272 pasos

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Te vas.

Una tormenta de viento

Altera la noche silenciosa.

Luego se instala

-Rítmica y persistente-

La lluvia.

Lluvia e insomnio:

Dos ritmos de jazz.

Mariposas blancas apoyadas

Sobre las almohadas desordenadas

Me acompañan en mi ritual

De revisión de instantes

Ya transformados en recuerdo.

Recuerdos y aromas.

Quisiera volver.

El tacto explora la piel adormecida,

Y los colores que ahí nacen,

Hacen estallar confetis de estrellas sobre un lienzo.

La nocturnidad me trae el eco de tu voz,

E intento acurrucarme en el acento final

Que le das a tus oraciones,

Pero el sueño no llega.

La lluvia ya lavó los 272 pasos

Que hay desde tu puerta a la mía,

Las hojas,  que a la hora de la cena crujían

Ahora se adhieren húmedas

En los bordes de las aceras,

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Última palabra

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© Paolo Tonon

La última palabra

Detiene al tiempo

Y lo congela.

El aire pasa a ser

Un gran bloque de glaciar

Que está lejos de desmoronarse.

Colapsa la fantasía

Que se derrumba como un cielo cargado

De granizo y tormenta.

El agua castiga mi torso

Mientras las zapatillas

Chapotean sobre el asfalto.

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Inexorable

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© Andrei Baciu
“El destino se lleva siempre su parte y no se retira hasta obtener lo que le corresponde.”
― Haruki MurakamiThe Wind-Up Bird Chronicle

 

18:56 pm. Diluvia.

Por la calle principal

Viene caminando eso que algunos llaman destino.

Yo lo llamaría persona portadora

De eventos inexorables.

Un transmisor de un virus

Para el que aún no hay medicina

O tratamiento disponible.

Un cartero, un mensajero;

El que reparte las cartas de póker

En la mesa redonda mientras nos escondemos

Detrás del humo de los cigarrillos mentolados.

Tiene el pelo húmedo,

Y las gotas resbalan por sus mejillas.

Como cualquier otro simple mortal

Efectúa un salto en alto para llegar a la vereda

Y esquivar los ríos de agua.

No es lo que imaginás, no es quien imaginás.

Ni siquiera es lo que pediste.

No flashees mal. Flasheá bien.

La bestia está recargada a la enésima potencia.

Viene desnudo,

Mostrando toda la monstruosidad

Y belleza de sus partes íntimas.

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Rayos que no truenan

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© Mauro Macchioni

Cae un rayo y dibuja una línea en el horizonte.

Al rato otros se suman

Y  cabalgan solos por la noche

Sin ecos ni truenos ni estruendos.

Rayos silenciosos

Que juegan a encontrar el lugar perfecto.

Caída libre, mágica, violenta;

Tonos plateados en todas sus dimensiones.

Estalla el cielo, mudo.

Estallan mis ojos, mudos.

Otra vez la tormenta

Que se perfila como predestinada

Y me lleva a un lugar hasta ayer extraño

Que se parece cada vez más a mi casa.

El agua que no termina de ser lluvia

Cae en forma de gruesas gotas

Dentro de mi vaso.

Me voy.

Me envuelve el viento impetuoso

Que levanta cúmulos de tierra a mi paso

Y me empuja lejos de ese lugar.

Estalla y grita la noche que era silenciosa

Y se convierte al fin en tormenta.

Patricia Lohin

Mitad agua, mitad estrellas.

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© Jayanta Roy

No recuerdo otro miércoles más silencioso que este.

Paraguas negros, grises y estampados esconden los cuerpos que se mueven automáticamente hacia adelante por las veredas.

La lluvia es apenas imperceptible. Pero moja y mucho.

Camino varias cuadras sin protección.

Hace mucho que dejé de protegerme para salir a la calle.

La lluvia es muda, los pasos silenciosos, los gorriones se fueron a otro planeta y el único ruido que hace estallar tanto vacío sonoro es el del camión de los residuos, que traga y aplasta la basura existencial que los ciudadanos dejan en sus veredas.

