No me esperés

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Monte clerigo beach, Aljezur | Portugal (by José Antonio Rodríguez)

¿Cuántas formas hay de irse?

Me quedo, pero no en el mismo lugar. Me muevo y llevo todo: la valija celeste con la máquina de escribir portátil, un block de hojas, el cuadro de Pino con la mujer del vestido rojo en la playa, la cajita con los condimentos, y el neceser con los aceites esenciales. También te llevo a vos. Nos llevo a nosotros a dónde vayamos. Después de todo sos mi musa.

Hay un mapa terrestre lleno de lunares, curvas, granos, superficie porosa y húmeda. Ahí nos vamos a vivir. Juego con una lapicera a que escribo en tu espalda pero no dejo marcas. La tarde, que llega como una sorpresa fresca en este espeso verano, está llena de interrogantes y paradigmas. Por primera vez tiene una fecha en el calendario. Y yo, que no sé ni quiero aprender a planificar nada, la ignoro.

Dejo pasar tu comentario como si nunca fuera dicho. La voz, el estruendo de tus cuerdas vocales, se pierde uniformemente y se funde con el aire hasta convertirse en silencio.

¿Volverás? ¿Volveremos? ¿Seguiremos huyendo hacia otros países aunque nuestros pies permanezcan anclados en esta circunferencia de cinco metros cuadrados que se llama vida?

Me imagino seis meses más, seis días o seis horas esperando algo y mi alma se comprime, se encoge, se desintegra. Aguardo la sorpresa de no estar donde se “supone que” en ninguno de esos plazos. En síntesis, espero lo no esperado, lo cual me pone en esta dicotomía absurda. Me enredo en mis propios paradigmas mentales mientras el corazón se enfría a pasos agigantados.

Lo siento en mi piel, que toca pero no es tocada. Lo siento en mi alma que no se entrega, en mis ojos que miran como si todo fuera una película que no tiene secuela. No hay parte dos en esta historia.

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Mail-support

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© Rob Bremner

Señores de Gmail:

Les escribo porque estoy interesada en recuperar correo personal que en su momento se intercambió desde este correo en cuestión con el propietario de la dirección nn@hotmail.com.

Los correos datan de cinco años a esta parte. He tratado por las vías normales y en su momento los recuperé. Pero en un rapto de violencia y despecho tecnológicos los volví a borrar. Y luego los hice desaparecer de la papelera, de enviados, de guardados y de todo resto de ciberespacio con el que me crucé tan inoportunamente.

Entiendo que a ustedes los problemas personales de los cibernautas les importan un pito. En realidad la falta de esos mails no es un problema, sino que es una cuestión de recupero de bienes personales. Si es que al correo entre dos personas que se conocieron antes de ayer –alrededor de los años 80- se le puede llamar bien personal.

Entiendo que la inteligencia artificial estaría dando pasos agigantados hacia una comunicación más eficiente y cercana a la humana. Pero de todas maneras no nos estaríamos entendiendo.

Vuelvo a llenar el formulario y la respuesta sigue siendo la misma: un frío formulario en respuesta del anterior formulario intitulado “Notificación de Gmail sobre tus correos desaparecidos”. Que vuelva a cambiar la contraseña y a revisar la configuración de privacidad.

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Anonimato sentimental

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“Amor no es literatura sino se puede escribir en la piel.” J.M.Serrat

Hace algunos años sucedió una de esas cosas que pasan en las redes sociales: un hombre y una mujer volvieron a localizarse después de treinta años.

Setecientos días, con todas sus noches y amaneceres incluidos duró el viaje bilateral de los corazones.  Un encuentro es una celebración dijo ella. El no estaba listo para tanto baile, y los días fueron languideciendo uno junto al otro, hasta que ella quemó física y digitalmente todo resto de ese rejunte kármico.

Sólo dos cosas habían quedado guardadas: una carta de ella que emulaba una especie de grito ahogado frente a tanta impasividad y la respuesta de él, que llegó casi un año más tarde en forma de cuento.

Tal vez nunca nadie volviese a escribir algo tan acertado sobre ella.

El siguiente texto es una colaboración involuntaria y anónima de esa historia.

“Sentada frente al mueble de algarrobo del living, con la mano junto al teléfono y casi apoyada en un sueño, escuchaba atentamente.

Unas lágrimas que no entendían bien  lo que escuchaba o lo que podía deducir de esa voz profunda y familiar; un dejo de hastío, un halo de pesadez y un extraño sinsabor. Comenzaba el dolor del amor colgado de un olvido, ese que una vez fue un recuerdo que nunca germinó.

Los pies cruzados, los codos sobre las rodillas y esa palabra salvadora que nunca iba a salir. Los recuerdos, las sonrisas y los  amaneceres, jugaban entre los dos, y  un final avasallante.

A veces los sueños no responden a un único llamado, entonces se fractura el tiempo, se diluyen las ilusiones, se esfuman las caricias y un rasgado recuerdo tambalea entre la paciencia, la ignominia y el desamor.

Procederes y pareceres que confluyen en un anonimato sentimental. Mientras con la mano libre jugaba con su pelo, ella presentía aquella predicción llamada final.  Siempre soñó con llegar al borde del destino con él, pero el camino la iba encerrando sin darle chance alguna. Sus ojos  miraban al frente, aunque realmente se la veía observar muy adentro; hacia afuera, el oprobio y la desidia  jugaban la última carta de ese gran amor.

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Mitad agua, mitad estrellas.

