Qué hacer cuando no estás enamorado?

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©Leo Micieli

Primero aflojemos, que no hemos nacido enamorados. Nacimos llorando, y una vez pasado el llanto, hombres y mujeres nos hemos enamorado de nuestras madres, algunos con grandes e inmediatos desenamoramientos, como quien escribe.

Pero no estoy aquí para hablar de mi madre.

Hablemos sobre qué hacer cuando no estamos enamorados, o cuando no queremos a una pareja, o cuando no tenemos a una pareja a la que no queremos.

Porque aunque esto último resulte paradójico, tener a una pareja que está agonizando y no tiene futuro, da mucha perspectiva de futuro, da hasta esperanza: porque “cuando me separe” al fin conoceré una pareja acorde. Se están riendo? No? Pues comiencen a reír que encima es beneficioso para la salud.

Por estos años he visto tantas publicaciones sobre el karma, el hilo rojo, almas gemelas, la persona que va a caer cuando esté pautado –y vos estés en otra galaxia-, sobre las leyes del universo y demás yerbas, que tengo los ojos y el alma seca.

Entonces… qué hacer?

Trabajar que para eso somos buenos. Sellar con poxialgo el baúl de las expectativas, ponerse alguna remera motivacional del tipo “Me la banco solo y qué?”, volverse ermitaño, aprender ciencias ocultas, practicar algún deporte o todos y prescindir de querer compartir todo eso con alguien que se llame pareja.

No tener contacto alguno con alguien de tu especie es fundamental, ni siquiera sexo ocasional, porque un simple abrazo o un mimo detrás del cuello puede hacer estallar el planeta, te recordará lo que no tenés, y dejará tu presente tan desértico como el mundo después de Armagedón.

Definitivamente no sueñes.  Convertíte en una persona material, espiritual, políticamente incorrecta, inmoral si te cabe.

Volvé a nacer, reinvéntate, cambiá de trabajo, de sexo, de vestimenta, de carrera, mudáte, pintá tu casa, rapáte, cambiá de nombre y esta vez no esperes nada.

Es cierto, para algo están los amigos, y en buena hora.

Tus amigos que se enamoran o están con alguien a quien no quieren, pero que tienen sus propios testigos. Porque no hay mayor testigo de tu vida quien estoicamente se une a vos caminando a la par, -o como sea-, durmiendo en el medio de la cama sin darte espacio, y cometiendo un sinfín de atrocidades domésticas que sacan de quicio a cualquiera que haya vivido la suficiente cantidad de tiempo solo como para cultivar las mañas en el balcón.

Qué hacer mientras no estás enamorado?

Tratar de no esperar, y si te encontrás esperando… sopapéate mucho, andá a fumarte un cigarrillo aunque después te toque correr un fondo de 21 km, no escuchés a Arjona ni asociados, reanimáte y seguí viviendo.

Escribir -para mí- sería una buena opción, el tema es que me salen estas bebidas que se parecen más a una soda cáustica que a una lupulada.

Mi corazón está cerrado, y ni siquiera por duelo.

©Patricia Lohin

Supervivencia

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Leopoldo Pomés

¿Y qué se aprende escribiendo? preguntarán ustedes. Primero y principal, uno recuerda que está vivo y que eso es un privilegio, no un derecho. Una vez que nos han dado la vida, tenemos que ganárnosla. La vida nos favorece animándonos y pide recompensas. (…) Segundo, escribir es una forma de supervivencia. Cualquier arte, cualquier trabajo bien hecho lo es, por supuesto.” Ray Douglas Bradbury

La tarde se detiene.

O al menos eso siento al salir a la calle. Una suave brisa llama a los carrillones a danzar por unos segundos, luego todo es silencio nuevamente.

Los autos circulan sobre un asfalto levemente húmedo por la llovizna que comienza a caer. Son las cuatro de la tarde, pero parece un atardecer pre-acordado. Los departamentos en planta alta conservan con celo los postigones cerrados.  Dentro, sus habitantes se hunden en el letargo de la ausencia o en el de la siesta, vaya uno a saber.

Agradecida estaría mi imaginación si en uno de ellos hubiese amantes amando a pesar del calor y del silencio, contaminado el vacío con las sonoridades empalagosas de los susurros y las mieles orgásmicas.

Mi corazón late lentamente por la inercia, aunque no puedo negar el leve respingo que me dejó la imagen de las sábanas enredadas entre las piernas y el posible reposo de los guerreros.

La vida me llama insistente todas las mañanas. Viene la muy puta y se cuela por las hendijas de las persianas de mi habitación. Yo me levanto, pero la verdad es que aún no sé que hacer con ella.

