Spray nasal o qué esperar cuando no se espera nada.

Eric Fischl, 1948 - American Neo-Expressionist painter

Eric Fischl, 1948 – American Neo-Expressionist painter

El combate de la depresión tiene un nuevo armamento nuclear: es una especie de spray nasal que podría llegar a mitigar tanto sufrimiento. Lo acabo de leer por ahí. He dejado un rato a Susanna Tamaro para dedicarme a las noticias, qué mal.

Me pregunto si el spray acaso repartirá moléculas de colores, que luego se diseminarán por el torrente sanguíneo hasta llegar a la retina. La depresión siempre nace en la retina –está confirmado por la OMS y un sinnúmero de estudios científicos lo avalan- , en realidad no es más que una fina película que recubre la mirilla del alma, y la va tiñendo de gris, ese gris opaco y despiadado que invierte las sonrisas, tapa el sol con un dedo, concibe fantasmas que nacen en los lugares menos insospechados como en la neurona 5467BH. Pero el habitáculo infalible de los fantasmas se encuentra debajo de la cama. Si pensás que porque tenés un sommier que no deja espacio con el piso y estás salvado, error, se adaptan a lugares inexistentes. Si estás con depresión, llanto continuado o incluso con tristeza crónica,  tu fantasma de la guarda siempre estará debajo de la cama, al acecho, insomne y atento; dispuesto a saltar ante el menor movimiento que quieras hacer en dirección a la vida.

La vida está sucediendo… eso leí hoy por ahí, menos en estas ocasiones en que la vida simplemente está en off, inerte, con ese gesto de inmaculada y blanca frialdad que nos congela aún más. Hoy nos conformamos –incluso si estamos entumecidos- con escuchar que si caímos en esas garras malditas, somos bendecidos con la oportunidad crítica y única de sufrir una crisis que nos lanzará como cohetes al espacio sideral. El espacio sideral vendría a ser como el nirvana. Claro, es que nunca se sabe cuánto tardaremos en llegar al nirvana, si es que llegamos, y dentro del diminuto círculo de gente que me rodea, no conozco a nadie que haya llegado hasta allí.

Tengo una pregunta al aire: ¿Qué esperar cuando no se está esperando nada? Primero me cansé de esperar, luego solté –vieron que hoy soltar es re top y está de moda-, y cuando al fin el tacho me quedó vacío y sin nada que esperar, surgió esta pregunta de la hostia. Me pregunto si ese spray nasal que serviría para la depresión, también pueda servir para este estado de no esperar, que no es lo mismo que  desesperanza,  aunque también huele a silencio, tanto que llega a ensordecer con sus ecos.

Quienes padecemos este estado de silenciosa sordera, nos jactamos de estar en un nivel que otros no podrían estar, nos volvemos orgullosos y superados, creamos otro ego que se llama “súper yo puede estar súper sólo y no necesitar a nadie”. Hay días en los que creo que me voy a convertir en el personaje de Baricco que le escribe cartas a una amada que aún no conoce, hay otros en cambio en los que me convenzo que nunca más voy a latir por nadie y viceversa. Pero la fatídica realidad es que todos los días me levanto esperanzada, y cada tanto se cuela un día como hoy, en el que la acidez cerebral crónica supura por mis dedos. ¿Es la necesidad de amar y ser amados lo que hace este silencio más profundo? ¿Es el deseo lo que lo complica todo? ¿Hay que dejar de soñar, de desear y de esperar? ¿O hay que perseverar aunque el sueño duela y se convierta en callo?

Señoras y señores: con ustedes la soledad. Y para ésta no hay spray nasal que funque.

¿Y qué hacemos ahora?

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Imagen: Tumblr

A veces me dan ganas de esconderme.  Como hoy.

Con el tiempo estos episodios ocurren más espaciados. No me hago tiempo de buscar escondites adecuados. Abro el pecho y me pongo de frente a la situación, aunque si me da miedo, cierro y aprieto bien los ojos, como si eso pudiera suavizar cualquier eventual impacto.

No he estado escribiendo. Lo que escribo sucede, y si le doy un final escrito antes de que suceda, obviamente también sucede… el final digo.

Hace poco me acusaron de anticiparme con mis escritos a los finales anunciados. Es que siempre lo supe. No hay manera para mí de no saberlo. No es que pueda adivinar el futuro, pero de algunas cosas que  fueron aconteciendo en mi vida siempre vislumbré principios y finales.

