Luna en escorpio

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© Ana Becerra

 

Alguien ha dejado su vehículo estacionado en mi calle. Y el vehículo habla por sí solo. Repite constantemente, como un martillazo sobre la cabeza, bocina tras bocina, con una pausa intermitente y milimétricamente separada en tiempo y espacio.

Al final una pausa más larga, tan sólo para retomar la secuencia.

Parece la historia de mi vida. Ruido, secuencia, silencio, pausa…

El viernes está gris, por fuera y por dentro.

Gotitas translúcidas y tímidas se van apoyando en las hojas más grandes de los árboles para luego dejarse caer como por un trampolín.

Como esas gotas que quedaban en mi cuerpo luego de la ducha, y terminaban en tu boca.

No hace falta paraguas. La lluvia hoy es tímida y cobarde.

Como esos sueños que bajan y suben por la montaña rusa sin dejarse atrapar, como el abrazo de oso en el que nos fundimos cuando no damos más de fingir que la vida no nos importa, que el otro no nos importa.

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Donde quedó el alma

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Volver a donde quedó el alma.

Dicen que cuando llegamos llovía, había calles de tierra y mucho barro. Hoy entiendo esa lluvia que inauguraba nuestra nueva estadía como una casi bendición.

No conozco en mi corazón otro lugar más que el río, caudaloso o seco, rojizo o grisáceo. Y cuando lo vi 45 años después de ese arribo, supe que había más de mí en él que en todas las rutas que he recorrido. Lo ví calmo y casi espejado, con ese transcurrir sumiso  de la vida que avanza en la dirección que debe ir.

Volver al lugar que se amó, aunque no hayan quedado nuestros nombres escritos en el tronco de un árbol, aunque esa ilusión tejida de lo que pudo haber sido amor ya no exista. Aunque rodaran más lágrimas que sonrisas, mientras mis pies cruzaban las vías del tren; aunque la desazón y las ganas de huir golpearan con ruido seco las plantas de los pies, arraigadas y congeladas sobre las breves calles del pueblo. Aunque la soledad viniera galopando desde las bardas, moviendo las hojas del gran eucaliptus que estaba frente a mi casa, y el ruido furioso del viento se colara debajo de la almohada. Aunque no supiera dónde estaba la próxima parada y me abalanzara sobre unos ojos verdes generosos tan sólo para sentir un breve cobijo. Aunque tuviera miedo de dormir, o miedo de despertar; aunque la vida pareciera una constante amenaza de muerte, aunque las lluvias fueran escasas y el pasto no creciese.

Volver al lugar que se amó. Sobrevivirlo. Amarlo más por eso mismo.

Aunque en la siesta ya no se escuchen las risas de dos adolescentes escapando para no ser vistos, y en el pasillo arbolado al borde del barrio ferroviario ya sé que no esconde ningún pasadizo secreto. Aunque el recoveco que estaba arriba de la cocina no escondiera regalos de navidad y el sótano donde yo imaginaba una biblioteca secreta fuera tapada.

Volver aunque los manzanos no despidan su aroma, y nadie sepa bien quién soy.

Patricia Lohin

 

La esperanza que miente

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© Boris Nazarenko

Las sombras grises tiñen la ciudad.

Es como un día de invierno leve. El frío no alcanza a calar los huesos, las ramas de los árboles se extienden rígidas hacia arriba mientras las bufandas de los caminantes reprimen alientos cargados de virus estacionales.

El silencio de la mensajería instantánea se hace presente. Primer día sin vos.

En otra ciudad los amantes coinciden en tiempo y horarios. Dos cuerpos macizos dispuestos a darse placer mundano. El le pregunta a ella en qué piensa. Ella miente. Mentiras piadosas. Cortas caricias. El placer, breve e intangible,  se fuga desde la habitación del hotel al abrir la puerta. Más silencios. Tal vez en unas semanas vuelvan a verse.

Paso la mañana pensando en otra cosa. Digamos en tus ojos. No te escribo. Sé que de hacerlo continuaría el círculo vicioso en donde yo sueño, vos recibís; yo acciono, vos mirás; yo me expreso, vos contestás; yo propongo, vos evadís.