Y tal vez porque no sé que hacer es que la atiendo, obediente y aletargada.

Despego mis ojos, despego mis dedos, despego mis pies del suelo e intento en vano volar.

Vuelvo a mi imagen en la calle y sueño con sacarme mi vestido barato y falso hindú para dejar que la lluvia,  que se hace más reiterativa e insistente,  me bautice, o me despierte… en fin, que la naturaleza haga lo que tiene que hacer, no como yo que hago lo que puedo.

En algún lugar de la carretera interestatal de mi existencia se cortó el hilo, se apagó el WiFi, se cegó la mirada, la caricia se transformó en ese roce accidental de pasada y la charla profunda no fue más que una colección de murmullos interiores.  Verdad opacada, verdad escondida, deseo ausente; dormir soñando o dormir negando, da lo mismo.

Sigue mi pecho estático, y me pregunto por la supervivencia de mi cuerpo sin corazón. ¿Cuánto tiempo más de vida tendrá? Según mis médicos mucha, mi riesgo cardíaco es más que normal.  Pero ellos qué saben….

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¿Y qué hacemos ahora?

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Imagen: Tumblr

A veces me dan ganas de esconderme.  Como hoy.

Con el tiempo estos episodios ocurren más espaciados. No me hago tiempo de buscar escondites adecuados. Abro el pecho y me pongo de frente a la situación, aunque si me da miedo, cierro y aprieto bien los ojos, como si eso pudiera suavizar cualquier eventual impacto.

No he estado escribiendo. Lo que escribo sucede, y si le doy un final escrito antes de que suceda, obviamente también sucede… el final digo.

Hace poco me acusaron de anticiparme con mis escritos a los finales anunciados. Es que siempre lo supe. No hay manera para mí de no saberlo. No es que pueda adivinar el futuro, pero de algunas cosas que  fueron aconteciendo en mi vida siempre vislumbré principios y finales.

Creo que todos siempre sabemos todo. No hay manera de no saberlo, sí podemos hacernos los distraídos, sí podemos ocuparnos todo el tiempo y llenar los silencios de prolongados batifondos existencialistas. Eso es demorar, ocultar, meter las pelusas debajo de la cama. La verdad es una pared manchada de humedad, la humedad siempre estará ahí.

¿No es acaso preciosa nuestra existencia?

El posible argumento de que todos lo sepamos todo, de que no hay manera de ocultar, de que mi gesto es en realidad bien entendido, me abruma; y certificaría que en realidad somos grandes actores –o pésimos en mi caso-, o tal vez grandes atletas sorteando obstáculos.

Si todo este delirio fuera cierto, nos miraríamos a los ojos y abreviaríamos el trámite. Yo diría ¿Y qué hacemos ahora? Y seguramente todo sería muy aburrido, sin ese juego en donde no estamos seguros de qué piensa el otro, o sin la espera deliciosa que brinda largos períodos apaciguados de una realidad que se va fraguando en el mundo de los sueños.

Tus ojos saben lo que saben mis ojos. Mi alma sabe lo que sabe la tuya. Ya está escrito, sucederá, al menos que en algún momento de cordura o de locura imprima un final que impida el desarrollo de la trama.

Absurdas rendiciones

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Leo las frases ajenas de amor y desamor. Creo que las segundas ganan en adherentes y adeptos. Hay más gente viviendo el pesar de un desamor que moscas y mosquitos en una laguna durante el verano.

Las frases hablan de destiempos, de desencuentros, desengaños, y cualquier otra palabra que comience con des.

“¿Por qué no nos conocimos antes?” “ ¿Por qué no nos conocimos después?” “Ojalá nuestros caminos hubieran terminado juntos.”

El desamor se alimenta con el tiempo que juega en contra, uno de los dos que no juega, o la cobardía de no jugársela. No hay palabra que rime más con amor que juego, sino pregúntenle a Sabina.

Algunas otras palabras las he olvidado, tal vez porque araño las paredes con tal de  no sentir ese vacío expectante del desamor que carcome hasta las células. Prefiero la nada misma al desamor o irme a otro planeta inexistente aún, convertirme en  El Principito y preocuparme sólo de contemplar a la rosa. O por qué no quedar suspendida entre Marte y Júpiter, con un hermoso traje de astronauta y chupando una sonda para alimentarme. O simplemente sentarme al sol, al fondo del patio, meciendo mi alma, acunando los sueños y recomponiendo soledades; mientras tejo una manta infinita como Penélope. Excusas miles para esperarte.

