Beso Alquimista

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Robert Doisneau. At Gégène 1947
 
Verano detrás de las ventanas.
 
Avanza la noche y el insomnio llama a mi puerta.
 
Lo acepto con resignación, y me dejo arrastrar hacia la calle mientras cubro mi torso con una camisa.
 
Afuera, bajo las luminarias de la costanera, bandadas de muchachos apuran su paso hacia el centro nocturno. En la plazoleta quedan algunos vestigios de la feria que fue durante el día.
 
Una pareja camina silenciosa de la mano. Sin decir nada, él la besa prolongada y solemnemente, mientras le sujeta la nuca con la mano. Luego se separan y sin mirarse siguen cada uno por su lado.
 
Algo me empuja a bajar a la playa. Largos escalones me transportan hacia la fría humedad de la arena que penetra por las plantas de mis pies.
 
Cuento algunas estrellas acariciando el cielo con el dedo índice, como si ese manto negro fuera tu piel blanca y las estrellas tus lunares. Creo ver el contorno de tu figura pasar a mi lado, escapás varios pasos delante de mí y tus susurros se hunden en la noche sin sombras.
 
 
Vuelvo a mi casa. Los demás duermen ajenos a mis desvelos puntuales.
 
Me deshago de la ropa y dejo la camisa sobre el respaldo de una silla. Mi cuerpo se hunde en el colchón y yo hundo mi alma en el libro rojo que aguarda sobre la mesa de luz.
 
El sueño acude sigilosamente, besa mis pupilas y derriba mis ojos; mientras mis dedos se aflojan, dejo caer un suspiro sobre la almohada.
 
Creo que duermo, aunque escucho tu susurro suave que recita el final del libro. Me incorporo apenas, apoyando el codo sobre la cama y la cabeza sobre mi mano. Mis labios forman una sonrisa. Veo tu figura que se deja abrazar por mi camisa y el movimiento de tus labios acariciando cada palabra.
 
Sobre el final, la última oración y tu beso alquimista sobre mis labios felices. A lo lejos, los acordes de una guitarra y una canción conocida, acunan las pocas horas que separan la noche del amanecer.

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Tu nombre

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Pino Artist

Me preguntás qué estoy haciendo.

Escribo tu nombre en mi libreta, te respondo.

Juego con las vocales, separo las consonantes e invento palabras nuevas.

Dibujo un Scrabble y las piezas las diseño redondas: puros soles y lunas llenas.

Recuerdo ahora el idioma que divagamos juntos una noche de insomnio.

Una mezcla de Spanglish, lunfardo y tecnicismos salidos de algún libro extraño de esoterismo.

Teníamos contraseñas para todo, incluso para irnos de lugares inhóspitos sin levantar sospechas.

Mientras que a otras palabras les habíamos cambiado totalmente el significado.

Cuando conocí tu nombre, aún sin haber visto quién lo habitaba, pensé que tenía que reescribir mi cuento de la casa en la playa.

Una casa que tenía mil años y demasiada arena acumulada en la puerta de entrada.

Luego olvidé por completo ese asunto literario cuando me dejé encandilar por un tibio rayo del amanecer que se colaba por el ojo de buey de tu habitación.

Mis rulos sobre la almohada y las piernas enroscadas en la tibieza de tus sábanas.

Sigo jugando con tu nombre y esta vez hago con éste un círculo y comienzo a delinear un mandala.

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La huella de mi última pisada

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Mike Barr Artist

Octubre lluvioso. La primavera tardía y escondida detrás de los médanos del sur, hoy puebla otros territorios desconocidos. Los colores del mar se funden con los del cielo, inventando nuevos tonos que fluctúan entre miles de violetas y grisáceos. Apoyo los pies desnudos sobre la arena firme y prensada por la lluvia, sintiendo la humedad penetrar por mis raíces y llegando hasta mis huesos.

La casa llena de ocres y penumbras yace silenciosa y majestuosa, anclada desde siempre en una suerte de colina, donde algunas especies herbáceas abrigan el suelo creando una especie de alfombra mullida y despareja.

