Las simples cosas

33151663_1678022798950122_3704953014184837120_n
© Eleni Mahera

“Uno vuelve siempre a los viejos sitios en que amó la vida,

Y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas,

Por eso muchacho no partas ahora soñando el regreso,

Que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo.”

Canción de las simples cosas – Armando Tejada Gómez

Volver. A los lugares que amó la vida. Donde amamos juntos la vida. Al lugar donde las tardes de domingo nos encontraba degustando millones de sabores. Otoños incandescentes, con las copas amarillas de los árboles acaparando la atención desde las ventanas de la casa del barrio de La Boca. Vos sentado en la diminuta cocina, con las piernas cruzadas; mirando cualquier cosa y yo armando algún menjunje que fuera glorioso para tu paladar. Saber lo que te gustaba, imaginarlo, crearlo; sorprenderte con nuevos gustos y nuevas caricias. Reír sola, contagiarte, reír juntos. Amar tu sonrisa. Conocer el universo de tu rostro, tus muecas, conquistarlo. Pasar el dedo por tu frente y bajar hasta tu nariz.

Volver a batir los huevos. Decidir hacerlo, y sacarlo del horno como si fuera un regalo cósmico, hacerlo realidad en tu boca que luego se juntaría con la mía creando nuevos elixires.

Jugar a la casita, dormir la siesta, salir al patio, salir a dar la vuelta al perro, salir a pasear al perro.  Acostarse y hacer eterna la guerra del amor entre las sábanas. Bañarse juntos, y volver a calentar el agua para el mate, volver a calentar los cuerpos, volver a calentar el agua del termo tanque. Volver a acostarse y esperar al próximo domingo. El próximo tal vez saldremos a amarnos más.

Seguir leyendo

Anuncios

Que salte la banca!

1

Hagamos saltar la banca

Que fallezcan las contemplaciones

Las tibiezas, las medias tintas;

Los medios rollos y enojos.

Qué gris ni verde agua o color duraznito.

Para las paredes de nuestra casa

Apostemos por estridencias:

Rock, jazz experimental,

Y el sol pegado en la pared con todos sus matices.

Apostemos todas las fichas al negro el 26

Y hagamos saltar la banca.

Así de una.

Quedémonos ciegos, secos

Indigentes, vacíos, casi muertos.

Agotemos los recursos

Que tenemos para amarnos:

Pongamos en el tapete

El café del bueno que tomamos por las mañanas

Y hasta el licor que le agregamos en invierno.

Juntemos un  millón de besos

Más uno de caricias –nuevas o usadas-;

El centenar de lunares en mi cuerpo

Más todas las palabras que susurrás

Cuando estás ausente.

Apostemos el millón de millones de expectativas

Que teníamos -tan al pedo- uno del otro

Y cumplámoslas todas.

Apostemos a que venís y todavía te espero,

Seguir leyendo

Donde quedó el alma

19895055_10211461168418369_5765951572083694261_n

Volver a donde quedó el alma.

Dicen que cuando llegamos llovía, había calles de tierra y mucho barro. Hoy entiendo esa lluvia que inauguraba nuestra nueva estadía como una casi bendición.

No conozco en mi corazón otro lugar más que el río, caudaloso o seco, rojizo o grisáceo. Y cuando lo vi 45 años después de ese arribo, supe que había más de mí en él que en todas las rutas que he recorrido. Lo ví calmo y casi espejado, con ese transcurrir sumiso  de la vida que avanza en la dirección que debe ir.

Volver al lugar que se amó, aunque no hayan quedado nuestros nombres escritos en el tronco de un árbol, aunque esa ilusión tejida de lo que pudo haber sido amor ya no exista. Aunque rodaran más lágrimas que sonrisas, mientras mis pies cruzaban las vías del tren; aunque la desazón y las ganas de huir golpearan con ruido seco las plantas de los pies, arraigadas y congeladas sobre las breves calles del pueblo. Aunque la soledad viniera galopando desde las bardas, moviendo las hojas del gran eucaliptus que estaba frente a mi casa, y el ruido furioso del viento se colara debajo de la almohada. Aunque no supiera dónde estaba la próxima parada y me abalanzara sobre unos ojos verdes generosos tan sólo para sentir un breve cobijo. Aunque tuviera miedo de dormir, o miedo de despertar; aunque la vida pareciera una constante amenaza de muerte, aunque las lluvias fueran escasas y el pasto no creciese.

Volver al lugar que se amó. Sobrevivirlo. Amarlo más por eso mismo.

Aunque en la siesta ya no se escuchen las risas de dos adolescentes escapando para no ser vistos, y en el pasillo arbolado al borde del barrio ferroviario ya sé que no esconde ningún pasadizo secreto. Aunque el recoveco que estaba arriba de la cocina no escondiera regalos de navidad y el sótano donde yo imaginaba una biblioteca secreta fuera tapada.

Volver aunque los manzanos no despidan su aroma, y nadie sepa bien quién soy.

Patricia Lohin