El hada de los falsos escritores

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Hace un par de años fui acusada –injustamente debo decirlo- por una de mis musas inspiradoras, de determinar la realidad mediante mis escritos. Es decir, yo escribía y el hecho descrito ocurría. De modo que tanto poner amor imposible por aquí y por allá, Aladino mismo salió de la lámpara a frotarla, harto y súper harto  de que tanto descreimiento colectivo por la fantasía lo dejara sin potenciales clientes frotadores. Es decir, salió, frotó y se cumplieron mis profecías apocalípticas literarias.

Con un par copas de vino estoy casi en posición de afirmar que la posibilidad del arte surge muchas veces de las imposibilidades que se nos presentan en la vida. Seguramente éstas mismas muchas veces sean obstáculos para avanzar, ya que nos obsesionamos con darle tantas vueltas que terminamos haciendo una tesitura de la imposibilidad. Llegada a esta instancia te recomiendo dejarla ir en el fueguito del invierno, ahorrar gas y nutrirse de cosas nuevas. No es de buenas maneras seguir llorando sobre la vasija rota.

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No me esperés

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Monte clerigo beach, Aljezur | Portugal (by José Antonio Rodríguez)

¿Cuántas formas hay de irse?

Me quedo, pero no en el mismo lugar. Me muevo y llevo todo: la valija celeste con la máquina de escribir portátil, un block de hojas, el cuadro de Pino con la mujer del vestido rojo en la playa, la cajita con los condimentos, y el neceser con los aceites esenciales. También te llevo a vos. Nos llevo a nosotros a dónde vayamos. Después de todo sos mi musa.

Hay un mapa terrestre lleno de lunares, curvas, granos, superficie porosa y húmeda. Ahí nos vamos a vivir. Juego con una lapicera a que escribo en tu espalda pero no dejo marcas. La tarde, que llega como una sorpresa fresca en este espeso verano, está llena de interrogantes y paradigmas. Por primera vez tiene una fecha en el calendario. Y yo, que no sé ni quiero aprender a planificar nada, la ignoro.

Dejo pasar tu comentario como si nunca fuera dicho. La voz, el estruendo de tus cuerdas vocales, se pierde uniformemente y se funde con el aire hasta convertirse en silencio.

¿Volverás? ¿Volveremos? ¿Seguiremos huyendo hacia otros países aunque nuestros pies permanezcan anclados en esta circunferencia de cinco metros cuadrados que se llama vida?

Me imagino seis meses más, seis días o seis horas esperando algo y mi alma se comprime, se encoge, se desintegra. Aguardo la sorpresa de no estar donde se “supone que” en ninguno de esos plazos. En síntesis, espero lo no esperado, lo cual me pone en esta dicotomía absurda. Me enredo en mis propios paradigmas mentales mientras el corazón se enfría a pasos agigantados.

Lo siento en mi piel, que toca pero no es tocada. Lo siento en mi alma que no se entrega, en mis ojos que miran como si todo fuera una película que no tiene secuela. No hay parte dos en esta historia.

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Avioncitos de papel

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Harris Rinaldi – Cheap flight

“No estás escribiendo”, me dijo.

Fue como si me dijera: no estás amando. Entre escribir y amar no hay brecha, ni separación. Es lo mismo. Escribir es como sangrar por los dedos, es reconocerse en el espejo y cantarse las cuatro o cinco verdades que uno tenga para decirse; es desnudarse en medio de la calle a la hora en que los padres llevan a sus chicos a la escuela; es sacar los monstruos de adentro del placar a que bailen zumba en la cocina. Escribir es reconocer que tenés un amor encarnado y que no sale con quitamanchas ni con viruta. Es como traer la autógena y darle permiso a alguien para que abra tu pecho, así el corazón puede volar de una vez por todas.  Volar hacia vos.

Escribir a veces nos lleva a lugares donde no estuvimos, o donde sí pero no en la forma en que sucedió. Es como soñar despiertos, es reconocer que añoramos algunos paisajes: el río, el aroma, el piso de madera, la cocina, las sábanas, el gesto, tu sonrisa, mi cobijo.

