Eternos

Kids on the Phone With Santa, 1947 (4)

“No importa lo ocupado que estés. Si un niño te dice que tiene una llamada en el teléfono de juguete tenés que atender.”

Que soy la niña.

Que mi teléfono es de juguete

Pero mis ganas no.

Que el deseo sea mutuo.

De llamar y de atender el teléfono.

Que lo que vaya, vuelva.  

Que si vuelve es recíproco.

Si es recíproco ya somos dos.

Si somos dos hay mirada.

Si hay mirada hay respuesta.

Si hay respuesta hay posibilidad

Si hay posibilidad existe el infinito.

Si hay un infinito también construcción.

Si hay construcción hay hogar.

Si hay hogar,  

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Nos pasan cosas

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© Mira Nedyalkova

Nos pasan cosas. Cosas grosas. Nos enredamos, nos embaucamos, nos escondemos, nos replegamos. Salimos desde debajo de la frazada y con la nariz un poco congestionada intentamos respirar del ambiente circundante. Olor a jengibre, a canela, a eucaliptus, olor a invierno. Olor al guisito que otrora servía en una mesa de cuatro. Olor a familia. Olor a ausencias. El horno hace tiempo que no se enciende y las luces del porche ya se han quemado.

Tu dedo sobre mi ombligo. Mi dedo enredado en tu rulo. Cuerpos alejados en un mismo territorio. El territorio que se expande. Nosotros que nos contraemos.

Nos pasan cosas. Me mirás con esos ojos saturados de emociones, y ninguna sale a volar ni siquiera por sobre la superficie de la mesa. La mesa donde yace una copa con vino rosé blend. Blends de té que tomaré por la noche para bajar todas las cosas que nos pasan. No alcanzan a tomar vuelo los sentimientos que perecen debajo de  los pensamientos que se lanzan urgentes por la pista de aterrizaje de los miedos.

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Exilio

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© Andrei Baciu

24 de febrero

Mi querido compañero epistolar:

Las mañanas no son las mismas. Huelo el otoño. En serio… hay personas que huelen la lluvia antes de que los moje la primera gota. Conocí a uno de ellos.

Pero bueno, yo huelo al otoño, que llega despacio, pero estaría viniendo. Entiendo que este cumpleaños – el mío – tampoco estarás, pero como he sobrevivido a los otros sin tu presencia, estipulo que puedo vivir unos cuantos más sin que estés.

¿Te acordás de esa frase de volver a los lugares donde uno amó la vida? Siempre me pareció una frase de esas que dicen los que viven del pasado.

No estoy segura de querer estar volviendo a ningún lado. Porque entiendo que aunque sean repetidos el lugar, la persona, el horario… ya nada es igual. Nosotros somos distintos. Mejor o peor no son adjetivos calificativos para estas cuestiones. No hay un beso igual a otro, ni una mirada, ni siquiera el amor sigue siendo igual.

Volver tal vez no sea mi palabra. Seguramente huyó del diccionario, como huye mi persona intermitentemente de la vida y del amor.

Esta semana he aprendido que a los lugares donde la vida no te amó no hay que volver.

Posiblemente puse mi cuota de no entrega, aunque en este afán desenfrenado mío personal de creer que el mundo es mundo porque el cambio es constante, tan constante como las vueltas que damos alrededor del sol, tan constante como la sucesión de días, incidentes, accidentes, coincidencias y vivires; me ganó la utopía, me ganaron las ganas, volví y al final me encontró la decepción.

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Rayos que no truenan

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© Mauro Macchioni

Cae un rayo y dibuja una línea en el horizonte.

Al rato otros se suman

Y  cabalgan solos por la noche

Sin ecos ni truenos ni estruendos.

Rayos silenciosos

Que juegan a encontrar el lugar perfecto.

Caída libre, mágica, violenta;

Tonos plateados en todas sus dimensiones.

Estalla el cielo, mudo.

Estallan mis ojos, mudos.

Otra vez la tormenta

Que se perfila como predestinada

Y me lleva a un lugar hasta ayer extraño

Que se parece cada vez más a mi casa.

El agua que no termina de ser lluvia

Cae en forma de gruesas gotas

Dentro de mi vaso.

Me voy.

Me envuelve el viento impetuoso

Que levanta cúmulos de tierra a mi paso

Y me empuja lejos de ese lugar.

Estalla y grita la noche que era silenciosa

Y se convierte al fin en tormenta.

Patricia Lohin

Mejor el amor en tiempos de plenitud

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© Yasir Bakili

Volvemos.

Después de una vida,

Con el cauce del río encima de los hombros.

De yapa traemos también

Espuma, caracoles y mar,

Breves trotes silenciosos atrapando atardeceres

Y noches eternas plagadas de sueños sincronizados.

Y al fin llegamos a la vuelta de la esquina,

Donde el caballito de colores

Sube y baja en el carrusel

Y nosotros riendo como niños

Buscamos la sortija

Que nos deparará el próximo viaje.

La mirada hipnótica del tiempo

Clava las agujas del reloj

En el preciso instante en el que nos miramos.

Sabe tu boca a jugo de uva,

Dulce e intenso.

Encuentro mi hogar en tu boca

Y mis oídos tiemblan al escuchar

El susurro de tu voz familiar.

No sé si nos fuimos.

Sé que estamos.

Me acusás de taxativa,

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Avioncitos de papel

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Harris Rinaldi – Cheap flight

“No estás escribiendo”, me dijo.

Fue como si me dijera: no estás amando. Entre escribir y amar no hay brecha, ni separación. Es lo mismo. Escribir es como sangrar por los dedos, es reconocerse en el espejo y cantarse las cuatro o cinco verdades que uno tenga para decirse; es desnudarse en medio de la calle a la hora en que los padres llevan a sus chicos a la escuela; es sacar los monstruos de adentro del placar a que bailen zumba en la cocina. Escribir es reconocer que tenés un amor encarnado y que no sale con quitamanchas ni con viruta. Es como traer la autógena y darle permiso a alguien para que abra tu pecho, así el corazón puede volar de una vez por todas.  Volar hacia vos.

Escribir a veces nos lleva a lugares donde no estuvimos, o donde sí pero no en la forma en que sucedió. Es como soñar despiertos, es reconocer que añoramos algunos paisajes: el río, el aroma, el piso de madera, la cocina, las sábanas, el gesto, tu sonrisa, mi cobijo.

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