¿Y qué hacemos ahora?

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Imagen: Tumblr

A veces me dan ganas de esconderme.  Como hoy.

Con el tiempo estos episodios ocurren más espaciados. No me hago tiempo de buscar escondites adecuados. Abro el pecho y me pongo de frente a la situación, aunque si me da miedo, cierro y aprieto bien los ojos, como si eso pudiera suavizar cualquier eventual impacto.

No he estado escribiendo. Lo que escribo sucede, y si le doy un final escrito antes de que suceda, obviamente también sucede… el final digo.

Hace poco me acusaron de anticiparme con mis escritos a los finales anunciados. Es que siempre lo supe. No hay manera para mí de no saberlo. No es que pueda adivinar el futuro, pero de algunas cosas que  fueron aconteciendo en mi vida siempre vislumbré principios y finales.

Creo que todos siempre sabemos todo. No hay manera de no saberlo, sí podemos hacernos los distraídos, sí podemos ocuparnos todo el tiempo y llenar los silencios de prolongados batifondos existencialistas. Eso es demorar, ocultar, meter las pelusas debajo de la cama. La verdad es una pared manchada de humedad, la humedad siempre estará ahí.

¿No es acaso preciosa nuestra existencia?

El posible argumento de que todos lo sepamos todo, de que no hay manera de ocultar, de que mi gesto es en realidad bien entendido, me abruma; y certificaría que en realidad somos grandes actores –o pésimos en mi caso-, o tal vez grandes atletas sorteando obstáculos.

Si todo este delirio fuera cierto, nos miraríamos a los ojos y abreviaríamos el trámite. Yo diría ¿Y qué hacemos ahora? Y seguramente todo sería muy aburrido, sin ese juego en donde no estamos seguros de qué piensa el otro, o sin la espera deliciosa que brinda largos períodos apaciguados de una realidad que se va fraguando en el mundo de los sueños.

Tus ojos saben lo que saben mis ojos. Mi alma sabe lo que sabe la tuya. Ya está escrito, sucederá, al menos que en algún momento de cordura o de locura imprima un final que impida el desarrollo de la trama.

Entre líneas

Eric Kellerman

De pronto me puse a divagar, estoy sola, lejos de casa, cerca del agua, lejos de las comodidades. De pronto lo único que tengo para escribir son las hojas de un libro que estoy leyendo. Cómo sería escribir entre las líneas de un libro?

Opción A: atenerse a hacer apuntes sobre los párrafos leídos. Corchetes, párrafos subrayados, marcador flúo, resúmenes de coté, signos de exclamación e interrogación.

Opción B: ignorar totalmente las letras, las palabras, las líneas, escribir cruzado, atravesado, cortito en los márgenes, un poco más largo en el pie de hoja, hacer nuestra historia, ignorar lo escrito.

Si el libro fuera muy bueno –la discusión sobre qué es un libro bueno o malo no es tal, para gustos los colores-, en la primera opción estamos a salvo, escribiremos sin peligros, sin tropezar y sin pensar mucho, quitando un poco de aquí y de allá. Lo más osado que podemos hacer es ser un poco críticos, pero ningún intento por tirarse de un renglón o de una hoja. Eso sí, un futuro lector podría tener prejuicios si comienza a leer nuestras anotaciones, podría gustarle lo mismo que a nosotros o pensar lo mismo, después de todo así es como se forman las masas uniformes, uno piensa en blanco y todos los demás dicen “si qué bueno! revolution!”.

Para la opción B da igual la calidad del libro o su contenido, si está en nuestro idioma, si lo entendemos o no, si nos aburre o nos da risa. Acción desopilante la de escribir en un libro de algo que el propio libro no trata. Qué diría el futuro lector del mismo? Optaría por el libro o por nuestros apuntes? Nuestra lapicera se volvió loca y atrevida, desordenada, acalló las otras voces y se hizo protagonista. No copió frases ni palabras, las inventó todas. Pero también cometió errores. Y es ahí cuando nos preguntamos cómo llegamos hasta ahí?  Igual a no ponerse mal, ya es imposible volver atrás, tachar sería una locura, arrancar las hojas estropearía todo el lomo y atentaría contra la cordura de las otras hojas.

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Escribe cartas de amor

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Christian Coigny

Escribe cartas de amor,

Aunque no exista destinatario,

Aunque estés desamorado,

Desilusionado y solo,

Chupando clavos al final del pasillo.

Escribe cartas de amor,

Como si se te fuera la vida en ello,

Y déjalas, al pasar, que tomen aire,

Que les llegue la suave brisa

De la temprana tarde en invierno;

Cuando llegue la primavera,

Verás cómo las mariposas blancas

Beben de esas tintas

Y se llevan las palabras para ungir otras almas.

