Del infierno al nirvana y viceversa.

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“Ahhh mirá lo que está diciendo por favor!!! ¿Viste que no es fácil esperar corazón? Viste cuando vos me decís “todos tienen su tiempo”… todo… no es fácil esperar a nadieee, es que no tendría que existir esperar, porque si dos personas se aman realmente no tendría que haber tiempo de por medio en el medio… porque es una necesidad que tienen que estar juntos… Es una necesidad…  SI es una NECESIDAD que dos personas que se aman estén juntas.  No puedo entender lo otro… qué esperar, qué tiempo, ¡NO!  ¡El choto!” -me dijo ella y me noqueó a los tres segundos del primer round con la palabra necesidad.

Necesidad y urgencia, urgencia y amor, amor y apego, apego y tiempo. Asesinos seriales de cualquier ser humano adulto que tenga el corazón roto, emparchado o en vías de reparación.

Conocer a otro y empalagarse, empacharse, pasarse de la raya, no medirse, volverse loco. Dejar de pensar en lo conveniente, en lo inconveniente, en el precio del dólar y a quién votaste en el 2015. Transformar el tal vez en un sí, el mañana en ahora, el solamente un rato por toda la noche. Matar al reloj, que se te pasen las horas sin darte cuenta, perder el sueño, ganar más ganas, que te sorprenda el amanecer y no querer irte a ningún lado. Saber entregarse a todo eso sin miedo, como un bebé recién nacido.

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Si vas a llamarme

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Si vas a llamarme hoy necesito que sepas que soy intensa. Intensa la mirada, intenso lo que siento aunque nada de lo que sienta se asome aún por el balcón, porque lo tenga resguardado bajo siete llaves.

Si vas a llamarme hoy necesito que sepas que tengo una habitación plagada de sueños, y que pienso cumplirlos todos, con vos o sin vos. Que canto con la música al taco mientras manejo por el centro. Que me encanta manejar, más en ruta. Que siempre voy rápido.

Que esta fachada de tranquilidad y parsimonia es todo mentira, porque por dentro soy todo fuego y pasión, sólo tenés que saber cuál es la tecla correcta y presionarla. Que hablo hasta por los codos, que necesito más de lo que pueda reconocer en mil vidas. Si me vas a llamar hoy necesito que sepas que no me caben más heridas, que mi piel es ultra sensible, que tengo cosquillas en lugares que no imaginás y que me encantaría que te tomaras el trabajo de descubrirlas. Y que si no querés hacer el trabajo está bien, porque necesito que sepas que amo la libertad, la mía y la del otro.

Si vas a llamarme hoy quiero que sepas que soy al cien por ciento. Algo así como una bomba. Como un reloj suizo. Algo con muchas piezas por descubrir. Soy cien por ciento mirada, cien por ciento vibración. Que tibio es una temperatura que inventaron sólo para hacer las mamaderas. Que de tibia no tengo nada. Y que me gustan las pinturas estridentes. Que los grises también son colores pero no me gustan tanto. Que me enojo y mucho.

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Las simples cosas

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© Eleni Mahera

“Uno vuelve siempre a los viejos sitios en que amó la vida,

Y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas,

Por eso muchacho no partas ahora soñando el regreso,

Que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo.”

Canción de las simples cosas – Armando Tejada Gómez

Volver. A los lugares que amó la vida. Donde amamos juntos la vida. Al lugar donde las tardes de domingo nos encontraba degustando millones de sabores. Otoños incandescentes, con las copas amarillas de los árboles acaparando la atención desde las ventanas de la casa del barrio de La Boca. Vos sentado en la diminuta cocina, con las piernas cruzadas; mirando cualquier cosa y yo armando algún menjunje que fuera glorioso para tu paladar. Saber lo que te gustaba, imaginarlo, crearlo; sorprenderte con nuevos gustos y nuevas caricias. Reír sola, contagiarte, reír juntos. Amar tu sonrisa. Conocer el universo de tu rostro, tus muecas, conquistarlo. Pasar el dedo por tu frente y bajar hasta tu nariz.

Volver a batir los huevos. Decidir hacerlo, y sacarlo del horno como si fuera un regalo cósmico, hacerlo realidad en tu boca que luego se juntaría con la mía creando nuevos elixires.

Jugar a la casita, dormir la siesta, salir al patio, salir a dar la vuelta al perro, salir a pasear al perro.  Acostarse y hacer eterna la guerra del amor entre las sábanas. Bañarse juntos, y volver a calentar el agua para el mate, volver a calentar los cuerpos, volver a calentar el agua del termo tanque. Volver a acostarse y esperar al próximo domingo. El próximo tal vez saldremos a amarnos más.

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Son tiempos difíciles para los soñadores.

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Amelie – Movie

“Son tiempos difíciles para los soñadores”.

Así reza el cartel de cartón pintado con tiza que yace a los pies de un indigente acostado en plena peatonal de la ciudad.

Es feriado. El sol se refleja en los adoquines. Los turistas van y vienen tratando de captar carteles con ofertas y descuentos. Nos chocan varios, con las bolsas de cartón repletas de nimiedades.

A pesar de que estamos silenciosos, te doy la mano. Siento en tu mirada una resignación peligrosa. El silencio es la música que pesa desde que nos levantamos. Siento la premonición en la base de mi nuca. Siento el final.

