Donde quedó el alma

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Volver a donde quedó el alma.

Dicen que cuando llegamos llovía, había calles de tierra y mucho barro. Hoy entiendo esa lluvia que inauguraba nuestra nueva estadía como una casi bendición.

No conozco en mi corazón otro lugar más que el río, caudaloso o seco, rojizo o grisáceo. Y cuando lo vi 45 años después de ese arribo, supe que había más de mí en él que en todas las rutas que he recorrido. Lo ví calmo y casi espejado, con ese transcurrir sumiso  de la vida que avanza en la dirección que debe ir.

Volver al lugar que se amó, aunque no hayan quedado nuestros nombres escritos en el tronco de un árbol, aunque esa ilusión tejida de lo que pudo haber sido amor ya no exista. Aunque rodaran más lágrimas que sonrisas, mientras mis pies cruzaban las vías del tren; aunque la desazón y las ganas de huir golpearan con ruido seco las plantas de los pies, arraigadas y congeladas sobre las breves calles del pueblo. Aunque la soledad viniera galopando desde las bardas, moviendo las hojas del gran eucaliptus que estaba frente a mi casa, y el ruido furioso del viento se colara debajo de la almohada. Aunque no supiera dónde estaba la próxima parada y me abalanzara sobre unos ojos verdes generosos tan sólo para sentir un breve cobijo. Aunque tuviera miedo de dormir, o miedo de despertar; aunque la vida pareciera una constante amenaza de muerte, aunque las lluvias fueran escasas y el pasto no creciese.

Volver al lugar que se amó. Sobrevivirlo. Amarlo más por eso mismo.

Aunque en la siesta ya no se escuchen las risas de dos adolescentes escapando para no ser vistos, y en el pasillo arbolado al borde del barrio ferroviario ya sé que no esconde ningún pasadizo secreto. Aunque el recoveco que estaba arriba de la cocina no escondiera regalos de navidad y el sótano donde yo imaginaba una biblioteca secreta fuera tapada.

Volver aunque los manzanos no despidan su aroma, y nadie sepa bien quién soy.

Patricia Lohin

 

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Mientras tanto

¿Y mientras tanto? – me preguntaste.

Mientras tanto estamos muertos y en el limbo – contesté.

Y extendí mi mano queriendo tocarte…

 

Mis pies sobre el puente peatonal

El puente sobre el río

La roca debajo del agua

Tu boca en la mía

El fango debajo de la piedra

Las hojas sobre el filo del agua

Tu mano derecha en mi mano izquierda

El viento dentro de mi pelo

Un remolino existencial en tu cabeza

Tu mano izquierda en mi sexo

El sol en el cielo y las nubes sobre el agua

Tus ojos en los míos

La humedad en tu mano izquierda

Mi pecho sobre el tuyo

Y tú nombre en mi garganta

El verano en el aire

La aldea en el llano

La miel en tu lengua

Y el clímax llegando.

¿Y mientras tanto?

Mientras tanto la vida.

Patricia Lohin

Río Hondo

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Imagen: Pinterest

12 de diciembre. Amanece.

Llora el cielo con intermitencias y ráfagas fisgonas de luz solar.

De a ratos moja y de a ratos seca a las angostas calles de pedregullo y tierra.

Desde las cumbres bajan los pueblerinos con cargamentos de adornos florales y frutales que liberarán en el Río Hondo en los primeros minutos del décimo tercer día de diciembre.

En la orilla, las mujeres intentan barrer el suelo de arcilla donde ubicarán sus puestos. Ya adornadas desde temprano con escotes y volados, brillos con sabor a cereza en los labios, loción de verbena en el cuello y hermosas trenzas enredadas en lo alto de sus cabezas.

Tienden almidonados manteles naranjas y amarillos sobre largos tablones de madera, donde retozarán cuencos abundantes de frutas y verduras de estación, mezclados con estampitas y rosarios en honor a la Virgen Niña del Río Hondo.

Reza casi como en un canto a los visitantes y vecinos la comadrona del pueblo, mientras se hamaca detrás de su puesto de albahaca y frutillas:

“Pide un deseo, tú niña y tú también que ya no eres niña ni volverás a ser joven. Pídelo con el corazón abierto y la virtud de los ojos que aún han visto muy poco al otro lado de la orilla. Cuenta los días de tu espera con inmensa fe, reza, frota por día una cuenta de tu rosario de piedra coral, que al terminar los cincuenta y nueve días y los cincuenta y nueve rezos, agradecerás sin pedir más y volverás a empezar la cuenta.”

Bajo el arco de enredaderas que marca el comienzo del sendero,  que guía hacia el sector de la orilla del río desde donde partirán las ofrendas, Pedro –mecánico de herencia y encantador de abejas por pasión- relata entusiasmado a una pareja de forasteros, que a falta de manantiales y nacientes, a falta de Minerva y Coventina, sobra río Hondo y Virgencita para arrastrar penas, lágrimas y peticiones, que volverán condensadas al cielo en la tercer luna llena del próximo año nuevo.