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¿Y qué hacemos ahora?

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Imagen: Tumblr

A veces me dan ganas de esconderme.  Como hoy.

Con el tiempo estos episodios ocurren más espaciados. No me hago tiempo de buscar escondites adecuados. Abro el pecho y me pongo de frente a la situación, aunque si me da miedo, cierro y aprieto bien los ojos, como si eso pudiera suavizar cualquier eventual impacto.

No he estado escribiendo. Lo que escribo sucede, y si le doy un final escrito antes de que suceda, obviamente también sucede… el final digo.

Hace poco me acusaron de anticiparme con mis escritos a los finales anunciados. Es que siempre lo supe. No hay manera para mí de no saberlo. No es que pueda adivinar el futuro, pero de algunas cosas que  fueron aconteciendo en mi vida siempre vislumbré principios y finales.

Creo que todos siempre sabemos todo. No hay manera de no saberlo, sí podemos hacernos los distraídos, sí podemos ocuparnos todo el tiempo y llenar los silencios de prolongados batifondos existencialistas. Eso es demorar, ocultar, meter las pelusas debajo de la cama. La verdad es una pared manchada de humedad, la humedad siempre estará ahí.

¿No es acaso preciosa nuestra existencia?

El posible argumento de que todos lo sepamos todo, de que no hay manera de ocultar, de que mi gesto es en realidad bien entendido, me abruma; y certificaría que en realidad somos grandes actores –o pésimos en mi caso-, o tal vez grandes atletas sorteando obstáculos.

Si todo este delirio fuera cierto, nos miraríamos a los ojos y abreviaríamos el trámite. Yo diría ¿Y qué hacemos ahora? Y seguramente todo sería muy aburrido, sin ese juego en donde no estamos seguros de qué piensa el otro, o sin la espera deliciosa que brinda largos períodos apaciguados de una realidad que se va fraguando en el mundo de los sueños.

Tus ojos saben lo que saben mis ojos. Mi alma sabe lo que sabe la tuya. Ya está escrito, sucederá, al menos que en algún momento de cordura o de locura imprima un final que impida el desarrollo de la trama.

Entre líneas

Eric Kellerman

De pronto me puse a divagar, estoy sola, lejos de casa, cerca del agua, lejos de las comodidades. De pronto lo único que tengo para escribir son las hojas de un libro que estoy leyendo. Cómo sería escribir entre las líneas de un libro?

Opción A: atenerse a hacer apuntes sobre los párrafos leídos. Corchetes, párrafos subrayados, marcador flúo, resúmenes de coté, signos de exclamación e interrogación.

Opción B: ignorar totalmente las letras, las palabras, las líneas, escribir cruzado, atravesado, cortito en los márgenes, un poco más largo en el pie de hoja, hacer nuestra historia, ignorar lo escrito.

Si el libro fuera muy bueno –la discusión sobre qué es un libro bueno o malo no es tal, para gustos los colores-, en la primera opción estamos a salvo, escribiremos sin peligros, sin tropezar y sin pensar mucho, quitando un poco de aquí y de allá. Lo más osado que podemos hacer es ser un poco críticos, pero ningún intento por tirarse de un renglón o de una hoja. Eso sí, un futuro lector podría tener prejuicios si comienza a leer nuestras anotaciones, podría gustarle lo mismo que a nosotros o pensar lo mismo, después de todo así es como se forman las masas uniformes, uno piensa en blanco y todos los demás dicen “si qué bueno! revolution!”.

Para la opción B da igual la calidad del libro o su contenido, si está en nuestro idioma, si lo entendemos o no, si nos aburre o nos da risa. Acción desopilante la de escribir en un libro de algo que el propio libro no trata. Qué diría el futuro lector del mismo? Optaría por el libro o por nuestros apuntes? Nuestra lapicera se volvió loca y atrevida, desordenada, acalló las otras voces y se hizo protagonista. No copió frases ni palabras, las inventó todas. Pero también cometió errores. Y es ahí cuando nos preguntamos cómo llegamos hasta ahí?  Igual a no ponerse mal, ya es imposible volver atrás, tachar sería una locura, arrancar las hojas estropearía todo el lomo y atentaría contra la cordura de las otras hojas.

