Uno sólo muere cuando está solo.

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“En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro. Uno sólo muere cuando está solo. Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.” Marguerite Yourcenar

Esta tarde de verano trae un susurro que se esconde detrás de melodías imperceptibles, mientras algunos en la casa duermen la siesta. Intento descifrarlo mientras me adormezco. Los insectos quieren entrar y atacar del otro lado del mosquitero. A la hora precisa llega la sincronicidad del sol que se apaga cuando debe,  trayendo alivio a este día de cuerpos y mentes incendiadas. A unas cuadras de aquí, el agua del río huye hacia el mar.

Improviso ya que hago lo que puedo. En esa improvisación es que me desdoblo, y alguien parecida a mi corre hasta la esquina yendo a buscarte… y vos sonriendo, mientras te miente y dice que está perdida. Perdida en este pueblo de dos por cuatro. Cobarde, perdida en tus ojos. Vuelve y se hace una conmigo nuevamente.

El día murió, y me bebo la mentira junto con una cerveza tirada, en las mesitas del Open Bar de la calle principal que está frente a la plaza. Alguien rasga la guitarra y canta una melodía harto conocida. Las adolescentes fuman mientras ríen, cantan y tratan de captar la atención del incipiente cantante.

Quiero irme de aquí, aunque siento que tengo los pies arraigados, como las raíces del olmo que hay en la plaza; esas donde me sentaba a verte pasar al final de la jornada laboral. Quiero verte pasar otra vez, pero eso no sucede. Tal vez con un poco de coraje te invitaría a viajar, descalzos, caminando hasta la estación abandonada del tren, para darnos un primer beso debajo del cartel con el nombre de nuestro paraje.

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La gota de agua

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Elliott Erwitt, 1981

¿Cómo se hace para repetir el punto justo de la temperatura ideal de una mano que toca a la otra?

¿Cómo se hace para beber un elixir venenoso al mismo tiempo en el que uno se inyecta material anti ofídico?

¿Cómo se hace para resguardarse y entregarse intermitentemente?

Cae la gota sobre la hoja, y desde la hoja vuelve a caer por el tronco del árbol, hasta que se desprende al fin y se disuelve en el espejo de agua circular que hay sobre el cordón de la vereda.

Hora: 15 p.m.

¿Cuántas gotas de agua se funden en un espejo circular a las 15 p.m. de una tarde de mayo?

Para ser otro día es una hora cualquiera. Una voz en off sale de alguna esfera paralela al cuerpo, hace una revolución dentro de éste y nos hace un plantón: stop a las intervenciones del  cuerpo, no más cerrojos, cuerdas, esposas, nada que ate, contenga, suprima; que vuele, y que vuele alto. Es la hora en el que se suspenden los cálculos y errores de cálculo, nada de dedos escondidos detrás de la espalda,  especulando resultados absurdos de una ecuación de la cual ni Einstein tiene el resultado.

 

Hoy los genios somos nosotros, sueltos como dos chicos que se escapan a la hora del recreo. Urge. Suena la sirena. Suena la alarma. Suena el celular. Suena la campana para volver a clase. La gota está a punto de lanzarse y de estallar contra otras gotas de agua que unidas forman un charco. Hora de hacerse la rata y de jugar hamacándonos repetitivamente en una soga con una cubierta hasta lanzarnos al río. No más guerras inciviles entre el deseo y la mente.

En un microsegundo hacemos todo: nos escapamos, nos hamacamos, nos lanzamos, volamos y nos fundimos en el agua.

 

Patricia Lohin

Mejor el amor en tiempos de plenitud

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© Yasir Bakili

Volvemos.

Después de una vida,

Con el cauce del río encima de los hombros.

De yapa traemos también

Espuma, caracoles y mar,

Breves trotes silenciosos atrapando atardeceres

Y noches eternas plagadas de sueños sincronizados.

Y al fin llegamos a la vuelta de la esquina,

Donde el caballito de colores

Sube y baja en el carrusel

Y nosotros riendo como niños

Buscamos la sortija

Que nos deparará el próximo viaje.

La mirada hipnótica del tiempo

Clava las agujas del reloj

En el preciso instante en el que nos miramos.

Sabe tu boca a jugo de uva,

Dulce e intenso.

Encuentro mi hogar en tu boca

Y mis oídos tiemblan al escuchar

El susurro de tu voz familiar.

No sé si nos fuimos.

Sé que estamos.

Me acusás de taxativa,

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Donde quedó el alma

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Volver a donde quedó el alma.

Dicen que cuando llegamos llovía, había calles de tierra y mucho barro. Hoy entiendo esa lluvia que inauguraba nuestra nueva estadía como una casi bendición.

No conozco en mi corazón otro lugar más que el río, caudaloso o seco, rojizo o grisáceo. Y cuando lo vi 45 años después de ese arribo, supe que había más de mí en él que en todas las rutas que he recorrido. Lo ví calmo y casi espejado, con ese transcurrir sumiso  de la vida que avanza en la dirección que debe ir.

Volver al lugar que se amó, aunque no hayan quedado nuestros nombres escritos en el tronco de un árbol, aunque esa ilusión tejida de lo que pudo haber sido amor ya no exista. Aunque rodaran más lágrimas que sonrisas, mientras mis pies cruzaban las vías del tren; aunque la desazón y las ganas de huir golpearan con ruido seco las plantas de los pies, arraigadas y congeladas sobre las breves calles del pueblo. Aunque la soledad viniera galopando desde las bardas, moviendo las hojas del gran eucaliptus que estaba frente a mi casa, y el ruido furioso del viento se colara debajo de la almohada. Aunque no supiera dónde estaba la próxima parada y me abalanzara sobre unos ojos verdes generosos tan sólo para sentir un breve cobijo. Aunque tuviera miedo de dormir, o miedo de despertar; aunque la vida pareciera una constante amenaza de muerte, aunque las lluvias fueran escasas y el pasto no creciese.