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© Jayanta Roy

No recuerdo otro miércoles más silencioso que este.

Paraguas negros, grises y estampados esconden los cuerpos que se mueven automáticamente hacia adelante por las veredas.

La lluvia es apenas imperceptible. Pero moja y mucho.

Camino varias cuadras sin protección.

Hace mucho que dejé de protegerme para salir a la calle.

La lluvia es muda, los pasos silenciosos, los gorriones se fueron a otro planeta y el único ruido que hace estallar tanto vacío sonoro es el del camión de los residuos, que traga y aplasta la basura existencial que los ciudadanos dejan en sus veredas.

Bolsas con restos, secretos, papeles arrugados, cuentas, cáscaras, envases, cosméticos vencidos, la caja de cigarrillos vacía, colillas, humo…

Se va el camión y vuelvo a penetrar el bosque oscuro de mis pensamientos.

Estos días habrá lluvia de estrellas. En realidad son restos de un cometa.

Pero la ilusión de que sean otra cosa, algo mágico y luminoso, me lleva de viaje hacia otra ilusión:

Vos y yo, bajo ese cielo, mitad agua, mitad estrellas.

Patricia Lohin

Tu nombre

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Pino Artist

Me preguntás qué estoy haciendo.

Escribo tu nombre en mi libreta, te respondo.

Juego con las vocales, separo las consonantes e invento palabras nuevas.

Dibujo un Scrabble y las piezas las diseño redondas: puros soles y lunas llenas.

Recuerdo ahora el idioma que divagamos juntos una noche de insomnio.

Una mezcla de Spanglish, lunfardo y tecnicismos salidos de algún libro extraño de esoterismo.

Teníamos contraseñas para todo, incluso para irnos de lugares inhóspitos sin levantar sospechas.

Mientras que a otras palabras les habíamos cambiado totalmente el significado.

Cuando conocí tu nombre, aún sin haber visto quién lo habitaba, pensé que tenía que reescribir mi cuento de la casa en la playa.

Una casa que tenía mil años y demasiada arena acumulada en la puerta de entrada.

Luego olvidé por completo ese asunto literario cuando me dejé encandilar por un tibio rayo del amanecer que se colaba por el ojo de buey de tu habitación.

Mis rulos sobre la almohada y las piernas enroscadas en la tibieza de tus sábanas.

Sigo jugando con tu nombre y esta vez hago con éste un círculo y comienzo a delinear un mandala.

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Luna en escorpio

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© Ana Becerra

 

Alguien ha dejado su vehículo estacionado en mi calle. Y el vehículo habla por sí solo. Repite constantemente, como un martillazo sobre la cabeza, bocina tras bocina, con una pausa intermitente y milimétricamente separada en tiempo y espacio.

Al final una pausa más larga, tan sólo para retomar la secuencia.

Parece la historia de mi vida. Ruido, secuencia, silencio, pausa…

El viernes está gris, por fuera y por dentro.

Gotitas translúcidas y tímidas se van apoyando en las hojas más grandes de los árboles para luego dejarse caer como por un trampolín.

Como esas gotas que quedaban en mi cuerpo luego de la ducha, y terminaban en tu boca.

No hace falta paraguas. La lluvia hoy es tímida y cobarde.

Como esos sueños que bajan y suben por la montaña rusa sin dejarse atrapar, como el abrazo de oso en el que nos fundimos cuando no damos más de fingir que la vida no nos importa, que el otro no nos importa.

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Donde quedó el alma

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Volver a donde quedó el alma.

Dicen que cuando llegamos llovía, había calles de tierra y mucho barro. Hoy entiendo esa lluvia que inauguraba nuestra nueva estadía como una casi bendición.

No conozco en mi corazón otro lugar más que el río, caudaloso o seco, rojizo o grisáceo. Y cuando lo vi 45 años después de ese arribo, supe que había más de mí en él que en todas las rutas que he recorrido. Lo ví calmo y casi espejado, con ese transcurrir sumiso  de la vida que avanza en la dirección que debe ir.

Volver al lugar que se amó, aunque no hayan quedado nuestros nombres escritos en el tronco de un árbol, aunque esa ilusión tejida de lo que pudo haber sido amor ya no exista. Aunque rodaran más lágrimas que sonrisas, mientras mis pies cruzaban las vías del tren; aunque la desazón y las ganas de huir golpearan con ruido seco las plantas de los pies, arraigadas y congeladas sobre las breves calles del pueblo. Aunque la soledad viniera galopando desde las bardas, moviendo las hojas del gran eucaliptus que estaba frente a mi casa, y el ruido furioso del viento se colara debajo de la almohada. Aunque no supiera dónde estaba la próxima parada y me abalanzara sobre unos ojos verdes generosos tan sólo para sentir un breve cobijo. Aunque tuviera miedo de dormir, o miedo de despertar; aunque la vida pareciera una constante amenaza de muerte, aunque las lluvias fueran escasas y el pasto no creciese.

Volver al lugar que se amó. Sobrevivirlo. Amarlo más por eso mismo.

Aunque en la siesta ya no se escuchen las risas de dos adolescentes escapando para no ser vistos, y en el pasillo arbolado al borde del barrio ferroviario ya sé que no esconde ningún pasadizo secreto. Aunque el recoveco que estaba arriba de la cocina no escondiera regalos de navidad y el sótano donde yo imaginaba una biblioteca secreta fuera tapada.

Volver aunque los manzanos no despidan su aroma, y nadie sepa bien quién soy.

Patricia Lohin