben que una vez tuve una farmacia. Digamos unos trece años de mi vida invertidos infructuosamente en un lugar que no me gustaba. Como llegue allí es para escribir un libro y este no es el caso. Entonces volvamos al relato…

Desapareciste.

Me puse a indagar muy rápidamente cuántas personas podían llegar a decir que yo había desaparecido a parte de mis ex clientes. Y caí en la cuenta de que muchas con las que no me trato hoy día han visto como mi persona se esfumó completamente de sus vidas: sin transición, ni largas despedidas, ni preámbulos, y en un caso en particular muy triste para mí, sin dar explicaciones.

Realmente quiero arreglar esa situación, pero como? Después de tantos años? Como explicar si seguramente la otra persona ni recuerda?

Retorno.

Cuál es la manera de despedirse de un negocio o trabajo?

Hacer una despedida? Pancartas que digan nunca tendremos un jefe/a como vos? –y cuidado aquí, que el “como vos” no necesariamente implica excelente, paciente o piola sino a veces todo lo contrario-. Alguna cena formal en una parrilla o tenedor libre? Ir avisándoles a los clientes que me voy e inducirlos a que me agradezcan años de fianza?  Teníamos programado con mis amigas hacer un festejo por haberme ido con descorche de champagne y todo, hecho que no se concretó nunca, seguramente por falta de insistencia de mi parte.

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Echando mano a la vía de la exigencia

El lunes amaneció como casi todos los últimos días: soleado. Para ser una persona a la que el clima le pasaba exactamente por el costado, bastante consciencia climática estaba teniendo últimamente.

No estar al tanto de la actualidad meteorológica es todo un problema. Ya el pilar básico de todo inicio de comunicación entre dos seres humanos ortodoxos resulta ser un fiasco.

En mi casa de la infancia se debía hablar mucho del clima, ya que está constatado que hablar del clima obstruye cualquier otro síntoma que haga hablar de algo más profundo. Sentimientos? No, qué es eso.

En plan de obstrucción de sentimientos y crisis está la exigencia.

No hay nada mejor que la exigencia, el orden, las manías y los horarios para tapar cualquier exceso de vapor que salga de la olla a presión -guarda con la olla que puede colapsar-.

Plan para tapar cualquier síntoma que le pida a uno que debe de hacer algún cambio de rumbo:

Nota: este plan está ideado para una mujer, preferentemente de mediana edad y que pulule entre una doble vida: trabajar fuera y dentro de casa, qué pensaron?

Levantarse temprano. Nunca está de más hacerlo. Primero porque para cuando salimos de casa la cara se deshinchará lo suficiente como para no parecer una esponja con retención de líquidos.

Para tapar cualquier pensamiento tempranero e incluso para no recordar algún sueño disparatado de la noche anterior, recomiendo desayunar -se lavaron los dientes primero?- mirando alguna serie de Warner, tipo Gilmore Girls. Pueden anotar algunas frases magistrales que les sirvan de respuesta durante el resto de la jornada. Hay algunas utiles para quien padezca de alguna madre manipuladora.

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Fotografía: Desvelos de otras mujeres

Dentro de los eventos conmemorativos del Día de la mujer, el diario El País nos da nota de la Exposición Desvelos de Casa África de Las Palmas de Gran Canaria.

Otras mujeres y otros desvelos.

“El centro canario expone hasta el 9 de mayo una retrospectiva de la fotógrafa camerunés Angèle Etoundi Essamba. 58 imágenes impregnadas de colorido y sensualidad, tomadas en Zanzíbar en 2006, se muestran por primera ahora vez con el objetivo de reivindicar la perspectiva femenina africana. “Se trata fundamentalmente de la representación de la mujer negra como símbolo de superación de estereotipos”, según palabras de Angèle Etoundi Essamba. “Más allá del velo, he intentado captar el impulso de vitalidad, fuerza interior y dignidad que muestran estas mujeres”. Invita a la reflexión sobre las formas de exclusión propone una mirada libre de prejuicios”.

El País

Casa Africa

La retrospectiva de la fotógrafa camerunesa Angèle Etoundi Essamba se muestra en la Casa África de Las Palmas de Gran Canaria hasta el 9 de marzo. El trabajo visual de esta artista africana, una de las más prolíficas e internacionales del continente, incluye 58 imágenes inéditas tomadas en Zanzíbar (Tanzania) en 2006.

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Un día apenas lejos de casa

Me levanté temprano por la mañana. Ducha, café con leche. Una pequeña muda de ropa y mis discos preferidos.

Esta vez el viaje sería sola. Nada me gusta más que encarar la ruta sola con mis propios pensamientos, viendo las líneas de la ruta pasar. El viaje se hizo ameno. Apenas un auto detrás empeñado a pasarme a toda costa se divisaba por el espejo retrovisor. A mitad de camino ya había desaparecido, y ante mí se empezaba a divisar el paisaje de las curvas, los campos escondidos entre las sierras y las nubes jugando en las alturas.

Mi destino tiene tres entradas, de las cuales elegí la del medio, tal vez por ser la más zigzagueante, divisando entre curvas y recovecos signos de la civilización que se va asentando con mayor frecuencia en la zona, y no precisamente para criar vacas.

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Qué terriblemente absurdo es estar vivo!

No se espanten, no estoy a punto de cometer ningún crimen contra mi persona ni estoy down. Es que simplemente hay días que habría que arrancarlos de cuajo.

Terminadas mis mini vacaciones -creo que hay un estudio que dice que al menos son necesarios quince días para que el individuo capte que se encuentra en estado de reposo, cuando a mí los cuatro días apenas si me alcanzaron para babear sobre la reposera-, decía que terminadas las vacaciones, comienza lo mismo que antes: el trabajo y la rutina con todas las vicisitudes que eso acarrea.

Me gustó mucho el planteo de mi psicólogo la semana pasada: qué hacer para mantener durante el año ese estado de relax. Mi Dios! Alguien que me dé la respuesta necesaria – y los elementos -.

Entonces nos encontramos con estos días en los que a fuerza de esforzarse más las cosas no salen del todo bien. Me resisto a creer que un día ya plantado no puede enderezarse hasta que uno se va a dormir. Pero parece amigos que así es.

Luego de varios traspiés insignificantes por la mañana, (para qué nombrarlos) el mediodía es el corte justo para tratar de cambiar el destino.

Por alguna de esas fatalidades, al llegar a casa, el tv estaba encendido. No me atreví a apagarlo. Lo primero fueron varios relatos de hechos delictivos del canal de la ciudad, todos por la misma cuadra. Dos crónicas más y estábamos listos para recibir a algún invitado que quisiera llevarse nuestras cosas.

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