Creo que todos siempre sabemos todo. No hay manera de no saberlo, sí podemos hacernos los distraídos, sí podemos ocuparnos todo el tiempo y llenar los silencios de prolongados batifondos existencialistas. Eso es demorar, ocultar, meter las pelusas debajo de la cama. La verdad es una pared manchada de humedad, la humedad siempre estará ahí.

¿No es acaso preciosa nuestra existencia?

El posible argumento de que todos lo sepamos todo, de que no hay manera de ocultar, de que mi gesto es en realidad bien entendido, me abruma; y certificaría que en realidad somos grandes actores –o pésimos en mi caso-, o tal vez grandes atletas sorteando obstáculos.

Si todo este delirio fuera cierto, nos miraríamos a los ojos y abreviaríamos el trámite. Yo diría ¿Y qué hacemos ahora? Y seguramente todo sería muy aburrido, sin ese juego en donde no estamos seguros de qué piensa el otro, o sin la espera deliciosa que brinda largos períodos apaciguados de una realidad que se va fraguando en el mundo de los sueños.

Tus ojos saben lo que saben mis ojos. Mi alma sabe lo que sabe la tuya. Ya está escrito, sucederá, al menos que en algún momento de cordura o de locura imprima un final que impida el desarrollo de la trama.

Divagaciones

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Pino Art

Hace un par de meses que vengo mirando mi blog y preguntándome que hacer respecto a este.

Algo que empezó casi como un juego, y atravesó diversos momentos: de actualidad, de arte, música y literatura principalmente.

También se filtraron algunos escritos con la carátula de catarsis. Pero últimamente en un acto arrebatado de ensueño cósmico había enfilado hacia la poesía.

Quienes me conocen me preguntan asiduamente: “estás escribiendo?” . Responder sí me da chapa de que estoy medianamente bien -digamos no para el loquero-,  aunque la realidad es que he escrito mucho más en momentos críticos que felices de mi vida.

No me he puesto a revisar cuántos años hace que mantengo el blog. Muchos, y tras líneas han pasado muchas personas también. Familiares, amigos  y algo más como dirían en algún recital.

Algo me dice que no lo tire, que no lo mande a la papelera. Raro en mí llegar a esa decisión ya que no guardo nada: ni cartas de amor, ni notas, ni rosas desecadas, ni mails, ni mensajes destacados.

Mi vida es ir para adelante sin guardar. Pero me di cuenta que si tiro el blog a la papelera ni siquiera quedará rastro de una poesía o de alguna línea que haya escrito.

Entonces me surge la pregunta: vale la pena guardar?

Acaso no seguiré siendo yo… los guarde o no?

Y, por otro lado, esos poemas de amor dedicados ayer y que hoy ya no están vigentes, no perdieron valor?

O se habrán transformado en  hilachas que cuelgan en los rincones del alma como testigos de que alguna vez el amor fue un bello género blanco y suave de algodón?

Como siempre tengo muchas dudas y pocas certezas. Y tal vez eso sea lo más bello de todo: la incertidumbre, la falta de ciencia cierta, de aproximación a lo que sucederá o no.

Es por eso que mi proyecto de casa en la playa –un escrito de los años ochenta que voy modificando con los años-, sigue allí. A veces llego a esa casa y me encuentro con alguien, otras veces llego y esa persona o no estuvo nunca o ya murió.

Sueño con que termino ese escrito en mi máquina de escribir, mientras alguien me mira desde la otra punta de la mesa. Es un momento en donde no es necesario decir nada, porque nos amamos.

Así de simple y complicado es mi sueño.

Plegarias en el súper

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Jacquelyn Bischak

“Señor, haz que nunca sea esa mujer en la cola del mercado que cuenta la cantidad de productos que tiene el chango de adelante.”

Si hay un lugar para ir a despuntar el vicio de las miserias humanas, ese es el súper.

Recuerdo muchos momentos críticos en mi vida, y esos puntos cruciales que se estampillaron en mi memoria están todos situados dentro de un mercado.

Año 1995. Mi ser pesando unos quince kilos de más, las carnes flojas luego de haber parido, y mi enorme cuerpo hundido en una muchedumbre agolpada en la inauguración de un nuevo supermercado en la ciudad. Estaban todos los ex clientes de otros súper despoblados. Minutos multiplicados en la tensa espera, una cola interminable, empujones y yo perdida entre cientos de voces pregonando problemáticas macroeconómicas relacionadas con el precio de las galletitas y la harina. El súper es un excelente lugar para vivir una depresión post parto. Sabía que quería huir,  podría haber ido a llorar al banco de una plaza, pero elegí el mercado.

