Infinitas cifras decimales.

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Self-Portrait, Kuusamo, Finland (Arno Rafael Minkkinen, 1976)

Te enamorás perdidamente. Lo vivís. Lo gozás. Lo padecés. Se concreta. Parece algo estable y que va para adelante como el ramal San Martín.

Rejuvenecés y envejecés intermitentemente. Llega la tan ansiada estabilidad. Luego la noche con una sucesión de tormentas y silencios, hasta que se instala el silencio definitivamente.

Vivís y sobrevivís para contarlo.

Incluso, ya viviendo en el país de la supervivencia, contás ante los paparazzi que no salió como esperabas, que no fue eterno ni mucho menos, que duró un poco más de lo necesario porque tomás en cuenta el último período de agonía. Llámese agonía al que arranca al empezar a recibir cartas documentos, alertas de expropiación por demolición total del amor, y al final la llegada de la grúa con la bola de derribo.

Lo simplemente majestuoso, valiente, intenso, sereno, el amor en la quinta dimensión, es finito.

Y su final acontece hoy lunes al mediodía. Le dirás que ya no más. Con el corazón en la mano, con el ceño estrujado, con los ojos opacos. Es lunes. Se arranca con el gimnasio, la dieta y la disolución de esta sociedad sin fines de lucro. Al resto de los días les llegará la sombra de la ausencia. A otros el desborde existencial de quien no se banca la soledad.

Tal vez no sean muchos los meses. Tal vez te sorprendas, y estés un año o más dando vueltas en el limbo existencial de la soltería.

Sin darte cuenta te levantás otro lunes setecientos cincuenta y tres días después de ese lunes y te preguntás qué está mal con vos. Y la respuesta es más compleja, más sencilla, más corta, más larga, más dolorosa  de lo que pensabas.

Tengo una teoría según la cual uno más uno en el amor nunca da dos. Menos que menos da uno. La fórmula exclusiva de una pareja da un número único en el universo, indivisible, indisoluble, inexistente hasta ese entonces. Es un código que nunca se volverá a formar con otros dos que se unan.

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Uno sólo muere cuando está solo.

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“En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro. Uno sólo muere cuando está solo. Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.” Marguerite Yourcenar

Esta tarde de verano trae un susurro que se esconde detrás de melodías imperceptibles, mientras algunos en la casa duermen la siesta. Intento descifrarlo mientras me adormezco. Los insectos quieren entrar y atacar del otro lado del mosquitero. A la hora precisa llega la sincronicidad del sol que se apaga cuando debe,  trayendo alivio a este día de cuerpos y mentes incendiadas. A unas cuadras de aquí, el agua del río huye hacia el mar.

Improviso ya que hago lo que puedo. En esa improvisación es que me desdoblo, y alguien parecida a mi corre hasta la esquina yendo a buscarte… y vos sonriendo, mientras te miente y dice que está perdida. Perdida en este pueblo de dos por cuatro. Cobarde, perdida en tus ojos. Vuelve y se hace una conmigo nuevamente.

El día murió, y me bebo la mentira junto con una cerveza tirada, en las mesitas del Open Bar de la calle principal que está frente a la plaza. Alguien rasga la guitarra y canta una melodía harto conocida. Las adolescentes fuman mientras ríen, cantan y tratan de captar la atención del incipiente cantante.

Quiero irme de aquí, aunque siento que tengo los pies arraigados, como las raíces del olmo que hay en la plaza; esas donde me sentaba a verte pasar al final de la jornada laboral. Quiero verte pasar otra vez, pero eso no sucede. Tal vez con un poco de coraje te invitaría a viajar, descalzos, caminando hasta la estación abandonada del tren, para darnos un primer beso debajo del cartel con el nombre de nuestro paraje.

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Pequeñas muertes cotidianas

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“El que baila esencialmente escucha”. Andrea Uchite

Juegan tus ojos con los míos y extendés la mano. Sin decir nada, me agarro de ésta y apoyo mi pera sobre tu hombro, dejando que mis pies sigan los tuyos.  De pronto todo es un campo ausente de dialécticas y charlas vacías de contenido. No importa más nada. ¿Acaso debería de importarnos algo más?

