Quinto piso

Imagen

 

Foto: 500px.com/kimerajam

“Uno, dos, tres, cuatro y a la cuenta de cinco verás cómo una imagen aparece en tu mente.”

Cierro forzosamente mis ojos y espero la respuesta del otro lado de la ventana que hay en algún lugar detrás de mis ojos.

Me inunda una imagen negra y vacía; negra y llena de todo. La nada misma . . . o la persiana que estaba cerrada.

Es casi una obviedad esa imagen para mí. Es decir, un lienzo oscuro y apretado, que de tan cerca que está,  casi no permite respirar.

Lo reconozco, soy nula en estos menesteres de la meditación, visualización, respiración programada y otras yerbas de ese tipo.

Intentaron alguna vez ver un campo verde al final de una clase de yoga?

El secreto –dicen- está en no forzar. Es decir, no fruncir por demás los ojos ni en dar mensajes dictatoriales a la mente,  para que el campo en vez de verse violeta sea verde.

Este es más o menos el concepto trucho de fluir. Usar el control para cambiar los canales de televisor o prender el aire acondicionado, pero no para visualizar.

Al minuto de haber escuchado cinco, la habitación dentro de mi mente seguía oscura y cerrada. Entonces la llené con pensamientos absurdos sobre el ejercicio.

Había imaginado que sería algo así como una regresión que me trasladaría a un estado hipnótico en donde me desnucaría –simbólicamente claro- y perdería el conocimiento. También pensé que para tal cuestión tendría que haber activado el grabador de mi celular. No fuera que recordara algún evento realmente traumático y determinante y se perdiera en alguna clase de secreto profesional. No sería la primera ni última vez que a un paciente le niegan la verdad.

Pero si es que la verdad está universalmente negada!

Abro los ojos y me confieso: no he visto nada. Ni siquiera un atisbo de rayo de luz infiltrado entre  alguna pestaña o alguno de esos puntitos luminosos que parecen luciérnagas de colores.

Lamentablemente siempre hay una explicación, un intento de homicidio a nuestras creencias, alguien que habla de más y se atreve a  jugar con nuestras dudas, y nosotros,  –desarmados- lo permitimos todo.

Pues que no he visto nada!

Pues que sí.

Pues que respiro diez segundos y me pongo la vacuna para no escuchar boludeces, pero tarda en hacer efecto y escucho. . .

La misma voz que supo contar del uno al cinco hace tan sólo unos minutos se aventura a decir –sin sospechar que sus palabras lo condenarían a muerte- que mi viaje astral de diez milésimas de segundo se remontaba a mucho pero mucho tiempo atrás. Digamos unos cuarenta y pico de años?

Veamos a la que les escribe, sana y salva, en un medio oscuro . . .  será uno de los famosos agujeros negros de Carl Sagán? No, no;  era una panza, la de mi progenitora, es decir la antecesora a mi persona en este árbol genealógico deforme y amputado, en donde he quedado como testigo casual de la continuidad de mi especie.

Un escalofrío recorrió mis brazos, fue inevitable. Me podría haber sentido más segura en cualquier otro rincón del planeta donde circulara aire. Una extraña fuerza comenzó a oprimir mi garganta y tuve que admitir que la vacuna no había hecho efecto, estaba tan impresionada como apresurada en salir de esa falsa impresión.

Lo más coherente que había escuchado esa tarde en esa habitación extraña, había sido la cuenta que me llevaba del primero al quinto piso, cerca de la azotea en donde hilvané algunas ideas sobre oscuridades, despertares en lugares absolutos, ahogos contenidos y palabras sin sonido.

Desde la azotea de mi mente es que me tiré de panza al vacío, y al abrir los ojos el ochenta por ciento de mi alma se llenó de luz exterior. La sensación térmica volvió a templado,  y de ese lugar en donde estuve divagando  nadie sabrá nunca.

 

 

 

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En blanco y negro

Jean-Louis Courteau “Rêverie”

Es fácil, hoy parece fácil.

Me paro aquí y miro mi vida pasada como si fuera una película.

Película muda, en blanco y negro,

Con algunos saltos y cortes

Que obvien la obligatoriedad de rever algunos tramos.

La banda sonora no alcanzó la dimensión musical

Y sólo se la pudo calificar de ruido formado por golpes secos

Y huecos que acentuaron burdos intentos

De forjar algún guión creíble.

El final llega abruptamente

Y deja a los actores secundarios

Estupefactos y estúpidos

La protagonista sale de la pantalla

Y se tiñe de colores

Sabores, aromas y amores.

Yo

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Mar hambriento

Martin Laurance – Dark Sea

 

El mar de noche no ofrece muchas oportunidades, o al menos eso ocurrió anoche. Sin luna ni estrellas parpadeantes, uno solo puede abstraerse con el sonido del viento y las olas.

Tan poco y tanto a la vez.

Atrás había quedado el dia y los colores verdosos y turquesas para dar paso a la obscuridad total y a las preguntas.

Mientras recordábamos el modo en que solíamos ser hasta hace un tiempo atrás, no muy lejos, en la villa, los turistas se hacían menos cuestionamientos o eso parecía.

Casas que dispuestas en filas frente al mar no tenían nada que esconder. Si en invierno la familia se refugiaba invernando en sus hogares cubiertos de calor artificial; al convertirse en moradores de verano, se transformaban en seres más osados de estancias más atrevidas: ventanales abiertos, translúcidos, enormes que dejaban ver la reunión o la dispersión, según fuera el caso.

Por primera vez no me pregunte el por qué de ellos, y  pasé a ser protagonista.

El mar desde su bocanada salada me susurraba preguntas. La noche me tendió una trampa y yo que tantas veces me había encontrado preguntandole a él, me ví atrapada por mi incapacidad de responder.

Sin mojar los pies, como quien se siente engañado, di la vuelta y partí al lugar seguro del no querer saber.

 

Martin Laurance -Sea Study, Southwold

 

Negro, abierto, inmenso mar,

De noche muestras tu rebeldía

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Rubén Pinella: Pueblos en blanco y negro.

Soy de un pueblo, no lo puedo evitar. Uno no puede deshacer de donde viene, y llegado el momento tampoco quiere.

Un pueblo de ninguna manera es un country, tampoco es un barrio dentro de una ciudad. Al pueblo se llega o bien por nacimiento o casi por error, situación que los años tratan de enmendar, muchas veces sin lograrlo. Es tan difícil a veces llegar como salir. Pero una vez que uno se fue, siempre quiere volver.

Un pueblo es un lugar con pocas fronteras, con algunos barrios, una o dos plazas y todos sus condimentos rodeándola. Las escuelas no son muchas, casi siempre las que hay alcanzan y sobran. En ellas puedes tomar por primera vez una cascarilla o un mate cocido con leche, te puedes enamorar del hijo de la portera o de la vice directora.

El domingo, el sonido primordial, es el de la campana de la iglesia. Saludo matinal que intenta reunir a los fieles e infieles. La ubicación en los bancos será estratégica al momento de darse el beso de reconciliación.

Cada pueblo tiene su aroma según su ubicación y su actividad primordial: campo, chacras, más o menos verde, más o menos sequía o lluvias.

Pero, como hace muchos años que es pueblo y no puede torcer su destino, los abandonos se encuentran en cada esquina. Son esos lugares que en alguna época resplandecieron, y estaban llenos de ruidos y sueños de progreso.

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