En la siguiente década, mis incursiones al súper, siempre sabáticas y por la tardecita, tenían un punto definitivo y crucial: la verdulería. En ese sector estaban los espejos que se ponen al tope de los estantes para darle multiplicidad a los colores y a la  supuesta frescura de los vegetales.  A pesar de que en esa época mi paseo por el sector sólo incluía comprar algún morrón y dos cebollas, mi ser se detenía unos minutos y se buscaba en los espejos, levantando la cabeza, abriendo los ojos hasta el límite posible y tratando de entrar dentro de sí mismo. Ese lugar era la dimensión desconocida y yo esperaba que los espejos reflejaran algún síntoma, algún dato, algo que el espejo de mi baño no me estuviera revelando. Tuve mucha suerte de que el personal de seguridad nunca me detuviera por actitud sospechosa.

No muchos años después, el mensaje de los espejos llegó a ser contundente: ojeras y tristeza. Una combinación que entraba en la paleta de colores de las berenjenas. Es más, en alguna oportunidad, sabiendo del encuentro con mi propia mirada, llegaba al lugar con alguna lágrima sobre la mejilla. No hay como el sector verdulería para ser uno mismo.

Muy por el contrario, el sector “colas”  es ideal para compararse con el prójimo o al menos observar su conducta y luego desarrollar algún tipo de estudio relacionado con el comportamiento social. Y decirse a uno mismo en un murmullo: nunca seré como esa flaca, rubia, de pelo lacio y largo, la de las botas altas, que dejando el chango estacionado y al crío inquieto sentado en la sillita del mismo, va y viene multiplicando los productos que va a comprar, como si yo no existiera, como si no supiera que espero detrás de ella con la mercadería en la mano. No seré como esa señora que tengo detrás, jubilada, mayor, apurada y mal educada que no para de chocar las ruedas del carro contra mis tobillos, instigándome a desmaterializarme y desaparecer de la cola para que ella pueda irse más rápido. ¿A dónde?

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Con el pie en el estribo

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FANNY NUSHKA MOREAUX

Puse el pie en el estribo de la avioneta, el instructor estaba  pegado a mí y más que hilos invisibles, nos sujetaban un montón de tiras y ganchos sofisticados.

Inmediatamente luego de saltar al vacío, dimos una vuelta completa en el aire. En esa fracción de segundo alcancé a preguntarme por qué estaba haciendo lo que estaba haciendo. Tal vez no lo había meditado lo suficiente. ¿Había sido muy impulsiva? ¿No me había asesorado para semejante expedición?

Una vez que estuvimos en posición –espalda arqueada, talones a la cola, brazos abiertos con codos flexionados-, iniciamos la caída libre a una velocidad que no puedo calcular, pero firmemente puedo asegurar que es lo más veloz que me he transportado en mi vida.

Luego de esos segundos en donde el aire era una masa furiosa y abrazadora, se abrió el paracaídas y la vorágine se detuvo. Como así también se detuvieron el tiempo, los recuerdos, los miedos, los juicios y los cuestionamientos.  Las dudas desaparecieron. Lejos de ver mi vida en cámara lenta, me pareció ver al universo en cámara lenta.

Desde arriba,  la tierra lucía como un hermoso patchwork, con trozos en diferentes tonalidades de verdes, unidos por las delicadas líneas que formaban rutas y caminos de tierra. Cada tanto un espejo de agua formado por un círculo irregular.

La tierra como un acolchado mullido, pronto a cobijarme. Y yo, suspendida, aturdida por el silencio, navegando por tanto azul y tanto cielo. El horizonte desdibujado,  mis pensamientos ahogados, mis ojos asombrados, mi corazón contento. Tan pequeña y diminuta, tan insignificante, tan la nada rodeada por el todo.

Hay una simbiosis entre dejarse caer y fluir, o volar. Una fracción de tiempo sublime donde perdí el control cediéndolo voluntariamente, negándome incluso a comandar los hilos que sujetaban mi paracaídas multicolor.

Hay millones de lecturas para una misma experiencia. Para algunos puede significar adrenalina, coraje, locura o una nueva y simple experiencia.

Yo quise volar con el motor apagado, dejando que el viento me llevase y esa mágica suspensión temporal me invadiera, junto con la certeza de mi pequeñez.

No sé si podré trasladar toda la experiencia al resto de mis días.

Seguro alguna mañana, al poner el pie en el estribo del nuevo día, recuerde lanzarme de lleno a la experiencia de vivir con mayor dosis de confianza y menor dosis de miedo.