En la esquina una pareja se despide hasta más tarde. Ella dice que lo ama y él asiente. Marchan caminando en distintas direcciones por la misma calle. Ella lo extraña. El se siente libre.

Apago el celular. No quiero saber que no me escribís. Quiero imaginar que lo hacés y no estoy. Aunque sepa que es mentira.

Si estuviéramos jugando al ajedrez, yo avanzaría con la reina, dispuesta a morir aún en manos de un peón. Pero sé que vos retrocederías.

En una cocina él le grita a ella: “No se puede vivir así.” Y se marcha, aunque los dos saben que volverá, tal vez más tarde. Hoy no pueden hacer otra cosa más que culparse. La culpa que chorrea las paredes color durazno y condensa la humedad en los azulejos del baño. Me miro en el espejo. Tal vez ella fui yo.

Mañana volveré al último lugar en donde estuvimos juntos. Ni estamos ni volveremos, al fin lo tengo tan claro.  En un acto de cordura, dejaré al fondo del río la caja con nuestra historia, para que la devore el agua bendita con tanto roce, y al fin termine en el mar donde mojamos los pies todos los veranos. Pero que la esencia le llegue a otros. Que sea un regalo divino o una maldición. Que otros decidan, se empapen, huyan o afronten.

Viene una pareja cómplice, los atiendo. Ellos se miran y sonríen. Al fin dos que están del mismo lado. Extraño eso que nunca he vivido. Hacen un juego con las palabras, danzan, se conquistan, se separan y se vuelven a buscar. Todo esto en cinco minutos. De fondo  el Nano canta Ja tens l’amor. Todo es perfecto.

Llega la tarde y yo invicta. Creo que al fin sé quienes somos. Me siento envalentonada por las horas previas. Sos una musa para mis letras, algo en mi cabeza, sueños que no van a cumplirse, una falda blanca que se arrastra en el lodo, la “esperanza que miente”, una casa vacía, las manos secas, la relación unilateral, la cobardía. Somos parte de esos amantes de la ciudad vecina que están juntos porque sí, caminando en distintas direcciones de la misma calle, volviendo a abrir la misma puerta porque no hay nada que hacer. No somos.

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Sin mucha alharaca

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© Rene Stuardo

Ninguna mentira merece ser vivida, como la que afirma que no se te extraña.

Novecientos días con sus impares noches repitiendo el ritual: despertar, recordar, resetear, cambiar la melodía, poner play y vivir de lo que se pueda.

Si hace frío vivir del frío, si se vuelan las hojas del otoño seguirlas, si llovió … chapotear en las veredas,  si viene una caricia aceptarla; que las historias las escriben los que las viven y las fábulas son asuntos de los dioses.

Sumar kilómetros en bici, corriendo o en monopatín, y por qué no en la cinta del gimnasio. Que corran los engranajes del tiempo mientras le damos marcha a la inercia circular.

Laberintos arbolados, con entrada y sin salida. Escojo uno, el que me parece más verde. Para entrar pago el ticket y me pongo el vestido rojo, llevo los pies descalzos y mis pupilas buscan la mariposa blanca que viaja siempre hacia el norte, o hacia vos.

Giro y giro; recovecos absurdos de esta existencia, zigzags del corazón, mi mente que estorba y me engaña. El tiempo marchitando estaciones y frenando carruseles.

Me arranco el vestido y me pongo un overol de laburante y las zapatillas de correr, por si es preciso huir en sueños.

Adormezco la savia de mis arterias con autores desconocidos e historias de poca monta, salgo a la calle sólo cuando el sol está perpendicular para no hacer sombra, luego camino bajo los aleros de los negocios del centro.

En un descuido se me escapan en la plaza central, las cartas de amor que llevo en la mochila. Las que sobreviven a la captura de las masas chusmas, llegan al mar y son recogidas por gaviotas que las invitan a un viaje itinerante y sin fin. Seremos eternos.

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Anoche casi te sueño

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Arno Rafael Minkkinen

La estancia está vacía.  Hago tres o cuatro pasos sobre el piso de madera, y escucho mis ecos sonoros tropezar y darse de cabeza contra las paredes.

