Sin mucha alharaca

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© Rene Stuardo

Ninguna mentira merece ser vivida, como la que afirma que no se te extraña.

Novecientos días con sus impares noches repitiendo el ritual: despertar, recordar, resetear, cambiar la melodía, poner play y vivir de lo que se pueda.

Si hace frío vivir del frío, si se vuelan las hojas del otoño seguirlas, si llovió … chapotear en las veredas,  si viene una caricia aceptarla; que las historias las escriben los que las viven y las fábulas son asuntos de los dioses.

Sumar kilómetros en bici, corriendo o en monopatín, y por qué no en la cinta del gimnasio. Que corran los engranajes del tiempo mientras le damos marcha a la inercia circular.

Laberintos arbolados, con entrada y sin salida. Escojo uno, el que me parece más verde. Para entrar pago el ticket y me pongo el vestido rojo, llevo los pies descalzos y mis pupilas buscan la mariposa blanca que viaja siempre hacia el norte, o hacia vos.

Giro y giro; recovecos absurdos de esta existencia, zigzags del corazón, mi mente que estorba y me engaña. El tiempo marchitando estaciones y frenando carruseles.

Me arranco el vestido y me pongo un overol de laburante y las zapatillas de correr, por si es preciso huir en sueños.

Adormezco la savia de mis arterias con autores desconocidos e historias de poca monta, salgo a la calle sólo cuando el sol está perpendicular para no hacer sombra, luego camino bajo los aleros de los negocios del centro.

En un descuido se me escapan en la plaza central, las cartas de amor que llevo en la mochila. Las que sobreviven a la captura de las masas chusmas, llegan al mar y son recogidas por gaviotas que las invitan a un viaje itinerante y sin fin. Seremos eternos.

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Ruidos

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Arte: Jeremy Mann

El ruido aturde

Guardo mi ser desvencijado

Debajo de la almohada

Y espero que pase la guerra.

La muerte llega

Disfrazada de tregua

Y de vacaciones,

Rosa, hermosa, dulce

Como un pompón de azúcar

Comprado en una kermés.  

El silencio descubre

Las sábanas invadidas

Por capas de escombros.

Respiro mi propio aliento

Agitado y contaminado.

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La muerte da lo mismo,

Reprimo el miedo

Y exhibo mis últimos minutos.

Abro los ojos y los pulmones

A la última frase

Que sucumbe

Aplastada entre los labios.

De cómo mis días amanecieron al lado de una caña.

 

Hay veces que el azar viene de una manera que por más que lo revisemos una y otra vez no podemos entenderlo.

Mi viaje con la caña fue totalmente azaroso. Debo comentarles que no soy pescadora más que de palabras, y el entorno en el cual viví durante casi cuarenta años no podría haber estado más lejos de cualquier reel.

Lo mágico, es que uno se acerca por curiosidad a algunas cuestiones y termina atrapado y enroscado, haciendo cosas imprevisibles.

Mis primeras excursiones de pesca fueron simplemente de acompañante, con reposera, música, libro y tal vez algún anotador. Cuando terminé de sobre extasiada de hermosos atardeceres en un lago, o de leer varias novelas, me fui acercando a la cuestión por mera curiosidad y aburrimiento.

Pero antes que nada la fatídica pregunta: como un mortal puede pasar horas con los pies arraigados en el agua y mirando con la vista perdida entre el horizonte y la tanza?

Es casi imposible contestar semejante pregunta si no se vive esa pérdida temporal. Solo puedo afirmar que luego del entrenamiento de rigor, de enredar mucho, de cortar, de querer tirar la caña lejos, viene la calma y el silencio.

El pescador tiene una comunión con el entorno, y muchas veces por lo que he escuchado de ellos, no solo es una pasión, es un cable a tierra, es un dialogo infinito con el silencio, es tener todos los sentidos alertas y a la vez adormecidos.

Acompañar a un pescador, es como dice Arjona, acompañarlo a estar solo. Es no invadir lo que parece un nivel armonioso que une al espejo acuoso donde se encuentren.

La cosa fue que tuve un breve romance con la caña, el sol, el agua y los anzuelos. Y tal vez la historia hubiera quedado allí, de no ser que gracias a esa aventura, hoy puedo escribir algunas anécdotas de pescadores.

Así es, la vida tiene esas sorpresas, y es así que un día tiré y en mi anzuelo quedó enganchado un hermoso pez dorado, que me permitió hacer lo que me gusta pidiendo prestadas algunas historias de pescadores.

 

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Los conflictos de nuestro mundo

Las cosas deberían de ser más sencillas pero no lo son. Conflictos los hay en todas partes y siempre aparecen más sangrientos, más duraderos y más sofisticados.

En algunos lugares del mundo, como en Noruega, se crean bóvedas que funcionarán como semilleros del mundo en caso de desastre. Lo que nunca me queda claro es de qué tipos de desastres estamos hablando: ecológicos o bélicos, ni tampoco quiénes van a ser los afortunados que tengan acceso a esas semillas y otras reservas que se estén guardando en otras bóvedas.