Tal vez deje de luchar contra el rumbo que toman algunas cosas que ya están predestinadas, y deje de  aferrarme con los dientes apretados a situaciones que no tienen razón de ser.

Tal vez, alguna mañana, me acuerde de volar.

Noventa y dos días más y veinte horas.

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Eugene Monks

Marzo. Afuera la transformación ha comenzado, silenciosa como todos los años.  Sin melodías ni grandes alharacas o elocuencias, ni siquiera emitiendo un murmullo: la tierra se dispone a descansar. Primero se desnuda, se descama, rasga su alma casi hasta morir, y allí en medio de esa desolación y decrepitud, es que vuelve. Pero para eso falta.

¿Estarás vos en esa desnudez que te tiene atado en algún lugar, mientras tu alma se recompone?

Hoy le cuento a tu ausencia que por estos días estuve caminando por viejas calles sembradas de adoquines, en donde las veredas cubiertas por las sombras de grandes árboles, ya han empezado a salpicarse de hojas doradas y tostadas. Mientras yo iba vestida de verano, con mis piernas y hombros desnudos y tu selección musical en mi cabeza, el otoño sorprendía a mis pies con el crujir de las hojas.  Qué felicidad!

Mis últimos otoños ya no son iguales, y no por culpa de tu obligada ausencia. Aunque conservan el aroma intenso, aunque el viento se aquieta de la misma manera y el amanecer llama más tarde, aunque no me invada ya la angustia, hay algo en la luz, o en la dirección de ésta, o en el recuerdo, hay algo que se va evaporando de a poco.  ¿Será el recuerdo que se va difuminando?

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Seis minutos

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Vincent Giarrano

Me levanto. Dejo el sueño en la almohada y sigo el ritual mañanero. Elijo caminar para ir al trabajo. Veinte minutos mágicos en una mañana ventosa. Todo el mundo se vuela menos yo. Voy suspendida entre la música y mi sonrisa.

Son las ocho y cuarto. Una señora con un chaleco rojo inflado, se sienta en el banco del parque lateral al municipio. Mira el piso. Intento adivinar su vida. No me mira. Imposible.

En la calle principal los comercios van despertando a medida que paso por ellos. Es magia o sincronicidad. Hago unos pasos y las persianas van subiendo. Es como si me esperaran.

En la tercera cuadra hay una convención de empleadas de tiendas de indumentaria. Se sientan en la misma vidriera todas las mañanas, algunas fuman, otras gesticulan.

Llego a mi tienda y me pierdo entre menesteres sin importancia. Dejo la escritura para después. La magia se diluye en la rutina como si fuera una cucharada de azúcar en el café.

Preparo un té verde y dejo que se enfríe. Dentro de las tres millones de cosas que dicen los chinos, está la que afirma que no se debe dejar pasar un día sin tomar té. En eso estamos.

Es mi último viernes aquí, en este salón de ventas. De ahí en más, cuando en mis relatos te vea dar vuelta la esquina, deberé situarte en otra calle. Somos los mismos, es la ciudad la que se transforma junto con la gente que hace cola en los supermercados con compras de último momento.

Llamo a mi amiga y está en esa cola en un súper de otra ciudad. Él le mandó un poema de Benedetti, ella lo lee y se emociona. Es amor. Prometemos vernos un año de estos mientras deletreamos las últimas novedades.

Hay laberintos que conducen a una misma boca, un mismo beso o al mismo sueño. El destino empecinado y nosotros que volvemos.

Me preparo otro té. Voy llenando la mitad de la taza cuando la puerta del frente se abre y una voz masculina dice “Feliz Navidad, eh?”, no alcanzo a contestar. Cuando llego al frente del salón, veo una silueta cargada de expedientes que camina por la vereda rumbo al estudio.

Extrañaré algunas charlas y cosecharé otras, mientras vos permanecés congelado en una foto amarillenta escondida en algún lado. Y ese libro, que aprisionó la flor roja ya deshidratada, está hoy sin poder absorber más aromas ni besos.

Ella es adolescente y cree que el amor dura seis minutos. Quiero ir a ese lugar y decirle que seis minutos es una eternidad que se transforma, o que el amor no se mide con el tiempo terrenal, que los besos guardados no se marchitan.

Dejo la máquina de escribir y guardo una copia de mi caligrafía adolescente dentro de mi diario.

Sonrío porque de tan testaruda que soy, sigo construyendo casas blancas en la playa sobre papel cuadriculado mientras una mariposa se posa sobre los versos imperfectos escritos en una playa.