Escribe cartas de amor, a tu amor imposible,

Y envíasela, con o sin firma, sin intención de vueltas atrás.

Escríbesela a quién ya no esté

Haciendo huella sobre esta tierra,

Y dile que aún existe

Y moja tus mejillas cuando dices su nombre,

Tanto como el río moja al mar cuando llega a éste.

Escribe cartas de amor

Que te sorprendan  luego

Al encontrarlas dentro de un libro.

Y cuando mueras

Se pregunten a quién amaste tanto,

Amando sin tocar, amando sin estar;

A quién le imprimiste letras en su destino.

Escribe cartas de amor,

Cuenta los días, cuenta las palabras,

Idolatra cada suave murmullo escondido

Detrás de las vocales,

Jura sobre ellas el eterno amor,

Escribe suave pero firme,

Con lágrimas y estampas de suspiros.  

No dejes nada por escribir,

Que el sonido de los espacios

Entre cada palabra sea un grito

Que grabe a fuego tu imagen en el que los lea.

Escríbelas y deja que se hagan realidad.

De sueños durmientes

ALEXANDER NIKITIN

ALEXANDER NIKITIN

Luego de varios intentos vacíos por plasmar el sueño en palabras,  me di por vencida.

No hablo de un sueño como quien se refiere a un deseo. Sino de un sueño, esos que ocurren cuando uno duerme y ronca.

Tuve uno tan bello que al segundo de haberme despertado  quise congelarlo, aspirarlo, frezarlo, reflejarlo con palabras para que quedara en algún lugar físico donde pudiera volver a éste de vez en cuando.

Fantaseé con ser pintora, música y escritora. Todo a la vez. Y poder hacer una gran obra maestra con mi sueño repetitivo. Pero las cosas no son tan sencillas. Ni yo soy tan eficaz o talentosa.

El tema es que el lunes por la mañana me levanté extasiada. Había vuelto a soñar mi sueño recurrente -les aseguro que es mío y de nadie más-, el “top ten” de los sueños recurrentes.

Ese que nos hace querer volver a cerrar los ojos de inmediato en  un esfuerzo pelotudo por volver a dormirse y retomarlo. El mismo que se repite no tan seguido, digamos una vez cada trescientos días; pero no tan espaciado como para olvidarlo.

Hay pastillas para todo en esta vida, y no inventaron aún píldoras para poner “replay” en los sueños?

A  la siguiente noche, intentar soñar lo mismo no tuvo ningún tipo de consecuencias  positivas. Todo lo contrario. Esa  noche volví a soñar pero no eras vos. Había un impostor burlándose de mi testarudez por volver a encontrarte.

El lunes . . . sí el lunes fue un día olvidable, al igual que el martes.  De esas jornadas que hay que guardar en algún cajón  bajo siete llaves para que su esencia no pueda contaminar más días de semana. Dos días infructuosos en los que intenté cazar mariposas con una red y pegarlas en la pared con chinches. A cada minuto que intentaba acariciar siquiera el teclado, una tarea me sacaba de ese lugar, de mis ideas, y de cualquier cosa constructiva que pudiera parecerse a un relato.

Lo intenté. Así fue como quedaron varias hojas mecanografiadas e inconclusas desparramadas por varios sectores, mezcladas con facturas,  pedidos y manchadas con cúrcuma.

El primer intento de escritura fue empalagoso, debo admitirlo. El segundo fue algo así como un relato en tiempo presencial del tipo: “Me despierto”, “Te sueño”. Aburrido y deplorable.

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Escribiendo en la Luna

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Nathalie Mulero Fougeras

Yo sueño con ser escritora. O astronauta y escribir en la Luna, que es más o menos lo mismo. Tener una casa blanca en la playa con aleros y cerco de madera, un caminito de acceso que de unas vueltas antes de llegar a la puerta; un amor en el historial, un baúl con fotos, sobres con estampillas, cartas amarillentas y rosas disecadas dentro de algún libro. Y por qué no poder guardar mis propios recortes mecanografiados en cajas de colores etiquetadas según los periodos, el lugar y los humores. Un camino marcado hasta la playa y el faro divisándose a la distancia.

Ir y volver de la vida en una camioneta verde aparador como el color de la cocina de mi abuela, una Apache original, dura y testaruda –en funcionamiento, claro- con el techito blanco donde se apoyen las nubes en las mañanas tupidas de niebla.

