Butacas amarillas

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Peter Turnley

 

 

Viajo sentada en la butaca amarilla

Del tren de los vagones azules,

Que va desde las sierras hasta el mar.

El chuf chuf disfraza la tos de fumador

Del hombre desvencijado sentado frente a mí.

Para distraerme de la imagen

De los poros dilatados de su nariz,

Toco el cuero resquebrajado

Del asiento del acompañante.

Creo sentir el calor que ahí hubieras dejado

Antes de bajarte en la estación a la vuelta de tu vida.

Me sacan de vos unos niños que corretean por el pasillo.  

Pero tu ausencia está dispuesta a derrumbarme

Con la insistencia de un mosquito y la certeza de una espada samurái.

Sin defenderme, me entrego a esa soledad despiadada

Que se escucha igual que el grito de la madrugada:

Sorda y hueca, vacía de nada.

Yo tan valiente y muriendo víctima de tu espejismo.

Busco en la cartera un caramelo que endulce

El agua salada de mi garganta

Y deliro con que éste quede ahí atascado,

Oportuno impedimento que me permitiría morir

Cobarde y anónimamente.

Qué loco este casi amor

Que no fue ni tragedia ni caricia,

Sin piel o sábanas,  ni huella sobre huella

Que no hundió el dedo sobre tu espalda

Ni besó mi ombligo o cambió la hoja de ese libro

Con un beso húmedo sobre tu dedo.

Qué tortura la de este incesante golpeteo

Que emite el tren con precisión cronométrica.

El mismo golpe de la ventana cuando hay viento

O el de los sueños cuando se repiten,

El mismo golpe de los días sobre la memoria,

La memoria que perdió el tren de los vagones azules

Al pasar de largo por la estación a la vuelta de tu vida.

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La mujer ordinaria


Mark Spain
 
La mujer ordinaria
Seca y desvencijada,
Remolca los trastos
De un pasado gris
Una tarde cualquiera,
De poco viento
Y muchas sombras.
Debajo de un sombrero de pana
Se rebelan
Mechones grises y gastados
Del mismo color que sus ojos,
Que se posan tranquilamente
En algún punto distante,
Lejos del horizonte.
Nada la sobresalta.
Los pasajeros recién arribados
La esquivan ignotamente.
La estación queda
Huérfana de esperanzas.
Ella junta las horas de la tarde
Gime, se encorva, suspira.
Mañana regresará.
Yo

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El último vagón

Fotografía Luis Beltrán www.luisbeltran.es

Sonó el silbato del tren

Y fue un alivio

El silencio estaba matando abruptamente

La nada que quedaba suspendida

En lo que era un pasado sin olvido

Desee subirme al tren

Y escaparme a otro destino incierto

Con la ilusión de que varios chaparrones

Terminaran de liquidar tintas amargas

Y labios desiertos.

Otra vez el acordeón desangrándose

Tratando de rescatar a un tango

Famélico y hambriento de lágrimas.

El tren pasó y se convirtió

En promesa incumplida

Al igual que nosotros.

Llueve mucho.

Llueve en la cocina.

Llueve bajo la cama

Y sobre el escritorio de la sala

Quedaron humedecidas

Las promesas de ayer.

El tren quedó en el olvido

Y nuestra historia en el último vagón

Sólo con pasaje de ida.

Yo.

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El Pueblo

Fernando Botero – The Town

Según la historia oficial, el personaje se había bajado del tren en un pueblo  aparentemente abandonado. Al llegar la noche una hilera de gatos cruzaba el puente de piedra y se apropiaban de todas las instalaciones del lugar, comían, trabajaban, cocinaban. Al alba retomaban el camino por donde habían llegado. El señor en cuestión, único habitante de dos patas fortuito del lugar, no podía volver a tomar el tren. Inexplicablemente se había tornado invisible, tanto para el tren como para los gatos….

Nunca supe a ciencia cierta si yo había elegido al lugar o si el lugar me había elegido a mí.

Y en ese mundo de elecciones indefinidas, en donde ningún tren me llevaría a otra parte, anclé mi aceptación y me dispuse a estar perdido en un pueblo lleno de habitantes gatunos.

Insistí sólo dos días más a la espera del tren en la estación. Tanto por la mañana como al atardecer, mi cuerpo sin sombra, yacía invisible al costado de las vías.

Por las noches seguía observando el movimiento del pueblo. Sus habitantes de cuatro patas tenían horarios y rutinas, como en cualquier otro pueblo de buena y mala muerte: celebraciones, reuniones, cantos en un templo, trabajos, compras, quehaceres y compromisos.  Todo esto diluido con la luz del amanecer, momento en el que yo me movía como único dueño y señor, probando restos de manjares, ocupando distintas camas y pululando por distintas cocinas a diario.

A alba del onceavo día, liberado ya de la insistencia de querer tomar un tren que nunca se detendría, me escabullí detrás de la hilera de soldados gatunos. Mi curiosidad me punzaba malhiriendo mis pensamientos.

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Divagando en el vagón

Limits of Imagination – Glen Tarnowski

Hagamos el viaje, ya mismo.

Italia? Venecia, Florencia, puentes, pasta, pizza….

México? Arquitectura colonial, playas paradisíacas, noche….

India? Meditemos.

España? El camino de Santiago nos espera.

Argentina? Playa, cordillera, sierras, tren de las nubes, shoping y tango.

No, ninguno de estos viajes me va. No money.

Es una pena, porque en realidad he leído tanto sobre viajar y volver converso, distinto. Retiros espirituales que nos cambian la vida, al menos por unas semanas. Y si no fuera necesario irse? Y si no poder irse fuera la solución para hacer un viaje como la gente?

Bueno, subamos a otro tren. El pasaje es gratuito, eso sí, el costo es altísimo.

Es como el Tren de las Nubes, pero en vez de pasar por la provincia de Salta (Argentina), salta de una fantasía a otra, hasta que una de ellas hace ruido, se asienta, la soplamos, y ayudamos a que se cumpla. Y si se convierte en globo de helio y lo soltamos? Armamos otra….

Como voy? No parece un libro de autoayuda? Bueno, no me interrumpan.

El tren al principio está lleno de nubes, literalmente una nube de pedo. Igual que nuestra mente. No sabemos si seguir por el pasillo o tantear alguna butaca donde sentarnos. Al rato nos empiezan a llorar los ojos, a congestionar la nariz y entre tanto estornudo comenzamos a tener ráfagas de visión. Como niños que empiezan a caminar vamos de un vagón a otro tropezando. Todo se va sucediendo, mucho es imaginación, otro tanto recuerdos. El viaje es la panacea misma. Es mezcla meditar en una mezquita, mezcla subirse a una montaña rusa en Disney, mezcla ver la luz blanca al final del túnel que supuestamente viene después de la muerte, es psicodelia pura sin sustancias!!

Siempre hay alguien que en el camino nos viene a molestar, tratando de que la distracción nos baje del tren en la primera parada. Esto es un garrón, el esfuerzo psíquico terrible, estoy transpirada, quiero bajarme y mirar tele, algo que me relaje o me distraiga ya. Tengo cosas que hacer, cuentas que pagar, al menos depilarme y hacerme una limpieza facial….

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