Enciendo un farol y lo coloco en la ventana que da al norte. Las maderas del piso chillan al compás del arrullo sinfónico del océano mar.

Por la puerta entreabierta entran bandadas de aladas utopías,  que vienen a despertar tiernos hechizos dormidos. Dejo que me asalten y desnuden.

Podría ser que entraras justo ahora, y que me vieras acurrucada en el sillón,  medio somnolienta y con el pelo revuelto, la carne tibia dispuesta a los juegos del amor.

Podría ser que aún sea demasiado pronto. Faltan caer un par de estrellas fugaces y que mueran en la línea del horizonte que delimita este universo vacío del otro donde estás vos.

El sol se adivina detrás de una cortina de nubes, listo para atardecer, mientras yo sacudo sobre la cama, blancas sábanas de algodón y sobre éstas una manta en telar con todos los colores que creaste para mí otras tardes lejanas en otras playas.

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La eternidad de tus facciones

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Whispering Pines – Jeremy Lipking

No importa si cuando llama el amor
yo estoy muerta.
Vendré.
Siempre vendré
si alguna vez
llama el amor.”
Alejandra Pizarnik

Sábado. Uno más en mi haber. Una incipiente irritación sube por mi cuello y me ahoga a tal punto en que sólo quiero huir de aquí, abandonar la ciudad, abandonarme a mí misma y dejar de existir de la forma que soy ahora.

Saco una hoja en blanco para escribirte,  pero interrumpo el breve inicio de la acción sabiendo que mis palabras están muertas antes de nacer. Porque nunca las leerás, ni danzarán en tu mente mientras hacés esa mueca que se asemeja a una sonrisa torcida. Se ha hundido la vaga esperanza de inquietar tu mente o de alborotar tu alma.

Se cortó el hilo conductor que me sostenía a la creencia sutil de encontrarte sobre el fin de semana, tal vez sobre las veintitrés horas de un viernes o al inicio del sábado, y aspirar a llegar a éste con la felicidad de la concreción material de tocar tus huesos y saborearte como a un cóctel,  y no con este absurdo de hoy que me hace seguir esclavizada a sueños imposibles.

Es otoño. Cede la irritación con el compás de las tareas, y me agobia el falso bienestar de la rutina. El día cae por su propio peso. Caen las hojas, caen las gotas de la lluvia  intermitente, el atardecer cae también junto con las prisas, las luces diáfanas de la ciudad se disuelven en el horizonte.  El día se hunde agonizante.

Es abril. Es sábado sin vos, desabrido, desolado, amarillo, apacible, silencioso, tibio; destemplado como el primer frío sin manta o cobertor.

Sobre la hora en la que caen las estrellas, me tiendo en el sillón y con mis piernas en alto, saboreo una bebida espirituosa que empalaga mis labios, enciende mis mejillas y adormece mi alma. De mis ojos se derriten lágrimas que mueren en la comisura de mi boca.  Mi boca frágil y desértica.

Afuera todo el mundo huye, algunos de sus trabajos, otros de sus hogares, de deudas contraídas y de promesas incumplidas. La vida cae por su propio peso pidiendo rendición de cuentas, y de este acto también queremos ausentarnos, como si fuera posible tal cosa.

Tal vez me duermo, pongo en off mi filosofía de cuarta. Tal vez sueño, tal vez recuerdo o invento nuevos eventos pasados sobre nuestra existencia juntos.

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Direcciones pasadas

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Arte: Mirjam Appelhof

Darling, te acordás del vestido rojo que nunca compré?

Pues hoy me calzaría perfecto.

Está tibio, como cuando te añoro.

Voy descalza, por un sendero en el bosque

Que desemboca  a la playa.

El viento apenas mece mi cabello

Y hamaca mis recuerdos.

Esos que no viví,

Pues no han sucedido.

Aún.

Y me pregunto,

-Como desde hace años-:

Se puede extrañar lo que no se ha vivido?