Más adelante me preguntaré por qué querías pasar este día haciendo como si nada. Y por qué me permití pasar ese día como si nada.

Siempre me llamó la atención algo que las personas mayores me cuentan: sobre el final, cuanto más grandes -sobre todo aquellas que superan los ochenta años- los recuerdos de la infancia se vuelven más nítidos y la memoria reciente comienza a evaporarse.

Lo mismo me pasó ese día. De pronto olvidé todo lo que estábamos viviendo este último tiempo. Y empecé a vivir nítidamente nuestros inicios.

Me enamoré a primera vista. Eso no existe. No puedo explicarlo, no tiene bases científicas, no es razonable enamorarse de alguien que no se conoce más que de vista, de quien no se sabe su nombre, ni su edad o preferencias. Escuché tu voz, vi tu estampa y me pareció conocerte de antes. Otro de esos clichés que nos cuentan en esas películas romanticonas y baratas.

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Los poliamorosos

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Imagen: theacademynewyork

….

– Necesito saber.

– Es que hay cosas que no sabemos aún.

– Tengo miedo.

– Te ofrezco un juego. Es con fichas de colores. ¿Te gusta el rojo? ¿O preferís las azules?

– Mmm… yo quiero usar las fichas del color que me pinte en el momento. Si querés te dejo las rojas a vos y yo uso todo el resto. Ahora decíme posta: ¿Cómo es eso del juego? ¿Hay un ganador?

– No. Estaríamos ganando los dos.

– Ah, pero qué aburrido…

– Bueh! Lo mejor del juego es que tenemos que usar la creatividad. Y seguir las reglas. Cualquier ficha que incumpla una regla sale del tablero.

– ¿Y para qué sirven las reglas? Si vos decís siempre que las reglas se inventaron para romperlas. Me confundís.

– Tenés razón. No me funcionan las neuronas hoy. A ver…. Y si en vez de reglas… ¿le llamamos contrato de C y A?

– ¿Y quién escribe ese contrato?

– ¡Nosotros! Daleee. Empezá vos que yo anoto.

– Uno: No me mientas.

– Dos: No me ocultes verdades.

– Tres: Ambos podemos salir de este tablero a jugar en otros tableros.

– Cuatro: ¿te parece si seguimos después?

Patricia Lohin

Naves quemadas

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© José Luna

“Porque vivir  es navegar tras un espejismo detrás de un abismo sin vuelta atrás.” Luis Eduardo Aute

Perdón la demora. No estaría llegando. Me he demorado, desviado, detenido, paralizado. Aunque según desde donde se mire la situación también pude haberme adelantado. El caso es que no la emboqué con esto del timing.

La próxima vez me colgaré de las agujas del reloj, en un intento desesperado por lograr esa mentada sincronía entre el momento adecuado y yo. El momento adecuado y vos. Tal vez me deslice por la aguja que marca los minutos y caiga de una buena vez sin medir las consecuencias. Tanto pensar y mis pies quedan trabados en el eje que sostiene el movimiento del universo, mientras yo alucino que estoy estática.

Las estaciones de trenes –desérticas, quebradas, abandonadas- son plantaciones de vagones con asientos de cuero resquebrajados; aunque los vagones de carga se han transformado en lofts para quien necesite cobijo, siesta y calorcito.

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Dos días te toco, el resto te sueño.

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Same time, next year (1978)

Tenemos una cita.

Dos días al año. Dos de los trescientos sesenta y cinco días o trescientos sesenta y seis en años bisiestos.

Vendremos a la cabaña de la villa donde nos conocimos la primera vez, sin siquiera pensar que alguno de los dos pudiera faltar. Año tras año, el último fin de semana del mes de junio.

Alguno de los dos llegará primero, y pondrá la leña en la chimenea; correrá las cortinas desde donde se ven los acantilados hacer espuma junto a las olas del mar, observará las nubes jugueteando con el viento, mientras el reloj marca el compás de la espera. Luego, abrirá el bolso de viaje, y acomodará la ropa en los cajones.

Este año yo llego primero. Abro la valija y saco un libro que está cuidadosamente envuelto. Lo dejo sobre la mesa que está al lado de los sillones. Tiro con descuido el abrigo sobre la silla y me asomo a la ventana justo en el momento en el que te veo llegar en el auto. Me pregunto si somos extraños o conocidos, si te gustará tocarme nuevamente, si me verás más vieja o cansada, si tardaremos mucho en romper el hielo, o si no hay hielo esta vez. Me ves parada detrás de la ventana y una sonrisa tuya alivia mis desvelos.

Mientras te observo en tu ritual de bajar cosas y acomodarte para entrar, pienso en cómo sería necesitarte. Algo que nunca me he permitido. ¿Cómo sería desear un abrazo tuyo, pedirlo, tenerlo? ¿Cómo sería pedir y tener, dar y recibir? ¿Cómo dormir otros días del año con vos, o sacarte una sonrisa, un abrazo o un guiño a cualquier hora del día, cualquier día de otros meses?  ¿Cómo tener un domingo libre e ir al banco de la plaza a estirar las piernas y filosofar sobre la cantidad de palomas que anidan en los edificios históricos? ¿Se diluiría esto que nos pasa al hacerlo repetitivamente? ¿Se terminarían el misterio, la pasión, las ganas?

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