De mariposa a mandala

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© Christopher Tovo

Todo comenzó hace algunos años en una sesión de tatuaje.
La idea era hacerme una mariposa en el hombro. Elegí uno de esos diseños tribales que dejan entrever una figura.
Con ese tatuaje estaba escribiendo mi sueño: libertad; en un momento de mi vida en el cual me sentía prisionera a nivel familiar, laboral y lo más penoso: estaba presa de mí misma.

La verdad sobre la mariposa es que fue incomprendida por el tatuador, y con los años llegó a parecerse a un alga, a tal punto que este año la cubrí con un mandala.

Pero a lo que apuntaba no era necesariamente al diseño del tatuaje, ni a su transformación de mariposa a mandala.
Sino en la progresión y duración que tienen los sueños hasta que se concretan. Hay muchas maneras de iniciar un sueño, pero yo prefiero dejarlo por escrito en la piel, o dejar testimonio de éste mediante una foto en la heladera, una frase en un panel de fotos, un wallpaper o incluso una inscripción a un maratón.

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Son tiempos difíciles para los soñadores.

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Amelie – Movie

“Son tiempos difíciles para los soñadores”.

Así reza el cartel de cartón pintado con tiza que yace a los pies de un indigente acostado en plena peatonal de la ciudad.

Es feriado. El sol se refleja en los adoquines. Los turistas van y vienen tratando de captar carteles con ofertas y descuentos. Nos chocan varios, con las bolsas de cartón repletas de nimiedades.

A pesar de que estamos silenciosos, te doy la mano. Siento en tu mirada una resignación peligrosa. El silencio es la música que pesa desde que nos levantamos. Siento la premonición en la base de mi nuca. Siento el final.

Más adelante me preguntaré por qué querías pasar este día haciendo como si nada. Y por qué me permití pasar ese día como si nada.

Siempre me llamó la atención algo que las personas mayores me cuentan: sobre el final, cuanto más grandes -sobre todo aquellas que superan los ochenta años- los recuerdos de la infancia se vuelven más nítidos y la memoria reciente comienza a evaporarse.

Lo mismo me pasó ese día. De pronto olvidé todo lo que estábamos viviendo este último tiempo. Y empecé a vivir nítidamente nuestros inicios.

Me enamoré a primera vista. Eso no existe. No puedo explicarlo, no tiene bases científicas, no es razonable enamorarse de alguien que no se conoce más que de vista, de quien no se sabe su nombre, ni su edad o preferencias. Escuché tu voz, vi tu estampa y me pareció conocerte de antes. Otro de esos clichés que nos cuentan en esas películas romanticonas y baratas.

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Con las alas abiertas

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© Michele Berlingeri

2018

Mucho gusto, aquí Patricia. Estuve pensando que tal vez podíamos llegar a un acuerdo de urbanidad. Seamos ante todo civilizados, que la violencia que hay afuera me estremece.

Faltan unas horas para que llegués, pero tal vez, si querés, podrías venir a abrazarme, así de una, para ir rompiendo la barrera, entrar en clímax y no andar perdiendo tiempo, viste que de unos años a esta parte todo se pasa más rápido. Y aunque he sumado noches sin dormir para tratar de ir ganándole a la vida, pues nada, que todo se esfuma.

Mientras vos llegás, acá estamos, con el 2017 agarraditos de la mano. No te voy a mentir, trajo 365 días y no todos felices. Algunos días fueron oscuros, demasiado largos, o demasiado silenciosos. Pero los otros, los otros trajeron casi todo lo que estuve dispuesta a dar: risas, encuentros, re-encuentros, un universo que estuvo ahí siempre para mi y yo tan necia, tan poco preparada, tan inmadura, en años anteriores no me atrevía a mirar.

Este año bailé rock y reggaeton, y te prometo que quiero seguir bailando con vos también, aunque hay algunos ritmos que deteste.

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Diciembre conmigo

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Diciembre 2017

Mucho por hacer.  Poco por decir.

Quedó mi última carta sobre el escritorio.

Mis dedos manchados de tinta.

No fue suficiente.

No alcanzó tanta noche ni tantos sueños para escribir en la piel lo que antes fue poesía.

Miro la carta y me pregunto por qué está ahí dando vueltas, cuando es un juramento de despedida, una promesa de final.

Me excedí en coraje y expectativas. Pero salí ganando.

Arriesgué.

Fui pasión y acción.

Vos una película en blanco y negro.

No me quejo. Me serviste para todo.

Vos inspiración, yo acción.

Diciembre conmigo.

Patricia Lohin

La próxima tempestad

 

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“Le gustaban los amores “imposibles”; le dejaban “el gusto exquisito del fracaso.” – Elena Garro

Sé que no vas a venir, y eso al fin trae calma a mi vida.

Sé que no estaré, y eso trae esperanza a mi vida.

Es hora de partir, de abandonar los sueños absurdos que penden de hilos que están siempre cortándose y anudándose, es hora de mudarlos a otras camas, cambiar las sábanas, comprar cobertores de colores, recibir la primavera, ver brotar las plantas, dejar que los ojos se aclaren con el sol del nuevo día y  amarse inconmensurablemente.