Me arrodillo de cara a la ventana desprovista de lienzos y cortinas. Y yo, que no sé rezar, cierro los ojos y digo mi plegaria: “Señor te pido: no más deudas, ni acreedores, no más mafiosos enamorados apostados en la esquina de la plaza listos para el apriete; no más sonrisas debajo de las sábanas ni más sábanas de algodón blancas, no más colchas bordadas a mano, no más robar tus anteojos de arriba de la notebook. No más escucharte reír o refunfuñar, no más jazz ni folk ni soul. No más tango, no más muerte ni reinicios. No más pérdidas, porque ya no las soporto.”

En vez de decir “Amén” digo “Cobarde”, con la seguridad de que tendrá el mismo efecto: ninguno. Los de arriba se ríen, los de abajo se cagan en las súplicas, y nosotros seguimos creyendo que pedimos algo y lo obtenemos.

Quiero irme sin mirar atrás, como hacen las heroínas del cine en blanco y negro. Quiero tener la boca color carmín, un pañuelo en la cabeza y partir olvidando el lugar, la calle, la numeración; dejando la ropa blanca colgada en la calesita para que la lluvia y el sol la vuelvan hilachas o algodones desvencijados, que desesperados se cuelguen caprichosos sobre las ramas casi muertas del invierno en los arroyos.

Pero miro atrás y me atrapa tu olvido voluntario sobre el piso. Un libro firmado en abril y leído en primavera, ese que paseamos desde la mesada hasta la silla, del auto a la mochila y de ahí al canasto de la bicicleta, para volver a estar sobre la cama; enredado junto con mil cosas más, mis piernas sobre el edredón; y yo riendo del pobre autor desesperado ante la prohibición de escribir cartas de amor.

Vuelve a mi memoria el recuerdo de tu mesa de luz improvisada con una pila de libros fundamentalistas e infumables, y del otro lado de la cama, mi mesa llena de cuentos, recortes, fotos, notas, doncellas y cuentos de hada.

El primer día que nos encontramos en este piso, los gorriones se posaban en las barandas del balcón, mientras las ramas de los árboles de la calle besaban las ventanas con sus extensiones de hojas verdes, apresuradas, inquietas, insurgentes… como vos y yo. Y ese mismo día, horas más tarde leíamos en la página 93: “Es difícil la vida de los que aman a una mujer”. Lo sé, porque abajo puse la fecha con tus iniciales.

Es difícil la vida de los que aman. Punto. Puta madre.

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Qué hacer cuando no estás enamorado?

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©Leo Micieli

Primero aflojemos, que no hemos nacido enamorados. Nacimos llorando, y una vez pasado el llanto, hombres y mujeres nos hemos enamorado de nuestras madres, algunos con grandes e inmediatos desenamoramientos, como quien escribe.

Pero no estoy aquí para hablar de mi madre.

Hablemos sobre qué hacer cuando no estamos enamorados, o cuando no queremos a una pareja, o cuando no tenemos a una pareja a la que no queremos.

Porque aunque esto último resulte paradójico, tener a una pareja que está agonizando y no tiene futuro, da mucha perspectiva de futuro, da hasta esperanza: porque “cuando me separe” al fin conoceré una pareja acorde. Se están riendo? No? Pues comiencen a reír que encima es beneficioso para la salud.

Por estos años he visto tantas publicaciones sobre el karma, el hilo rojo, almas gemelas, la persona que va a caer cuando esté pautado –y vos estés en otra galaxia-, sobre las leyes del universo y demás yerbas, que tengo los ojos y el alma seca.

Entonces… qué hacer?

Trabajar que para eso somos buenos. Sellar con poxialgo el baúl de las expectativas, ponerse alguna remera motivacional del tipo “Me la banco solo y qué?”, volverse ermitaño, aprender ciencias ocultas, practicar algún deporte o todos y prescindir de querer compartir todo eso con alguien que se llame pareja.