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Escribe cartas de amor

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Christian Coigny

Escribe cartas de amor,

Aunque no exista destinatario,

Aunque estés desamorado,

Desilusionado y solo,

Chupando clavos al final del pasillo.

Escribe cartas de amor,

Como si se te fuera la vida en ello,

Y déjalas, al pasar, que tomen aire,

Que les llegue la suave brisa

De la temprana tarde en invierno;

Cuando llegue la primavera,

Verás cómo las mariposas blancas

Beben de esas tintas

Y se llevan las palabras para ungir otras almas.

Escribe cartas de amor, a tu amor imposible,

Y envíasela, con o sin firma, sin intención de vueltas atrás.

Escríbesela a quién ya no esté

Haciendo huella sobre esta tierra,

Y dile que aún existe

Y moja tus mejillas cuando dices su nombre,

Tanto como el río moja al mar cuando llega a éste.

Escribe cartas de amor

Que te sorprendan  luego

Al encontrarlas dentro de un libro.

Y cuando mueras

Se pregunten a quién amaste tanto,

Amando sin tocar, amando sin estar;

A quién le imprimiste letras en su destino.

Escribe cartas de amor,

Cuenta los días, cuenta las palabras,

Idolatra cada suave murmullo escondido

Detrás de las vocales,

Jura sobre ellas el eterno amor,

Escribe suave pero firme,

Con lágrimas y estampas de suspiros.  

No dejes nada por escribir,

Que el sonido de los espacios

Entre cada palabra sea un grito

Que grabe a fuego tu imagen en el que los lea.

Escríbelas y deja que se hagan realidad.

De sueños durmientes

ALEXANDER NIKITIN

ALEXANDER NIKITIN

Luego de varios intentos vacíos por plasmar el sueño en palabras,  me di por vencida.

No hablo de un sueño como quien se refiere a un deseo. Sino de un sueño, esos que ocurren cuando uno duerme y ronca.

Tuve uno tan bello que al segundo de haberme despertado  quise congelarlo, aspirarlo, frezarlo, reflejarlo con palabras para que quedara en algún lugar físico donde pudiera volver a éste de vez en cuando.

Fantaseé con ser pintora, música y escritora. Todo a la vez. Y poder hacer una gran obra maestra con mi sueño repetitivo. Pero las cosas no son tan sencillas. Ni yo soy tan eficaz o talentosa.

El tema es que el lunes por la mañana me levanté extasiada. Había vuelto a soñar mi sueño recurrente -les aseguro que es mío y de nadie más-, el “top ten” de los sueños recurrentes.

Ese que nos hace querer volver a cerrar los ojos de inmediato en  un esfuerzo pelotudo por volver a dormirse y retomarlo. El mismo que se repite no tan seguido, digamos una vez cada trescientos días; pero no tan espaciado como para olvidarlo.

Hay pastillas para todo en esta vida, y no inventaron aún píldoras para poner “replay” en los sueños?

A  la siguiente noche, intentar soñar lo mismo no tuvo ningún tipo de consecuencias  positivas. Todo lo contrario. Esa  noche volví a soñar pero no eras vos. Había un impostor burlándose de mi testarudez por volver a encontrarte.

El lunes . . . sí el lunes fue un día olvidable, al igual que el martes.  De esas jornadas que hay que guardar en algún cajón  bajo siete llaves para que su esencia no pueda contaminar más días de semana. Dos días infructuosos en los que intenté cazar mariposas con una red y pegarlas en la pared con chinches. A cada minuto que intentaba acariciar siquiera el teclado, una tarea me sacaba de ese lugar, de mis ideas, y de cualquier cosa constructiva que pudiera parecerse a un relato.

Lo intenté. Así fue como quedaron varias hojas mecanografiadas e inconclusas desparramadas por varios sectores, mezcladas con facturas,  pedidos y manchadas con cúrcuma.

El primer intento de escritura fue empalagoso, debo admitirlo. El segundo fue algo así como un relato en tiempo presencial del tipo: “Me despierto”, “Te sueño”. Aburrido y deplorable.

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