Esto es dejar ir, soltar, fluir y la mar en coche. Es dejar de poner excusas a lo que llamamos destino, es agarrar la paleta y pintar con los colores que se nos dé la gana, es exigir amor porque amamos y cerrar la puerta a lo que no vale, ni apuesta, ni siquiera pierde porque nunca juega. Me arriesgo a este vacío aunque deje de escribir… aunque la fantasía errática censure mis palabras y no encuentre rimas para los nuevos sueños. Arriesgaré la lejanía de las letras y soportaré la penumbra que precede a lo que vendrá.

Adentro suena Gladys Knight. Afuera suenan las risas de los preadolescentes, que corren de esquina a esquina.

Saber que al fin no vendrás trae paz interior y exterior a mi planeta personal. Es dejar de suponer, de idealizar, de armar en mi cabeza el primer saludo, el primer paso o el primer beso. Todo eso implica una enormidad de tiempo libre que ni sabía que tenía. Y es todo mío.  Hay otra vida fuera de la tuya y es la mía.

Debo reconocer que gracias a esa fantasía, hoy ya exigua, de nuestro posible encuentro, cambié un poco mi vestuario e incorporé algunos vestidos que sabría te gustarían. Recuerdo haber tocado la tela de cada uno de éstos imaginando si te gustarían al tacto, aunque duraran poco sobre mi piel. Tal vez nunca había estado más hermosa que ese verano que nos íbamos a ver. Me levantaba con el brillo en los ojos y la piel perfumada. Buscaba lugares con playas íntimas y cabañas luminosas. Luego de unos años de duelo, dos otoños y un corto invierno,  al fin esta primavera los usaré todos para mí, con el mismo brillo en los ojos y la actitud de quien renace a la vida.

Alguien a quien no conozco escribió “habrá otros veranos para amarnos”. Yo digo que no. Una mujer siempre sabe la verdad, otro tema es que quiera verla. Hoy puedo.

Fracaso, espera, imposible, resignación, desdicha, cobardía… son palabras que no figuran en mi actual diccionario.

No soy buena para enamorarme, aunque, ¿qué es ser bueno para enamorarse?

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Anoche casi te sueño

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Arno Rafael Minkkinen

La estancia está vacía.  Hago tres o cuatro pasos sobre el piso de madera, y escucho mis ecos sonoros tropezar y darse de cabeza contra las paredes.

Me arrodillo de cara a la ventana desprovista de lienzos y cortinas. Y yo, que no sé rezar, cierro los ojos y digo mi plegaria: “Señor te pido: no más deudas, ni acreedores, no más mafiosos enamorados apostados en la esquina de la plaza listos para el apriete; no más sonrisas debajo de las sábanas ni más sábanas de algodón blancas, no más colchas bordadas a mano, no más robar tus anteojos de arriba de la notebook. No más escucharte reír o refunfuñar, no más jazz ni folk ni soul. No más tango, no más muerte ni reinicios. No más pérdidas, porque ya no las soporto.”

En vez de decir “Amén” digo “Cobarde”, con la seguridad de que tendrá el mismo efecto: ninguno. Los de arriba se ríen, los de abajo se cagan en las súplicas, y nosotros seguimos creyendo que pedimos algo y lo obtenemos.

Quiero irme sin mirar atrás, como hacen las heroínas del cine en blanco y negro. Quiero tener la boca color carmín, un pañuelo en la cabeza y partir olvidando el lugar, la calle, la numeración; dejando la ropa blanca colgada en la calesita para que la lluvia y el sol la vuelvan hilachas o algodones desvencijados, que desesperados se cuelguen caprichosos sobre las ramas casi muertas del invierno en los arroyos.

Pero miro atrás y me atrapa tu olvido voluntario sobre el piso. Un libro firmado en abril y leído en primavera, ese que paseamos desde la mesada hasta la silla, del auto a la mochila y de ahí al canasto de la bicicleta, para volver a estar sobre la cama; enredado junto con mil cosas más, mis piernas sobre el edredón; y yo riendo del pobre autor desesperado ante la prohibición de escribir cartas de amor.

Vuelve a mi memoria el recuerdo de tu mesa de luz improvisada con una pila de libros fundamentalistas e infumables, y del otro lado de la cama, mi mesa llena de cuentos, recortes, fotos, notas, doncellas y cuentos de hada.

El primer día que nos encontramos en este piso, los gorriones se posaban en las barandas del balcón, mientras las ramas de los árboles de la calle besaban las ventanas con sus extensiones de hojas verdes, apresuradas, inquietas, insurgentes… como vos y yo. Y ese mismo día, horas más tarde leíamos en la página 93: “Es difícil la vida de los que aman a una mujer”. Lo sé, porque abajo puse la fecha con tus iniciales.

Es difícil la vida de los que aman. Punto. Puta madre.

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De pasada

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Arte: Steve Hanks

Te vi asomarte por la vidriera

Y entrar.

O eso me pareció.

Hasta que encontré que de vos

Sólo estaba el contorno de una figura

Que yo había imaginado.

Unos ojos gentiles

Me hablaron pidiendo no sé que,

Mientras yo esperaba los tuyos,

Aunque sea para evadirte la mirada,

Como quien espera una señal

O un reflejo,

O un choque le pupilas intergaláctico.

Como quien sueña por la noche

Y pide al universo una señal,

Yo pedí de pasada al menos verte.

Y una vez más

Los dioses se ríen de tu ausencia

Y de mis espejismos absurdos;

Mientras busco la chispa plateada de tus ojos

En otros rostros,

O tu media sonrisa y tu apática presencia

Al borde de la puerta de lo que resta de mi vida.

Patricia Lohin