Llevamos tantos siglos de frases y poemarios dedicados al tema que pareciera que no queda más nada por decirse. ¿O cada amor trae la impronta de nuevas palabras con nuevos significados?

Todo lo que quería decirte ya lo ha escrito otro, ya lo ha cantado alguno, ya han rasgado las cuerdas de aquella guitarra con nuestra melodía. Incluso tu piel de lejos se ve surcada por millones de caricias en las que otros han puesto sus esperanzas. ¿Cabrán las mías?  ¿Qué habría de novedoso en mis caricias? Yo tan lejos y con nada que decir.

Ni siquiera la frase “ojalá te hubiera conocido antes” cuadra.

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… y el coraje rechaza el mar del infinito.

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Brad Kunkle

“La vida se contrae o expande en proporción al coraje de uno.”

-Anais Nin.

Miedo y Coraje

El miedo y el coraje
son gajes del oficio
pero si se descuidan
los derrota el olvido

el miedo se detiene
a un palmo del abismo
y el coraje no sabe
qué hacer con el peligro

el miedo no se atreve
a atravesar el río
y el coraje rechaza
el mar del infinito

no obstante hay ocasiones
que se abren de improviso
y allí miedo y coraje
son franjas de lo mismo.

Mario Benedetti

Estos últimos tiempos he estado recurrente con la eternidad, lo sé por los títulos de mis dos últimos escritos, que incluyen la palabra duplicada y descaradamente. Hoy por la tarde, mientras pensaba en la eternidad en general –no de mi vida en particular-, se me cruzó la cuestión del coraje y es ahí que probablemente haya podido romper el hechizo de la repetición.

Puntualmente una persona me dijo que para tirarse de un avión, como yo lo hice,  era necesario tener coraje. No es por quitarme mérito. Tirar me tiré. Pero acompañada. Es decir: de morir no iba a morir sola. Sería una muerte múltiple: el instructor y yo. Entonces me puse a pensar en qué componentes son necesarios para tener coraje, a parte de la aparente falta de miedo, porque como leí por ahí tener coraje es aguantar un poco más al miedo.  Llegué a desvariadas y múltiples conclusiones.

La primera es que a veces es bueno estar acompañado. Como cuando uno va a hacer un salto de bautismo. Ese alguien pasa a ser el ente que nos da aliento, nos dice que “podemos”, que “es tuya Juan”, y a veces se tira con nosotros –ésta última sería la versión exprés de coraje-.

Creo que cierto acompañamiento suaviza bastante la sensación de  miedo, aunque al fin y al cabo saltemos en soledad, porque decisiones como cambiar de trabajo, separarse, cambiar de ciudad o país, decirle a alguien que no está ni enterado que nos gusta, por dar algunos ejemplos; se pueden tomar acompañados pero se concretan en soledad.

Otra situación que se me cruzó, es que para tener coraje hay que estar solo, libre de los miedos y prejuicios del prójimo.  Es decir, contrario a lo que dije algunos renglones más arriba. Es el momento –si uno realmente está comprometido con la acción- de sacarse de alrededor gente pesimista, muy precavida, miedosa, mala onda y similares.

Todo esto acudió a mi cabeza luego de revisar mis propios actos de cobardía. Para mi el peor acto de cobardía capital radica en no seguir el pulso, al  corazón, no hacer lo que nos da satisfacción. A veces lo hacemos por falta de libertad, nos sentimos o estamos realmente presionados. Otras por complacer.  Al no tener el coraje de ser libres cedemos a los requerimientos externos, que en muchas oportunidades ni siquiera son frontales, sino simplemente sutiles indicios que a mal tiempo acatamos a rajatabla.

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Fuera de contexto II

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Lu JianJun

Es muy loco, pero no necesitar te hace estúpidamente libre.

Si a los 30 se trataba de tener, a los 44 de despojar.

Hay episodios que querría borrar de mi vida . . .

La rutina es una cuchilla que te da de frente, ni siquiera por la espalda.

Debo seguir aquí en la trinchera, sembrando.

Mi cabeza cada tanto dice que yo tendría que hacer otra cosa, pero parece que no surte efecto lo que ésta diga, lo cual es fenomenal.

Movies: El perro muere y yo lloro.

A veces pienso que sentirse feliz es como sentirse enamorado. Uno no tiene pleno control sobre eso, pero al fin y al cabo cae rendido a los pies del sentimiento.

Estoy tomando mis propias decisiones y eso es alucinante. Quiero ponerlo en mayúsculas: ALUCINANTE.

