“Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando.”

Este es un nuevo espacio creado en conjunto entre Amores que matan y El Perro. Espero que lo disfruten tanto como nosotros lo estamos haciendo. El título del post pertenece a Rabindranath Tagore (1861-1941) Filósofo y escritor indio.

No importa el lugar, el tiempo ni la condición. El amor se manifiesta, sin discriminación. Sublime, puro, trascendiendo los umbrales infinitos de nuestra existencia.

John Roudyhair y Priscilia Daughin se amaron en otra época, con condicionamientos sociales, de tiempo y de distancias. Pero ni el ancho océano Atlántico ni los espaciados encuentros pudieron contra lo que ellos sintieron.

Existieron? Seguro que sí.

0001

The Love Letter by Jean Carolus

Querida Priscilia:

De más está decirte que esta misiva no debe ver la luz del sol. Tu padre, seguramente, mandaría por mi cabeza al enterarse de que estamos intercambiando correspondencia. No es esa tu intención, verdad?

Déjame decirte, también, que a mediados de febrero estará zarpando el buque que me ha de llevar, finalmente, a tus brazos. Debo recalar en Londres por negocios y calculo que me quedaré allí por una o dos semanas. Luego, mi intención es encontrarte, aunque más no sea, por una noche. Quizá ya sea abril… Crees poder hacer los preparativos necesarios? Inténtalo, princesa, pues no sabes el deseo que siento de verte otra vez. Si tan sólo te contara de la pasión que me desborda por las noches al pensar en tí… Pero no temas…no la estoy malgastando con quien, tú ya sabes, no la merece. Esa situación se había tornado insostenible. Y con la excusa de mi tos y esta leve y bendita fiebre que la acompaña, hace ya varias noches que dormimos en cuartos separados… Gracias al cielo, pues no soportaría serte infiel… Ni siquiera con mi propia… Si hasta me vienen náuseas de tan sólo nombrar el vínculo.

Hermosa Priscilia…sé que has esperado por mí un tiempo considerable. Lo menos que puedo hacer por tí es jurarte fidelidad y dedicarme, eternamente, a amarte. Lo sé…soy un pecador que no merece la redención celestial. Y que esta sociedad pacata, seguramente, gozará con mi condena. Pero no me importa… Sólo en tus brazos estaré alcanzando el perdón a mis faltas. Sólo en tus ojos estaré hallando la luz que me guíe en este presente oscuro. Sólo en nuestra intimidad podré elevarme hacia la definitiva y esquiva felicidad.

Te amo.

Siempre tuyo.

John

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Mi querido Señor:

Abril se me hace lejano hoy. Pienso en ese mes y ya siento la calidez que traen la primavera y su presencia. De sólo imaginarlo mi cuerpo se estremece.

No se preocupe usted por mi padre. Emilie, mi ama de llaves, cumple religiosamente con el pacto de silencio y discreción que hemos hecho. Tengo mis informantes y he descubierto que esta mujer rolliza tiene un affaire con el encargado de las caballerizas, ¿puede usted creerlo?

Debo confesarle que los días se me hacen muy largos. Las noches están llenas de fantasmas en donde no puedo evitar pensar que otra mujer pueda llegar a tocarlo siquiera. Esa situación me vuelve loca. Sí señor. Estoy enloqueciendo de celos, de inseguridad y de amor.

Me torturan las charlas cómplices que puedan llegar a tener, las miradas, las sonrisas.  Me tortura la presencia de ella a unos centímetros de su alma cuando yo estoy a cientos de kilómetros.

Ni siquiera su promesa de fidelidad y de dormir a dos puertas de la alcoba matrimonial me trae paz. Son muchos los meses que nos separan y la carne de un hombre es débil.

Perdone usted mis dudas. Yo estoy aquí, cumpliendo la más grande de las fidelidades, siendo suya en pensamiento, en alma, en razón.  En cada fibra de mi cuerpo está su nombre escrito, ya no podré pertenecer a ningún otro hombre en toda mi existencia.

Lo esperaré desde el primer minuto de Abril. Ya he pensado en los arreglos necesarios para poder trasladarme a la casa de campo con Emilie. Allí estaré mi amado, esperando sus eternas caricias y su amor. Sé que con su sola cercanía se me aplacarán todos los dolores que hoy siento, porque usted mi amado señor, es mi cura.

Le dije que entre sus brazos ya no soy frágil y soy la mujer más hermosa del planeta?

Lo amo.

Eternamente suya, Priscilia.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Sigue leyendo