No tener contacto alguno con alguien de tu especie es fundamental, ni siquiera sexo ocasional, porque un simple abrazo o un mimo detrás del cuello puede hacer estallar el planeta, te recordará lo que no tenés, y dejará tu presente tan desértico como el mundo después de Armagedón.

Definitivamente no sueñes.  Convertíte en una persona material, espiritual, políticamente incorrecta, inmoral si te cabe.

Volvé a nacer, reinvéntate, cambiá de trabajo, de sexo, de vestimenta, de carrera, mudáte, pintá tu casa, rapáte, cambiá de nombre y esta vez no esperes nada.

Es cierto, para algo están los amigos, y en buena hora.

Tus amigos que se enamoran o están con alguien a quien no quieren, pero que tienen sus propios testigos. Porque no hay mayor testigo de tu vida quien estoicamente se une a vos caminando a la par, -o como sea-, durmiendo en el medio de la cama sin darte espacio, y cometiendo un sinfín de atrocidades domésticas que sacan de quicio a cualquiera que haya vivido la suficiente cantidad de tiempo solo como para cultivar las mañas en el balcón.

Qué hacer mientras no estás enamorado?

Tratar de no esperar, y si te encontrás esperando… sopapéate mucho, andá a fumarte un cigarrillo aunque después te toque correr un fondo de 21 km, no escuchés a Arjona ni asociados, reanimáte y seguí viviendo.

Escribir -para mí- sería una buena opción, el tema es que me salen estas bebidas que se parecen más a una soda cáustica que a una lupulada.

Mi corazón está cerrado, y ni siquiera por duelo.

©Patricia Lohin

¿Cuántos granos de sal?

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“Comíamos uvas maduras y pisábamos descalzos la tierra fresca bajo la sombra de los árboles. Las flores blancas del verano trepaban por la montaña. Y reíamos. Hoy, hace frío aquí en la casa pero yo iré por leña para encender el fuego y plantaré una vid que crecerá sobre nosotros”. – Burzaco, Argentina (1923-2010) Ángela Pradelli

Será Venus retrógrado, o la luna en Cáncer. O seré yo, con todas guardias bajas y los frentes sin defensa, esperando mi turno en un recinto que oficia de sala de espera, en un primer piso de un edificio céntrico, justo el día después de mi cataclismo y rendición.

Llegué puntual. La opción de espera me dio la posibilidad de mirar, oler, oír y leer, todo al mismo tiempo.

Primero caí sobre el sillón marrón de cuero que está sobre una pared. Antes de desaparecer  por una enorme puerta vidriada, Carlos me alcanzó un libro.  Excelente excusa para no ensayar nada de lo que iba a hablar luego.

Antes de buscar los anteojos de lectura, mi vista se regocijó con la luz que llegaba desde los ventanales de las habitaciones delanteras, esos altos y agraciados ventanales de los edificios antiguos.

En una de las habitaciones se alcanzaba a ver un caballete sosteniendo una pintura con verdes y niños jugando a la pelota; un aerosol debajo del marco de una puerta, otro sobre un relieve de una pared, un adorno rojo chino circular colgado; y sobre un mueble alto, el reproductor de compact disc cambiando de bandeja. Dejó de sonar la melodía low relax sin vocales ni consonantes y llegó por aire y sin escalas la voz potente de una vieja y conocida jazzista de la cual no recordaba el nombre. Qué grata sorpresa.

Luego de abrir el libro, me mudé a una especie de puff cuadrado y bajito al lado de una mesa circular con más acceso a la luz natural. Mientras la música calaba mis poros haciendo mella en mi exceso sensitivo, comencé a explorar el libro.

Adoré el título, la tapa, el olor, que estuvieran subrayadas algunas frases con lápiz negro, las fechas al inicio de un capítulo. En ese momento nació mi afán por tratar de devorarlo, como a un chocolate intenso y amargo.

 

“Cuántos granos de sal entran en la mano abierta,

Cuántos se pierden por los bordes,

Vuelan, caen al piso;

Cuántos granos de sal raspan la seda de la piel,

Laten en los ojos ásperos, en la boca ácida,

En el río de la sangre de un cuerpo feliz.”

Ángela Pradelli

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