Me pregunto si la vida tendrá otra vuelta para nosotros.

*Fuera de contexto es una recopilación de frases que voy encontrando en mis relatos diarios.

Qué buscás?

Andy Thomas – Nancy

Prendo un cigarette, fumo y espero que alguna idea se me suba a la cabeza, o un torpedo, para el caso es lo mismo. Hay veces que la ausencia de ideas implica sobredosis de pensamientos disparatados, sobre el futuro, sobre el pasado, auto reproches, auto culpas, auto locura, divagues que distraen del hoy.

Volviendo a los vicios, lo más triste del cigarrillo y de esta década que es que ya está out.

La avalancha de vida saludable acosa desde los cuatro puntos cardinales, desde consumir yerba y azúcar orgánicos, desterrar bolsitas y aerosoles, reemplazar todo lo blanco por algo que sea oscuro e integral, hasta poner algo que ionice el ambiente, como si eso bastara para aplacar las malas vibras que no solo vienen con el humo del tabaco.

Tal vez  mi cigarette y yo no seamos más que objetos retro en esta nueva era que ya superó lejos lo new age.  Para mi definitivamente es la era AUTO: auto placer, auto conocimiento, auto abastecerse, auto mantenerse, auto satisfacerse, autonomía.

Por eso es que no me resulta tan extraño que haya tantas personas que digan que son  autosuficientes, en un universo que se va transformando cada vez en más individualista.

Sí, yo he tenido ese discurso.

Últimamente los únicos que parecen padecer del amor –algo que dista mucho de ser individual o autosuficiente- siguen siendo los adolescentes, quienes con frugales romances de cuarenta y ocho horas creen en lo que todos hemos pensado alguno de esos días de insoportable sufrimiento: la vida es una mierda. Nadie quiere sufrir por amor.

Y los adultos como estamos? Hay varias categorías: resignados, sin compromiso, toco y me voy, sin disponibilidad horaria, ya he sufrido bastante, aprendí a estar solo, vamos viendo, y en la porción diez por ciento de la torta gente que ha logrado lo que parece imposible: sostener su individualidad conviviendo con otra.

Pero creo que les dije, lo mío va por lo retro. Prendo otro cigarrillo suave y sigo divagando.

Miro la hoja en blanco desde hace unos cuantos días. Parece como esas playas vírgenes al amanecer, sin huellas de rodados ni de humanos, sólo apenas algunas huellas de gaviotas oficiando de renglones, marcando el sudeste, o algún punto cardinal llamado destino.

Los días pacíficos han llegado otra vez a mi vida, y los recibo como lluvia fría en una tarde de verano. El corazón late lo suficientemente ágil como para sostener que estoy viva. Mi cara llena de expresiones, mantiene el marco en donde se cobijan los mismos ojos en donde me miro cada día, tratando de no decirme algo como: Estás loca hermana.

Doy dos pasos para adelante y uno para atrás, y la voz de mi madre suena a lo lejos: “Qué es lo que buscás?”.

Nunca le pude responder. Ella se desesperaba con mis cambios y no soportaba la idea de que no tuviera la misma casa, el mismo hombre e igual trabajo para toda la vida.  Había que esperar a morirse y volver a barajar en la reencarnación?  Tal vez la respuesta más adecuada sería: No conformarme. Si queremos una respuesta más filosófica: Evolucionar. Para ser más prácticos: no sé.

Algo que en esta vida puedo afirmar es que no sé. Puedo definir un poquito la dirección, hacer un toque, decir una frase, sonreír, apoyar, estar, amar, parir, no dejar de comer, trabajar por gusto, meterme al mar como si fuera la última vez; pero lo cierto es que cada noche cuando apoyo la cabeza en la almohada no sé.

No sé si mi trabajo va a durar uno o más años, si querré vivir siempre en la misma ciudad, si alguna vez me tiraré de un paracaídas, si el romance tocará mi puerta, si mis amigas me soportarán por siempre, si mis hijos me seguirán aceptando, si mañana va a llover o qué voy a cocinar hoy a la noche. Pero si lo supiera, no sería terriblemente aburrido todo?

Por una de esas cosas de las fiestas, las navidades como le dicen, tuve unos cinco minutos de sentimentalismo y quise ver mis fotos de chica, las cuales obviamente no están en mi poder. No sé qué respuesta buscaba en esas fotos amarillentas. Puse expectativas de que mi propio yo de hace más de treinta años supiera más que mi versión actual, y tal vez pudiera responder estoicamente a la pregunta de mi madre: qué buscás?

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