Tengo una fábrica de recuerdos

Que flotan en mi cuarto azul,

Mientras miro el cielorraso blanco,

Y mi cuerpo yace horizontal y de espaldas al suelo.

Me resguardo de no caer por ese agujero debajo de la cama

Que amenaza tragarme todas las noches.

No quiero perderme en algún lugar

Que me deje muy lejos de vos.

Te respiro, y escucho tu silencio que ya es mío.

Hemos llegado al horizonte,

Yo con mi vestido rojo y mis pies desnudos,

Vos con esa lejanía que tienen los sueños etéreos,

A punto de esfumarte

O a punto de convertirte en esa persona

Que da la vuelta por la esquina

Caminando en direcciones pasadas.

Escribiendo en la Luna

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Nathalie Mulero Fougeras

Yo sueño con ser escritora. O astronauta y escribir en la Luna, que es más o menos lo mismo. Tener una casa blanca en la playa con aleros y cerco de madera, un caminito de acceso que de unas vueltas antes de llegar a la puerta; un amor en el historial, un baúl con fotos, sobres con estampillas, cartas amarillentas y rosas disecadas dentro de algún libro. Y por qué no poder guardar mis propios recortes mecanografiados en cajas de colores etiquetadas según los periodos, el lugar y los humores. Un camino marcado hasta la playa y el faro divisándose a la distancia.

Ir y volver de la vida en una camioneta verde aparador como el color de la cocina de mi abuela, una Apache original, dura y testaruda –en funcionamiento, claro- con el techito blanco donde se apoyen las nubes en las mañanas tupidas de niebla.

En la ciudad, poder cobijarme en una casa antigua, de esas con ventanas y puertas muy altas de madera noble y pesada, con postigos metálicos color verde oscuro, cielorrasos más altos aún, habitaciones con espacio para musas y mariposas. Una puerta interna metálica con vidrios de colores simulando vitrofusión; el sol entrando por éstos en las mañanas y tiñendo cada rayo de un color distinto hasta convertirse en un arcoíris dentro de la estancia. Tener un  jardín de invierno, seguramente con muchas plantas del tipo enredaderas, y otras tantas que desconozco porque no he tenido tiempo de incursionar en el tema. Los  pisos mosaicos con dibujos extraños y antiguos. Yo misma sería una versión vintage de mi misma, en esa casa en donde soy escritora según el sueño más próximo de mi pasado.

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Completitud.

Hay muchas cosas recurrentes en mi vida. La primera y principal soy yo. Mi persona es recurrente para conmigo misma. Mis búsquedas son recurrentes aunque pasen los años, aunque se cambie el título de lo supuestamente buscado.

Qué cosa hay mas anhelada que la completud ? (Completitud suena a más completo no?)

El estar completo debería ser algo así como haber alcanzado parte de los sueños, o por qué no todos. Con un romanticismo exacerbado, lo reconozco, he buscado casi siempre esa completitud en otra persona. Tal vez he leído demasiados textos románticos, y tanta poesía empalagosa me hizo ver las estrellas más cerca de lo que realmente están.

Con los años el significado de estar completo invariablemente cambia. Ya no es en el otro que nos sentiremos completos. Sino que seremos lo que seamos pero por nosotros mismos, preferentemente amando, claro, y no necesariamente a una pareja.

Los que me siguen están casi hartos de mis referencias al mar y mi casa de la playa. Hay un texto que escribí cuando tenía veinte años. Acababa de mudarme, de separarme, y mi vida era vivir el ahora, cuestión que a poco más de otros veinte años, vengo a ver que es una asignatura a punto de ser olvidada.

Adoro a esa mujer de veinte años. No sólo porque es parte mía, sino por lo tremendamente emocional y visionario de sus textos. Hay situaciones narradas que en su momento no había vivido, y que luego se parecieron mucho. Hoy lo releo como he hecho cada tantos años, y no dejo de emocionarme, porque para mí es un texto totalmente atemporal. No está dirigido a ningún hombre en particular. En el relato estoy sola, feliz y nostálgica, una suave combinación de proyectos y recuerdos. Me gratifica ver que los segundos no obstaculizan a los primeros, que no todo está terminado y que todo continúa. Que lo vivido suma y gratifica y que lo porvenir impulsa.