En la ciudad, poder cobijarme en una casa antigua, de esas con ventanas y puertas muy altas de madera noble y pesada, con postigos metálicos color verde oscuro, cielorrasos más altos aún, habitaciones con espacio para musas y mariposas. Una puerta interna metálica con vidrios de colores simulando vitrofusión; el sol entrando por éstos en las mañanas y tiñendo cada rayo de un color distinto hasta convertirse en un arcoíris dentro de la estancia. Tener un  jardín de invierno, seguramente con muchas plantas del tipo enredaderas, y otras tantas que desconozco porque no he tenido tiempo de incursionar en el tema. Los  pisos mosaicos con dibujos extraños y antiguos. Yo misma sería una versión vintage de mi misma, en esa casa en donde soy escritora según el sueño más próximo de mi pasado.

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Ese temita de la nostalgia

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Pino – Beach Walk

El asunto este de invocar a la nostalgia para escribir es que se corre el riesgo derrapar.

La nostalgia humedece los ojos, afina el olfato, hace más agudos todos los sentidos y con ella se vive en riesgo permanente.

Riesgo de atesorar un pasado irrepetible, o para el caso riesgo de volver a pitar un cigarrillo justo ahora que me estaba volviendo saludable.

Si tan sólo fuera volverse nostálgico para escribir…

Me sentaría, echaría mano de ésta como si fuera un recurso extraordinario y luego de que cumpliera su cometido,  la metería en el cajón azul, junto con las hojas mecanografiadas, el saquito de té que no fue, y el estuche de los anteojos.

Entonces, luego de bajar de la cima del ensimismamiento absoluto, de danzar feliz en esta vorágine hermosa que es escribir, el nivel de nostalgia volvería a estar en cero.

Y desterrar junto con ésta olores, imágenes o sonidos que remitan a algo que no sea actual. Nada de olmos secos, algarrobos, sauces al borde del río llorando desde alguna canción, menos acordes de una guitarra o el sabor a sal en la boca, que siempre se las ingenia para viajar kilómetros vía terrestre.

Labios curvados e invadidos por olas de alegría y tristeza.

Anhelos confusos, piel de gallina, frío en la espalda.

Sensibilidad que arremete y hace que todo se vea en cuatro dimensiones. O sobredimensionado, que para el caso da igual.

No hay cajón para la nostalgia, ni manera de doblarla y acobacharla.

En caso de abandonarla se corre el riesgo de perderla para siempre.

Afuera, más allá de mi escritorio, del otro lado de la puerta imaginaria entre este ahora y la realidad,  alguien presiente que intento abandonarla y la defiende.

Todo está sincronizado, es un complot universal.

Y yo lejos de alejarla la atesoro, junto con estas ansias que me entran de camuflarme entre las letras durante estos minutos robados.

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Incongruencias

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Bev Jozwiak

Me levanto tardíamente a la mañana y automáticamente pienso en escribir. Siento que debo escribir.

Afuera la humedad imperante hace que las escenas en la calle transcurran en cámara lenta. Y aunque mi desayuno y llegada al trabajo demoran ese deseo insistente, llega el momento del encuentro con mi Lettera.

Ante la tozudez de una maquinaria vieja que se empeña en trabarse, arrojo las primeras dos hojas al piso vacío.

La imagen romántica de mis dedos tipeando incongruencias ya no es tan así a medida que la máquina de escribir se vuelve indomesticable.

Me niego a despojar una hoja más,  y mientras mis imprevistos pugnan por alejarme de la idea inicial, me concentro en la primer palabra que taladra mi cabeza: nostalgia

Pienso que para escribir no solo es necesario plasmar dos o tres frases congruentes, sino también teñirlas del ocre nostálgico que cubre muchos episodios pasados de nuestras vidas.

Algo así como el Instagram para las fotos. Esa máscara que transforma a los sucesos reales en hechos distorsionados, exagerados, aggiornados si se quiere. Hechos en los que nos  basamos para armar historias dejando muy en claro que al fin de cuentas, esas historias no nos pertenecen.

Cuanto puede haber de ajeno en un relato escrito de puño y letra, de golpe en golpe? Es como pedirle a un pintor que plasme la obra de otro y no ejecute ninguna de sus pinceladas.

En algún momento premeditado de mi trayectoria por estos lares, intenté cambiar mi versión nostálgica de las cosas por una más alegre y futurista, seguramente inspirada en un montón de bibliografía acorde que no solo me impulsaron a vivir el presente, sino también destiñeron mis ansias de expresarme por medio de la escritura. Días convulsionados, distraída tirando recuerdos amarillentos, ahogando fotos en una bañera, desarmando cuadernos con recortes de poesías de una adolescente aprendiz.

No hay nada más sensato para un recopilador de historias, propias o ajenas, reales o disfrazadas, que nutrirse de la nostalgia. Y aunque es tarde para revolver entre naves quemadas, no es tarde para remontar historias anidadas.

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