En algún lugar de mi mente, hay algo que me dice que preferiría no ser sobreviviente de nada. Eso de que unos pocos terminen jugando como lo hacen en algún reality televisivo de supervivencia me pone la piel de gallina.

Otra sensación latente es que para la ecología parece que no hay tiempo. Es tanto el desgaste físico y psicológico al que la humanidad está expuesta, que pretender salvar la ecología para que futuras generaciones que hoy viven en guerras constantes la disfruten, casi me parece una paradoja. No porque no lo merezcan, sino porque están tan desgastados…desilusionados y cansados…

En este escepticismo momentáneo, recuerdo hace unos días cuando un cliente extremista (todos tenemos un extremista dentro) me planteó que no va a tener hijos porque para cuando éstos sean grandes el mundo ya no va a ser habitable, y supuestamente una combinación de las peores películas de Hollywood de índole catástrofe tendrá lugar en poco tiempo. Llámese marcianos, congelamiento, calentamiento, pandemias, etc. Casi que el botón rojo al que podía acceder Ronald Reagan en la guerra fría parece una maravilla en comparación a lo que nos espera.

No sé si el mundo no es lo que era, cuando era yo no estaba. Me parece ver el lugar donde vivo hoy, y agradezco todos los días por haber nacido en un lugar de privilegio, en donde algunos estamos alimentados, tenemos acceso a educación, trabajo y salud, un lugar en donde dormimos por las noches sin que pase ningún bombardero B-52F o como se llame.

Y aquí es donde viene la cuestión pendiente: los que estamos mejor no deberíamos hacer algo por los que no están tan bien?

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Bombardeos en Gaza y Cisjordania. El cuerpo de un bebé de seis meses Mohammed Nasser Boraee yace sin vida en el Hospital de Al-shifa en Gaza. El bebé de seis meses murió tras el bombardeo de un avión israelí a las oficinas del ministro del Interior de Hamas en la ciudad de Gaza. (20Minutos)

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Semillero del mundo. Infografía de la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, en la isla de Longyearbyen, Noruega. Unos 100 millones de simientes procedentes de un centenar de países de todo el mundo han sido depositadas aquí para conservar las especies vegetales en caso de desastre. (20Minutos)

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Las guerras ocultas

Soy una sobreviviente, como muchos otros, a los infortunios de la infancia y sus alrededores: los padres. Quienes logramos llegar a edad media en un estado que nos permite seguir funcionando, obviamente que cantamos victoria. Agradecemos no estar revolcados en algún recoveco, no ser dependientes de ningún objeto o no estar sumergidos en una botella de alcohol. Tal vez con este mismo criterio, el de sobre y supervivencia, es que muchos padres siguen criando a sus hijos. La propia superación de problemas densos en sus propias infancias, hace que muchas veces la rueda siga girando, y que piensen: si yo lo hice mi hijo puede.

Error. Estos, como el mío, son casos fortuitos, que en definitiva con o sin ayuda de alguna adicción, se padecen casi toda la vida.

Hoy leí una frase que realmente me conmovió: “La guerra de Irak es tan grave como las guerras ocultas que suceden por las noches en las casas. Es allí, en esas guerras íntimas y multiplicadas, donde reside la cuna de la violencia colectiva”.

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Santa’s Ghetto

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Es sabido que las navidades no representan para todos lo mismo.

Aunque no podemos dejar de negar que la gran mayoría está arrastrada por el consumismo y el egoísmo materialista que acarrea esta festividad.

Dentro del sálvese quien pueda, o el de vivir la vida de uno y que el otro se salve cómo pueda, nos olvidamos de otras realidades.

Que no faltará alguna Navidad en donde quede alguna silla vacía, es más o menos lo predecible de esta vida, la mortalidad.

Que tengamos navidades sin altos de fuego, con niños desnutridos, con gobernantes manipuladores, con muros divisorios, con apartheid, con fobias diversas para explicar nuestra segregación, con el descuido constante hacia todo lo vivo que nos rodea, eso no es lo predecible y puede ser evitado.

Como en muchas otras oportunidades, el arte se acerca a estas realidades, sale a la calle a modo de graffitis y otras manifestaciones.

Los invito a recorrer el gueto de Santa, no sólo para tomar conciencia del muro de Belén, sino de todos los otros muros existentes en este planeta, los que se construirán en un futuro, y los muros que nosotros mismos construimos a nuestro alrededor.

 

 

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Un ángel aplastado por una roca, expuesto en una galería de Belén, parte de la iniciativa El gueto de Santa

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Sólo soy el mensajero

 

En muchos otros post similares nos hemos planteado el objetivo de estas fotos: es posible llevar ayuda mediante estas imágenes? Conmover a alguien? Lograr impactar?

En esta oportunidad McCullin nos responde: “Sólo soy el mensajero”.

Si las cosas mejoraron? Parecen que van de mal en peor.

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