Volver al lugar que se amó. Sobrevivirlo. Amarlo más por eso mismo.

Aunque en la siesta ya no se escuchen las risas de dos adolescentes escapando para no ser vistos, y en el pasillo arbolado al borde del barrio ferroviario ya sé que no esconde ningún pasadizo secreto. Aunque el recoveco que estaba arriba de la cocina no escondiera regalos de navidad y el sótano donde yo imaginaba una biblioteca secreta fuera tapada.

Volver aunque los manzanos no despidan su aroma, y nadie sepa bien quién soy.

Patricia Lohin

 

Mientras tanto

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Keffer

¿Y mientras tanto? – me preguntaste.

Mientras tanto estamos muertos y en el limbo – contesté.

Y extendí mi mano queriendo tocarte…

 

Mis pies sobre el puente peatonal

El puente sobre el río

La roca debajo del agua

Tu boca en la mía

El fango debajo de la piedra

Las hojas sobre el filo del agua

Tu mano derecha en mi mano izquierda

El viento dentro de mi pelo

Un remolino existencial en tu cabeza

Tu mano izquierda en mi sexo

El sol en el cielo y las nubes sobre el agua

Tus ojos en los míos

La humedad en tu mano izquierda

Mi pecho sobre el tuyo

Y tú nombre en mi garganta

El verano en el aire

La aldea en el llano

La miel en tu lengua

Y el clímax llegando.

¿Y mientras tanto?

Mientras tanto la vida.

Patricia Lohin

Río Hondo

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Imagen: Pinterest

12 de diciembre. Amanece.

Llora el cielo con intermitencias y ráfagas fisgonas de luz solar.

De a ratos moja y de a ratos seca a las angostas calles de pedregullo y tierra.

Desde las cumbres bajan los pueblerinos con cargamentos de adornos florales y frutales que liberarán en el Río Hondo en los primeros minutos del décimo tercer día de diciembre.

En la orilla, las mujeres intentan barrer el suelo de arcilla donde ubicarán sus puestos. Ya adornadas desde temprano con escotes y volados, brillos con sabor a cereza en los labios, loción de verbena en el cuello y hermosas trenzas enredadas en lo alto de sus cabezas.

Tienden almidonados manteles naranjas y amarillos sobre largos tablones de madera, donde retozarán cuencos abundantes de frutas y verduras de estación, mezclados con estampitas y rosarios en honor a la Virgen Niña del Río Hondo.

Reza casi como en un canto a los visitantes y vecinos la comadrona del pueblo, mientras se hamaca detrás de su puesto de albahaca y frutillas:

“Pide un deseo, tú niña y tú también que ya no eres niña ni volverás a ser joven. Pídelo con el corazón abierto y la virtud de los ojos que aún han visto muy poco al otro lado de la orilla. Cuenta los días de tu espera con inmensa fe, reza, frota por día una cuenta de tu rosario de piedra coral, que al terminar los cincuenta y nueve días y los cincuenta y nueve rezos, agradecerás sin pedir más y volverás a empezar la cuenta.”

Bajo el arco de enredaderas que marca el comienzo del sendero,  que guía hacia el sector de la orilla del río desde donde partirán las ofrendas, Pedro –mecánico de herencia y encantador de abejas por pasión- relata entusiasmado a una pareja de forasteros, que a falta de manantiales y nacientes, a falta de Minerva y Coventina, sobra río Hondo y Virgencita para arrastrar penas, lágrimas y peticiones, que volverán condensadas al cielo en la tercer luna llena del próximo año nuevo.

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El río de mi vida

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Río Colorado – Río Negro – Argentina

Puede ser que nacer, lo que se dice nacer – con fecha, hora y lugar- sea cuestión de destino.

 Y hasta el momento en que no emitimos nuestro primer llanto que abre la inmensidad del resto de nuestras vidas, hasta ese preciso momento, el destino ni siquiera es nuestro, sino de nuestros padres.  A ellos que les tocó al azar, tal vez, el lugar dónde naceríamos, sin preguntarse si eso significaría algo para nosotros algún día.

Me siento como esas personas que se dan cuenta que el género que figura en el documento no coincide con el género de su esencia.

Pues, digamos, tengo el mismo problema, pero con mi lugar de  nacimiento.

El metro cuadrado donde se escuchó por primera vez mi voz no me pertenece ni le pertenezco.

Fue un desamor a primera vista.

Tal vez alentado por la circunstancia de que en esas tierras, llamadas oportunamente “Distrito”, no existía el alma del pueblo o sus chusmas, sus veredas bañadas de otoño, escuelas y plazas, calles de tierra, pescadores, un río abajo, la casa de la portera al lado de la escuela, un árbol gigante de eucaliptus frente a la casa, las vías y el tren despertando a deshoras, el silencio de la hora de la siesta.

Hoy sé de dónde vengo y dónde ocurrió mi primer llanto verdadero.

De ese lugar a la orilla del río con agua pesada y oscura, por trayectos torrentosa, traicionera y acogedora. De ese pueblo que duerme en un valle a la ladera de una barda, con meses verdes, y otros con la interminable nostalgia de polvos, piedras y vientos.

El agua dulce de río cruza definitivamente mi vida y comprendo que es necesaria esta nostalgia nacida de la distancia, para poder adueñarme de un lugar de nacimiento que me pertenece tan sólo por amor. Primero. Único.