Mi respiración rebota contra tu cuello y aprovecho a inspirar el aire que retorna como un boomerang mezclado con tu perfume etéreo y dulce; intenso éxtasis que obnubila mis neuronas. Me mareo con el dulzor de la fragancia, y sin embargo mantengo las rodillas flexibles y firmes a la vez.

La penumbra del atardecer invade la cocina de mosaicos dameros, y le da a todo el lugar una pincelada de acuarelas anaranjadas. En la calle, los focos de los esbeltos palos de luz, empiezan a entibiarse casi con vergüenza, mientras las estrellas hacen lo suyo y van diciendo presente a medida que el cielo se ennegrece.

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De ambos lados dos

 

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Proyecto Anti Selfie

 

“Si tan solo nuestros ojos vieran las almas en lugar de los cuerpos, cuán diferentes serían nuestros ideales de belleza.” Anónimo

Es lo que hay. Es decir… basta de fotos de perfil evitando que se vea todo el resto. Porque el resto es el 99% de lo que soy. Entonces… basta. Que la milanesa se vea de ambos lados dos: la parte quemada y la que tiene pinta de qué ricor. Da vuelta la tortilla, no la presentés sólo de arriba con el perejil de adorno.

Basta de aparentar un orden que no existe. Aún la naturaleza que es fucking perfect es desordenada. Esas fotos de paisajes de revista no existen, o sí, pero son capturas. Todas esas fotos son instantes frezados –ojo que amo la fotografía-, momentos en donde el aire no huele, el viento no existe, no vuela arena ni hay insectos, el agua no es fría, ni tibia o caliente. Escuché en algún lugar –seguro una de esas películas con críticas nefastas y aptas para todo público- que lo que se ve en la foto no es lo que te hace llegar, no es lo que te hace durar, no es lo que te hace amar.  La historia real de tu vida no está en las fotos, al menos que guardés las otras, y no te veo sacando una foto mientras discutís con el amor de tu vida –ni lo recomiendo tampoco-. Muchas de las fotos que guardamos son “uno dos tres diga whisky”.

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“La memoria es lo que resiste al tiempo”.

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Roland Okoń Photography

Mi querido compañero epistolar:

El tema central por estos días es el frío. Alguien me dijo hace poco que hablar sobre el clima rompe el hielo, y que hablar del clima en un ascensor es muy raro; aunque sospecho que también lo hacen. Me imagino a Dora del 4ºC hablando con Luciano de mantenimiento sobre el frío y sus vericuetos.

Estamos a cuatro días de romper un nuevo récord. En alguna charla intrascendente de principio de año leí que posiblemente vinieras para el 9 de julio. O yo tenía que ir a algún lado a mitad de camino. ¡Qué buenos somos para romper promesas, proyectos y planes! Deberíamos tener un diez felicitado en el boletín. Lejos de parecerme una catástrofe, y de sumarme a esas frases de rotisería del tipo: “si no pasa por algo es”, he aprendido a tomarme las cosas con calma, sin drama, sin apuro, sin insistencia, sin culpar al destino.

¿O será que ya no hay retorno?  Es posible, pero no me estaría sirviendo para mis escritos afirmarlo. Digamos algo que se parezca a la verdad: somos aquel libro abandonado en el fondo de la biblioteca, que ya no huele como antes y cuya hoja 33 aún tiene una frase subrayada: “Porque la memoria es lo que resiste al tiempo y a sus poderes de destrucción”.(1)

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El momento justo

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© Attilio Longhi

Nos encontramos en el momento justo.

No existe otro momento. Es ahora, cuando estamos despeinados, desordenados, exhaustos, indecisos o con demasiadas decisiones determinantes. Seguridades e  inseguridades aplastantes y demoledoras.

El momento justo para intercambiar lo que hay. Menú del día: hasta ahí y sin cruzar la línea, fideos blancos con queso. El momento justo para salir huyendo y volver al otro día por más: pedir postre. El momento de explorar dónde habitan la intriga y la extrañeza; ¿dónde está el hogar y dónde el extranjero?