Bolsas con restos, secretos, papeles arrugados, cuentas, cáscaras, envases, cosméticos vencidos, la caja de cigarrillos vacía, colillas, humo…

Se va el camión y vuelvo a penetrar el bosque oscuro de mis pensamientos.

Estos días habrá lluvia de estrellas. En realidad son restos de un cometa.

Pero la ilusión de que sean otra cosa, algo mágico y luminoso, me lleva de viaje hacia otra ilusión:

Vos y yo, bajo ese cielo, mitad agua, mitad estrellas.

Patricia Lohin

Luna en escorpio

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© Ana Becerra

 

Alguien ha dejado su vehículo estacionado en mi calle. Y el vehículo habla por sí solo. Repite constantemente, como un martillazo sobre la cabeza, bocina tras bocina, con una pausa intermitente y milimétricamente separada en tiempo y espacio.

Al final una pausa más larga, tan sólo para retomar la secuencia.

Parece la historia de mi vida. Ruido, secuencia, silencio, pausa…

El viernes está gris, por fuera y por dentro.

Gotitas translúcidas y tímidas se van apoyando en las hojas más grandes de los árboles para luego dejarse caer como por un trampolín.

Como esas gotas que quedaban en mi cuerpo luego de la ducha, y terminaban en tu boca.

No hace falta paraguas. La lluvia hoy es tímida y cobarde.

Como esos sueños que bajan y suben por la montaña rusa sin dejarse atrapar, como el abrazo de oso en el que nos fundimos cuando no damos más de fingir que la vida no nos importa, que el otro no nos importa.

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Supervivencia

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Leopoldo Pomés

¿Y qué se aprende escribiendo? preguntarán ustedes. Primero y principal, uno recuerda que está vivo y que eso es un privilegio, no un derecho. Una vez que nos han dado la vida, tenemos que ganárnosla. La vida nos favorece animándonos y pide recompensas. (…) Segundo, escribir es una forma de supervivencia. Cualquier arte, cualquier trabajo bien hecho lo es, por supuesto.” Ray Douglas Bradbury

La tarde se detiene.

O al menos eso siento al salir a la calle. Una suave brisa llama a los carrillones a danzar por unos segundos, luego todo es silencio nuevamente.

Los autos circulan sobre un asfalto levemente húmedo por la llovizna que comienza a caer. Son las cuatro de la tarde, pero parece un atardecer pre-acordado. Los departamentos en planta alta conservan con celo los postigones cerrados.  Dentro, sus habitantes se hunden en el letargo de la ausencia o en el de la siesta, vaya uno a saber.

Agradecida estaría mi imaginación si en uno de ellos hubiese amantes amando a pesar del calor y del silencio, contaminado el vacío con las sonoridades empalagosas de los susurros y las mieles orgásmicas.

Mi corazón late lentamente por la inercia, aunque no puedo negar el leve respingo que me dejó la imagen de las sábanas enredadas entre las piernas y el posible reposo de los guerreros.

La vida me llama insistente todas las mañanas. Viene la muy puta y se cuela por las hendijas de las persianas de mi habitación. Yo me levanto, pero la verdad es que aún no sé que hacer con ella.

Y tal vez porque no sé que hacer es que la atiendo, obediente y aletargada.

Despego mis ojos, despego mis dedos, despego mis pies del suelo e intento en vano volar.

Vuelvo a mi imagen en la calle y sueño con sacarme mi vestido barato y falso hindú para dejar que la lluvia,  que se hace más reiterativa e insistente,  me bautice, o me despierte… en fin, que la naturaleza haga lo que tiene que hacer, no como yo que hago lo que puedo.

En algún lugar de la carretera interestatal de mi existencia se cortó el hilo, se apagó el WiFi, se cegó la mirada, la caricia se transformó en ese roce accidental de pasada y la charla profunda no fue más que una colección de murmullos interiores.  Verdad opacada, verdad escondida, deseo ausente; dormir soñando o dormir negando, da lo mismo.

Sigue mi pecho estático, y me pregunto por la supervivencia de mi cuerpo sin corazón. ¿Cuánto tiempo más de vida tendrá? Según mis médicos mucha, mi riesgo cardíaco es más que normal.  Pero ellos qué saben….

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