Es curioso cómo uno puede encontrar en los propios escritos una esperanza, un recordatorio, una “refrescadita” de memoria de la esencia de uno, esa cosa tan personal, que es el olor, la marca, es más que el nombre, es lo que somos y por nada del mundo cambiará.

En esa casa en la playa no necesariamente debe estar el amor romántico, ni el recuerdo de la compañía de una pareja. Sino que está simplemente el buen vivir, la comunión entre la paz y la alegría, la esperanza,  la experiencia, las vivencias. El amor que es realmente eterno y trasciende absolutamente todo. Esta vez, he sido un poquito egoísta, y me he enamorado un poco de aquella mujer soñadora, muy parecida a ésta que soy ahora.

“Hola mi amor, estoy aquí, en nuestra casa, junto al mar y a las rocas, junto al fresco del amanecer, junto al mate de ayer.

Sí porque ayer llegué. Abrí la puerta con el mismo entusiasmo con que la abrí la primera vez junto a vos. Y esa vez, dejamos escapar los fantasmas que anidaban dentro desde otras épocas, de otras aventuras, de otros mundos.

Aprendimos la tarea de perfumarlo todo con nuestra presencia, de arrugar las sábanas, poner nuestros sonidos, llenar cada uno de nuestros propios huecos y rincones. Aprendimos a parir nuestros días tan cortos y nuestra vida tan larga, marcamos el sendero para llegar al mar y pusimos leños a nuestro hogar.

Ayer sentí la misma emoción. Quería saber cuáles de nuestros espíritus saldría ante el paso de la luz al abrirse la puerta. Y fue abrir el pasado, abrir hondamente nuestras vidas y heridas. Fue sentir que el tiempo carece de dimensiones y que en realidad nunca nos habíamos marchado de allí.

Ay amor! Te reirías tanto si supieras con qué afán limpié la estancia. Siento tu suave reproche y veo las arrugas de tu frente que se distienden cuando te robo un beso y me decís “está bien”. Cómo hubiera deseado poder comprarte otras veces con un beso y sacarte así de tus enojos!

No he osado tocar nada que tú hayas movido antes. Está todo allí. Los diarios en tu cajón, la radio pequeña sobre la mesita de noche, la última canción para escuchar, el pequeño taller que te extraña y luce triste sin que nadie use sus herramientas. Y en la cocina, salvo la especiera que tú me colgaste para sazonarte yo los días y el mate que yace religiosamente en su lugar, el resto está vacío. Cómo me censurabas en los días jóvenes mi cocina sin olores ni sabores!

Amor: esta mañana el mar está calmo y frío. El horizonte se ve nítido y un poco triste por ser él siempre tan inalcanzable. Suena “Verano del 42″, no como antes, como en esas escapadas hacia nosotros mismos, viajando a obscuras, llenándonos con sólo mirarnos.

Mirarte. Qué sentimiento mágico me inundaba al mirarte. Es como si nunca hubiese pretendido más, es como si sólo me hubiese podido conformar con ese acto tan distante en apariencia.

Escucharte. Horas. Tus reproches, tus enojos, tus malos humores, tus gustos, algún gruñido que yo intentaba no dejarte escapar, los “te amo” a los cuales nunca intentaba acallar.

Y un día, atiné vergonzosamente a tocar tu la nariz con la mía, a reconocer tu olor, te acaricié a punta de dedo…. Y a medida que exploraba quería más y más: tu cuerpo y tu tiempo, las cosas de tu alma, tus recuerdos y tus sueños, las metas tan alucinantes que tenías. Quería robarte una sonrisa y llevarme tus ojos conmigo, acunarte en tu sueño, deseaba todo para mí.

Ahora parece todo tan sencillo y en realidad fue tan frágil y tan difícil.