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El río de mi vida

Imagen

Río Colorado – Río Negro – Argentina

Puede ser que nacer, lo que se dice nacer – con fecha, hora y lugar- sea cuestión de destino.

 Y hasta el momento en que no emitimos nuestro primer llanto que abre la inmensidad del resto de nuestras vidas, hasta ese preciso momento, el destino ni siquiera es nuestro, sino de nuestros padres.  A ellos que les tocó al azar, tal vez, el lugar dónde naceríamos, sin preguntarse si eso significaría algo para nosotros algún día.

Me siento como esas personas que se dan cuenta que el género que figura en el documento no coincide con el género de su esencia.

Pues, digamos, tengo el mismo problema, pero con mi lugar de  nacimiento.

El metro cuadrado donde se escuchó por primera vez mi voz no me pertenece ni le pertenezco.

Fue un desamor a primera vista.

Tal vez alentado por la circunstancia de que en esas tierras, llamadas oportunamente “Distrito”, no existía el alma del pueblo o sus chusmas, sus veredas bañadas de otoño, escuelas y plazas, calles de tierra, pescadores, un río abajo, la casa de la portera al lado de la escuela, un árbol gigante de eucaliptus frente a la casa, las vías y el tren despertando a deshoras, el silencio de la hora de la siesta.

Hoy sé de dónde vengo y dónde ocurrió mi primer llanto verdadero.

De ese lugar a la orilla del río con agua pesada y oscura, por trayectos torrentosa, traicionera y acogedora. De ese pueblo que duerme en un valle a la ladera de una barda, con meses verdes, y otros con la interminable nostalgia de polvos, piedras y vientos.

El agua dulce de río cruza definitivamente mi vida y comprendo que es necesaria esta nostalgia nacida de la distancia, para poder adueñarme de un lugar de nacimiento que me pertenece tan sólo por amor. Primero. Único. 

 

 

Desarraigo

Corre – Luis Beltrán

Soledades anidadas con una cinta amarillenta

En la calle peatones desconocidos

Un enjambre de hombres grises y mujeres de tacos altos

Tratando de ganarle al tiempo.

El sol distante y oculto

Detrás de los oscuros edificios de hormigón.

Escucho al río,

Sus aguas lamiendo las piedras

Y el roce de los sauces con el viento,

Lejos, donde lo dejé

A millones de años luz del concreto

Y de carteles de neón automatizados.

Corro la cortina queriendo no ver.

Adentro

Música en una lengua que no me pertenece,

Pone en alerta a mis sentidos.

El invierno navega sus últimos días,

Y la primavera se avecina

Despojada de jazmines y violetas.

Lo miro,

Sentado en el sillón

Hundidos ambos, con los ojos secos.

Intento ver en él,

Alguna de las letras que me lleve a mi hogar.

En vano.

Todo lo que nos unía no cabía en las maletas.

Sonrío tristemente y pienso en el río,

Su corriente y en lo que fue nuestro,

Inevitablemente muriendo en el mar.

Yo

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Encontrando el camino de vuelta

Across The Golden River – Megan Aroon Duncanson

 

Dicen que para volver a encontrar el camino de vuelta al río, nada mejor que beber un sorbo de agua de ese mismo río todos los días. Este elixir debe ser proporcionado por otra persona, de preferencia hermano de pesca. Es la única que podría entender que en realidad no se ha perdido el camino de regreso, sino que temporalmente no se puede volver a transitar.

Pichín Rubio asegura que en la vida, es más importante ser buen tipo que buen pescador. Y luego agrega que él quiere ser “muy pescador” antes que buen pescador. Aquí es donde me doy cuenta que estoy frente a un “muy pescador” de toda la vida.

El objetivo es de género femenino y con grandes capacidades de adaptación, por eso es que la encontramos tanto en el río como en el mar. Si las lisas son una especie codiciada, los liseros son definitivamente sus más fieles seguidores. Tal es asi que Pichín comenzó sus días de lisero en el Rio Quequén. Por ese entonces los pescadores eran selectos, y cada uno tenía su propio lugar de pesca. Estaban las piedritas de “tal” o de “cual”. No hablamos de egoísmo ni de plantar banderas, tan sólo de lugares propios y con secretos ocultos.

En las piedras de Pichín está el punto justo donde sólo él puede dar en el blanco: río bajo, zanjón, cruzar de panza sobre el lodo, tirar exactamente a quince metros, justo después de una cordillera de piedras. Allí ocho, diez, doce lisas, o veinte y buena pesca.

Pero el río no siempre obedece al mandato de los liseros, y hay épocas en que se encapricha y ensucia. En uno de esos días comenzó la excursión lisera al mar. Como pescador es casi sinónimo de amigo, un lisero de mar los llevó hacia el objetivo.

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Cuando el río cruza tu vida

Cada tanto cambio un poco la música y las imágenes del blog. Si fuera por mí cambiaría la plantilla más seguido, pero por una cuestión de pertenencia y para no marearlos a ustedes la he dejado.

Uno nunca sabe de dónde vienen esas manías de cambiar tanto las cosas de lugar, de aburrirse, de querer ver siempre colores nuevos, vivir experiencias nuevas, vestirse distinto a diario.

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