El momento justo en el que uno duerme más cómodo en su propia cama, pero igual quiere explorar cada tanto cómo es viajar a tierras lejanas y menos cómodas.

El momento justo en donde la mirada se estaciona en una avenida abarrotada de tránsito y peatones; se apea del vehículo y ya no sabe a dónde iba.

Nos encontramos en el principio del otoño, cuando todo empezaba a morir junto con las expectativas de lo nuevo. Y aún así llegamos a este invierno que trae encuentros esporádicos entre los que hablan distintos idiomas. Nos encontramos en el momento justo para aprender que de la curiosidad y de lo distinto sale lo extraordinario, y que lo extraordinario si fuera diario sería insoportablemente ordinario.

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Fall… fall… fall…

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Liz Gilbert describe en uno de sus libros al acto de estar enamorado como rozar la panza de uno con la del otro y no querer dejar de hacerlo; intermitentemente, repetitivamente.

Si existen retiros espirituales para centrarse, meditar, estar diez días sin hablar; la etapa del enamoramiento sería un retiro para todo lo contrario aunque sin pagar pasaje terrestre ni aéreo.

Para muchos sonámbulos heridos, el enamoramiento y el amor –en caso de pasar al siguiente nivel-  se vislumbran como caminos largos y sinuosos, marcados por el miedo y la desconfianza. Miedo a ser, a no ser, a cagarla, a embarrarla, a que te dejen, a que pase, a que no. De pronto tu vida se convierte en un libreto existencial sobre esto mismo: el amor, el pseudo-amor, la calentura, el enamoramiento, el derecho, el no derecho, rozar sin ser herido, decir la verdad, querer descubrirla, ocultar, el futuro y sus posibles implicancias o desenlaces, la cantidad de capítulos; la libertad si se sostiene, si se coarta, la individualidad; el sinsentido de todo esto: de la propia vida y del amor.

Amar el reflejo de uno mismo en el otro o ser capo total y amar la extrañeza del otro para nutrirse, como dice Darío Sztajnszrajber.

Pero volviendo a la previa, en donde no sabemos si es o no es; más allá de que el rayo o la flecha de Cupido caiga o no, que emboque arriba de la cabeza o en el cuore, que llegue a tocar las profundidades, que uno se rinda, que se ponga voluntad; hay una serie de comportamientos inevitables.

Todo apunta a describir un período intenso: un curso de esos cortos en donde tenés que encajar una carrera de toda la vida en dos meses; un curso de milagros en donde el milagro real es no perder la cabeza; un entrenamiento de unas semanas haciendo doble turno para un ultra maratón; una cena un viernes a la noche luego de un plan desintoxicante atiborrando el cuerpo de salado y dulce, para luego volver a comer salado y así sucesivamente.

Estar enamorados parece ser una sucesión de hechos repetitivos en donde nada alcanza: ni el curso, ni la comida, ni las horas, ni un maratón de series en Nétflix. El tiempo se acorta y querés saturarte de la otra persona, porque sabés que nunca va a volver a repetirse semejante cosa. Y yo te diría que si te pasa, te saturés. No hay manera de poner el freno de mano a tanto ímpetu. Y si lo ponés, tu rodamiento va a quedar hecho pelota.

¿Viste esos días de viento en los pueblos con calles de tierra? La etapa de enamoramiento es cuando vuela tierra a lo pavote, y ruedan los cardos por el medio de la calle, esos que ponen en las películas del lejano oeste. La visibilidad es nula. Pero un día llueve, se asienta la tierra, dejan de volar cosas, y todo se ve claro. Se ve la belleza de tu pueblo, las bardas, el río, sabés que todo se queda ahí, y empezás a volver a tu vida de siempre, seguramente ya calmado y acompañado, pero sabiendo que es tu lugar. O… todo lo contrario. El paisaje no te gusta ni mierda, y decidís ir caminando y solo a tomar el colectivo.

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