Debajo del cielo gris, las aves mañaneras danzan un ritual para el creador y no se quejan porque no haya sol, sino que se alegran junto al viento que las impulsa. Las podés escuchar? Algunas todavía se siguen posando en el marco de nuestra ventana, esa desde donde se ve la puesta del sol, la primera que abrimos esa mañana, la última que cerré ese día.

Es curioso, aún sigo esperando. Al parecer la espera es algo que no ha podido solucionar los años ni que he podido saciar con tus llegadas. Cuántos poemas he escrito antes de que llegaras? Cuántas cartas de amor? Cuántas veces me cambiaba de ropa y de peinado para hacer volar el tiempo que nos separaba! Otras me enojaba y luego cuando te veía sólo sabía que quería una cosa solamente: estar con vos.

He ido a tomar un café. Es que hace tanto frío aquí dentro! He tenido que cerrar la ventana y traer tu manta marrón para mis pies. Esa manta que te arropaba en las siestas, la que se robaba alguna de tus mascotas, nos servía de cobijo en el sillón para después del amor.

Nunca olvidaste como crujía mi cama de amante, ni de las noches frías y sin decirme nada, de las mañanas en que el barrio te veía partir adormilado de mis brazos y desaliñado por tironearte y pretendiendo aparentar salir de cualquier parte….

Tu amante.

Eso pretendí dejar de ser una mañana de marzo. Demasiado tarde ya. Porque luego de marzo llegan los días abriles, de marco dorado y gorriones por doquier, con la ciudad crujiente y los abriles, mi amor, se hicieron para amarse.

Y soñé con días que trajeran olor a torta desparramándose por la casa, y el despertar de un sueñito a las cuatro de un domingo, y el roce de nuestros pies y la cama que invita a quedarse.

Es en abril cuando se gesta un retoño, una ilusión, una esperanza que nace tan pequeña que es imperceptible. Es eso que soñé entre lo tuyo y lo mío. Y de abril hasta diciembre hubiese visto brillar tus ojos ante las redondeces de mi cuerpo y la turgencia de mis pechos, saciar todas mis ansiedades, pintar las paredes de vainilla, perfumar la casa con manzanas y desparramar con mis manos tantos hilos… y esas batitas blancas… tus dibujos sobre la pared desnuda, el invierno que llega y pasa, mis cortinas de algodón, el perfume de septiembre…

Y de diciembre a enero, agasajar al amor en tus ojos, en mi piel blanca, jugando con tus lunares y tus dedos bien formados, mis mejillas abundantes, quitando horas de sueño a las noches pero no a la ilusión.

No sé qué hora es. No me hace falta ya saber la hora. He de recordarte a dónde fueron a parar todos los relojes que intentaste traer?

Tampoco sé muy bien en qué fecha estoy, si es invierno o verano, si hay luna llena, si lloverá sobre el mar, si las estrellas se reflejarán en mis ojos…

Sé que falta poco, y he de mudar mi ropa con la esperanza vacía de nacer de nuevo, de conocer a alguien a tiempo, de preparar a punto un filtro de amor para que lo beba y no sepa más que de mí. Para no tener que robarle a nadie algunas horas de amor furtivo o un tiempo de paz sobre mi regazo, o un hijo, o un beso sereno y diez apurados, una mano para tocar, dedos para contar…

Amor. Todavía te escucho, cansándote con pocos años a cuestas, amando sin darte cuenta, conociendo el amor sin verlo, dejando volar el tiempo, escurriéndote como se escurre el agua de una prenda, haciendo proyectos para amar mañana, queriendo buscar sin encontrar, escapando hacia la libertad, volviendo por necesitarme, yéndote para olvidarme.

Sigo en mi obstinación -que por otra parte morirá conmigo- al igual que con mis sueños, la casa en la playa, el hijo esperado, mis ojos húmedos, las hojas caídas ayer.

Ha anochecido, la cama es muy blanca y muy ancha, la mesa muy larga y vacía, muchas olas para saltar, arenas demasiado extensas para dejar huellas… y el horizonte está allí, para quienes alcanzan a mirarlo”.

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